Nos gusta justipreciar cada año la evolución de nuestras sociedades en términos principalmente de crecimiento, sea crecimiento económico, tecnológico, demográfico o biológico. Pero preferimos no ahondar demasiado en los posibles efectos secundarios de la velocidad de ese crecimiento. Suponemos que el crecimiento rápido siempre será bueno, sin plantearnos demasiado que ese sea el único criterio para evaluar la bondad de las cosas. Pero tarde o temprano, nos veremos obligados a plantearnos la responsabilidad que comporta todo crecimiento. En particular, las medidas que hay que tomar para canalizarlo correctamente evitando desperfectos. Luego, nos preguntamos por qué nadie canalizó el barranco del Poyo o por qué cae la creciente red eléctrica sumiéndonos en apagones generales. A toro pasado, no podemos evitar interrogarnos tampoco sobre cosas obvias, como si el aumento de tráfico ferroviario podrá ser absorbido totalmente por la resistencia de los materiales de las vías que lo sustentan y los mecanismos en que se apoyan.. En esos momentos de reflexión perpleja y atónita, un ángel de melancolía pasa por nuestras mentes y se pregunta si no deberíamos buscar más bien un criterio que tuviera en cuenta la implacable fragilidad de la vida humana para valorar cualquier progreso. En el fondo, se trata simplemente de pensar si no será mejor crecer más despacio, pero de una manera más ordenada.. Se dirá que esos pensamientos son propios de personas mayores. De personas que ya han vivido mucho y que, tan prudentes como temerosas, desearían una menor velocidad de las cosas. O sea, que lo viejos nos convertimos inevitablemente en reaccionarios. Hemos visto pasar tantas tragedias y desaparecer a tantos valiosos seres queridos que anhelamos que algo permanezca.. Pero aquellos que ven estos pensamientos como propios de la senectud deberían darse cuenta que será precisamente ese propio crecimiento, en su vertiente biológica, el que les llevará a ellos a convertirse también en viejos de una manera inexorable.
En el fondo, se trata simplemente de pensar si no será mejor crecer más despacio, pero de una manera más ordenada
Nos gusta justipreciar cada año la evolución de nuestras sociedades en términos principalmente de crecimiento, sea crecimiento económico, tecnológico, demográfico o biológico. Pero preferimos no ahondar demasiado en los posibles efectos secundarios de la velocidad de ese crecimiento. Suponemos que el crecimiento rápido siempre será bueno, sin plantearnos demasiado que ese sea el único criterio para evaluar la bondad de las cosas. Pero tarde o temprano, nos veremos obligados a plantearnos la responsabilidad que comporta todo crecimiento. En particular, las medidas que hay que tomar para canalizarlo correctamente evitando desperfectos. Luego, nos preguntamos por qué nadie canalizó el barranco del Poyo o por qué cae la creciente red eléctrica sumiéndonos en apagones generales. A toro pasado, no podemos evitar interrogarnos tampoco sobre cosas obvias, como si el aumento de tráfico ferroviario podrá ser absorbido totalmente por la resistencia de los materiales de las vías que lo sustentan y los mecanismos en que se apoyan.. En esos momentos de reflexión perpleja y atónita, un ángel de melancolía pasa por nuestras mentes y se pregunta si no deberíamos buscar más bien un criterio que tuviera en cuenta la implacable fragilidad de la vida humana para valorar cualquier progreso. En el fondo, se trata simplemente de pensar si no será mejor crecer más despacio, pero de una manera más ordenada.. Se dirá que esos pensamientos son propios de personas mayores. De personas que ya han vivido mucho y que, tan prudentes como temerosas, desearían una menor velocidad de las cosas. O sea, que lo viejos nos convertimos inevitablemente en reaccionarios. Hemos visto pasar tantas tragedias y desaparecer a tantos valiosos seres queridos que anhelamos que algo permanezca.. Pero aquellos que ven estos pensamientos como propios de la senectud deberían darse cuenta que será precisamente ese propio crecimiento, en su vertiente biológica, el que les llevará a ellos a convertirse también en viejos de una manera inexorable.
