Con los cambios de temperatura entre el interior y el exterior de los locales, las congestiones nasales se vuelven más frecuentes y pueden llevar a respirar por la boca de forma habitual. Aunque respirar es un acto automático, la forma en que se realiza influye directamente en la salud general y bucodental. Por ello, conviene prestar atención a los efectos de la respiración bucal y adoptar hábitos que ayuden a proteger la boca y las vías respiratorias.. “La respiración bucal sostenida puede generar consecuencias acumulativas a largo plazo. Lo que comienza como una molestia pasajera puede derivar en alteraciones estructurales, menor calidad de vida o complicaciones médicas. En algunos casos, este patrón aparece de manera temporal -por ejemplo, ante un resfriado-, pero cuando se mantiene en el tiempo puede provocar diversos efectos adversos”, explica es Gabriela Aldana, del equipo de Calidad Clínica e Innovación de Sanitas Dental, de Sanitas Dental.. Respirar por la boca también se asocia con ronquidos y apnea del sueño, lo que impide una correcta oxigenación y un descanso reparador. Al no producirse la filtración, humidificación y calentamiento natural del aire que ofrece la nariz, las vías respiratorias se irritan con mayor facilidad y se incrementa la probabilidad de infecciones o alergias.. Ante esta situación, los expertos señalan que esta práctica tiene un impacto directo en la salud oral, más allá de sus consecuencias respiratorias causando sequedad bucal. Al no pasar el aire por los filtros naturales de la nariz, se reseca la mucosa oral y disminuye la producción de saliva, lo que reduce la protección frente a bacterias y altera el pH de la boca. También la aparición de caries y halitosis, ya que la falta de saliva favorece la proliferación bacteriana, aumentando el riesgo de caries, gingivitis y mal aliento persistente. La menor limpieza natural de los restos de comida también incrementa la placa bacteriana.. Incluso problemas de alineación dental y desarrollo facial cuando se inicia en la infancia, pues la respiración bucal altera la posición de la lengua y la mandíbula, lo que puede modificar el crecimiento de los huesos faciales y provocar mordidas abiertas o apiñamientos.. Además, mantener la boca abierta de manera constante genera cambios posturales en la mandíbula y tensión muscular, con posibles dolores o molestias articulares, causando desgaste dental y tensión mandibular.. Para prevenir estos efectos durante los periodos de congestión nasal, los expertos recomiendan seguir algunas pautas sencillas como reforzar la higiene bucal, cepillando los dientes después de cada comida y utilizando hilo dental y enjuagues antibacterianos. También beber agua con frecuencia y evitar bebidas azucaradas o alcohólicas que favorecen la sequedad bucal. Utilizar sueros fisiológicos o realizar lavados nasales para mantener despejadas las vías respiratorias y reducir la necesidad de respirar por la boca. Y evitar el humo, el polvo y los ambientes secos, que irritan la mucosa y dificultan la respiración nasal.. “Si los síntomas persisten, se aconseja consultar con un profesional odontológico o médico. Detectar el problema a tiempo, especialmente en la infancia, permite aplicar tratamientos menos invasivos y más eficaces, favoreciendo el correcto desarrollo facial y dental”, concluye Aldana.
Muchas personas respiran por la boca habitualmente, sin embargo los expertos advierten de que esta costumbre tiene nefastas consecuencias para la salud dental
Con los cambios de temperatura entre el interior y el exterior de los locales, las congestiones nasales se vuelven más frecuentes y pueden llevar a respirar por la boca de forma habitual. Aunque respirar es un acto automático, la forma en que se realiza influye directamente en la salud general y bucodental. Por ello, conviene prestar atención a los efectos de la respiración bucal y adoptar hábitos que ayuden a proteger la boca y las vías respiratorias.. “La respiración bucal sostenida puede generar consecuencias acumulativas a largo plazo. Lo que comienza como una molestia pasajera puede derivar en alteraciones estructurales, menor calidad de vida o complicaciones médicas. En algunos casos, este patrón aparece de manera temporal -por ejemplo, ante un resfriado-, pero cuando se mantiene en el tiempo puede provocar diversos efectos adversos”, explica es Gabriela Aldana, del equipo de Calidad Clínica e Innovación de Sanitas Dental, de Sanitas Dental.. Respirar por la boca también se asocia con ronquidos y apnea del sueño, lo que impide una correcta oxigenación y un descanso reparador. Al no producirse la filtración, humidificación y calentamiento natural del aire que ofrece la nariz, las vías respiratorias se irritan con mayor facilidad y se incrementa la probabilidad de infecciones o alergias.. Ante esta situación, los expertos señalan que esta práctica tiene un impacto directo en la salud oral, más allá de sus consecuencias respiratorias causando sequedad bucal. Al no pasar el aire por los filtros naturales de la nariz, se reseca la mucosa oral y disminuye la producción de saliva, lo que reduce la protección frente a bacterias y altera el pH de la boca. También la aparición de caries y halitosis, ya que la falta de saliva favorece la proliferación bacteriana, aumentando el riesgo de caries, gingivitis y mal aliento persistente. La menor limpieza natural de los restos de comida también incrementa la placa bacteriana.. Incluso problemas de alineación dental y desarrollo facial cuando se inicia en la infancia, pues la respiración bucal altera la posición de la lengua y la mandíbula, lo que puede modificar el crecimiento de los huesos faciales y provocar mordidas abiertas o apiñamientos.. Además, mantener la boca abierta de manera constante genera cambios posturales en la mandíbula y tensión muscular, con posibles dolores o molestias articulares, causando desgaste dental y tensión mandibular.. Para prevenir estos efectos durante los periodos de congestión nasal, los expertos recomiendan seguir algunas pautas sencillas como reforzar la higiene bucal, cepillando los dientes después de cada comida y utilizando hilo dental y enjuagues antibacterianos. También beber agua con frecuencia y evitar bebidas azucaradas o alcohólicas que favorecen la sequedad bucal. Utilizar sueros fisiológicos o realizar lavados nasales para mantener despejadas las vías respiratorias y reducir la necesidad de respirar por la boca. Y evitar el humo, el polvo y los ambientes secos, que irritan la mucosa y dificultan la respiración nasal.. “Si los síntomas persisten, se aconseja consultar con un profesional odontológico o médico. Detectar el problema a tiempo, especialmente en la infancia, permite aplicar tratamientos menos invasivos y más eficaces, favoreciendo el correcto desarrollo facial y dental”, concluye Aldana.
