De momento, sin acuerdo en Extremadura –tampoco hay prisas– y de añadido con Vox rompiendo por su cuenta hostilidades políticas ante la tragedia ferroviaria de Adamuz. El año electoral por etapas que acaba de comenzar recogiendo la estela de Extremadura va a reflejar de manera inevitable una nueva concepción de las relaciones entre el PP y Vox, o si prefieren entre los propios Feijóo y Abascal, teniendo en cuenta que estos últimos han llegado como partido al patio político español no para ser flor de un día, sino directamente para quedarse. Vox volverá a debatirse –ya lo está haciendo tras los números de los comicios extremeños– entre una recogida de nueces del descontento ciudadano trufada de no pocos tics populistas en su discurso evitando la prueba del algodón que supone el facilitar la gobernabilidad o confirmar que los muchos votos que le confieren la condición de tercera fuerza política y al alza sirven realmente para algo, es decir, para demostrar que detrás de la estrategia partidista hay una auténtica capacidad de gestión.. El partido de Abascal no es una rara avis en el contexto internacional y específicamente en el europeo donde no paran de crecer las llamadas extremas derechas, pero se da la circunstancia de que el 17 por ciento de apoyos electorales que actualmente cosecha en España solo tiene una salida en el caso de continuar creciendo hasta cotas más altas como sus homólogos europeos, una salida que muestra la obligatoriedad de retratarse ayudando a la gobernabilidad. Se da además la circunstancia, inquietante pero real y legitimada por las urnas, de que no más allá de un lustro, tanto el Parlamento Europeo como el propio Consejo podrían estar conformados ampliamente por fuerzas de este espectro político, jefes de gobierno a la cabeza.. La sucesión de convocatorias electorales que aguarda en este nuevo año con primera cita en Aragón y a la que seguirán Castilla-León y Andalucía, fue acertadamente diseñada por el PP para escenificar el principio del fin del sanchismo por fascículos, pero también lleva aparejado el doble riesgo de alimentar el argumentario de la izquierda si no se consiguen como en Extremadura mayorías absolutas: si Vox no apoya, inestabilidad, ausencia de presupuestos y desgobierno. Si apoya, se habrán abierto las puertas a la extrema derecha. De Abascal depende no alimentar el mantra socialista de que lo que llega se come a los niños crudos.
El partido de Abascal no es una rara avis en el contexto internacional y específicamente en el europeo donde no paran de crecer las llamadas extremas derechas
De momento, sin acuerdo en Extremadura –tampoco hay prisas– y de añadido con Vox rompiendo por su cuenta hostilidades políticas ante la tragedia ferroviaria de Adamuz. El año electoral por etapas que acaba de comenzar recogiendo la estela de Extremadura va a reflejar de manera inevitable una nueva concepción de las relaciones entre el PP y Vox, o si prefieren entre los propios Feijóo y Abascal, teniendo en cuenta que estos últimos han llegado como partido al patio político español no para ser flor de un día, sino directamente para quedarse. Vox volverá a debatirse –ya lo está haciendo tras los números de los comicios extremeños– entre una recogida de nueces del descontento ciudadano trufada de no pocos tics populistas en su discurso evitando la prueba del algodón que supone el facilitar la gobernabilidad o confirmar que los muchos votos que le confieren la condición de tercera fuerza política y al alza sirven realmente para algo, es decir, para demostrar que detrás de la estrategia partidista hay una auténtica capacidad de gestión.. El partido de Abascal no es una rara avis en el contexto internacional y específicamente en el europeo donde no paran de crecer las llamadas extremas derechas, pero se da la circunstancia de que el 17 por ciento de apoyos electorales que actualmente cosecha en España solo tiene una salida en el caso de continuar creciendo hasta cotas más altas como sus homólogos europeos, una salida que muestra la obligatoriedad de retratarse ayudando a la gobernabilidad. Se da además la circunstancia, inquietante pero real y legitimada por las urnas, de que no más allá de un lustro, tanto el Parlamento Europeo como el propio Consejo podrían estar conformados ampliamente por fuerzas de este espectro político, jefes de gobierno a la cabeza.. La sucesión de convocatorias electorales que aguarda en este nuevo año con primera cita en Aragón y a la que seguirán Castilla-León y Andalucía, fue acertadamente diseñada por el PP para escenificar el principio del fin del sanchismo por fascículos, pero también lleva aparejado el doble riesgo de alimentar el argumentario de la izquierda si no se consiguen como en Extremadura mayorías absolutas: si Vox no apoya, inestabilidad, ausencia de presupuestos y desgobierno. Si apoya, se habrán abierto las puertas a la extrema derecha. De Abascal depende no alimentar el mantra socialista de que lo que llega se come a los niños crudos.
