Camino por la acera de la calle Menéndez Pelayo de Madrid, a toda prisa. En realidad, llego antes de la hora a la presentación del poemario de mi amigo Fernando Conde, Sostener el cielo, en la biblioteca Eugenio Trías. Pero la costumbre marca el habitual ritmo acelerado de mis pasos, el de quien no sabe caminar si no va a alguna parte. En el recorrido, se cruzan conmigo infinidad de transeúntes cuya velocidad compite con la mía. Casi todos llevan un móvil en la mano que les aísla del mundo. Apenas ven el suelo que pisan o a los que, como ellos, solo atienden a las pantallas. Cuando entro en el parque de El Retiro, donde se ubica la biblioteca, el verdor me inunda los sentidos y noto que el ocio lo invade todo. Pero es un ocio atareadísimo. Y veloz. Unos corren, otros patinan, algunos pasean a sus perros, los hay que juegan con sus hijos o buscan con urgencia un quiosco para merendar…; hay tal sensación de movimiento, de actividad, de premura, que no puedo evitar reparar en un hombre sentado en un banco, solo y quieto, que mira al horizonte. Por un momento pienso que estará compungido, sin nadie que le llame o escriba, sin trabajo e incluso sin teléfono…, pero al examinarlo con detenimiento intuyo que no ha refugiado ninguna carencia en ese banco, que solo descansa en él su sabiduría. Lo observo desde la distancia y adivino por su sonrisa que repasa recuerdos, rememora charlas o acaso escucha, como si fuera música, las palabras de otros que esa tarde mece el viento. Justo cuando su gesto contagia el mío y sonrío yo también, me alcanza una amiga que avanza con la misma celeridad de todos. «¿Vienes a lo de Fernando?», me pregunta nerviosa. «¡Hay que ir rápido, para coger sitio…! Tengo que irme muy pronto ¿tú? ¡Es que no paramos! ¡No se puede parar…!» Le señalo al hombre y digo: «él sí». «Dichoso él, que no tiene nada que hacer», me dice. «Dichoso él, sí, que sabe parar, mirar y pensar…», respondo yo. Y añado: «¿recuerdas aquello de Walden, de Henry David Thoreau?: «No basta con estar ocupado; también lo están las hormigas. La cuestión es: ¿en qué estamos ocupados?»
«Dichoso él, que no tiene nada que hacer», me dice. «Dichoso él, sí, que sabe parar, mirar y pensar…», respondo yo
Camino por la acera de la calle Menéndez Pelayo de Madrid, a toda prisa. En realidad, llego antes de la hora a la presentación del poemario de mi amigo Fernando Conde, Sostener el cielo, en la biblioteca Eugenio Trías. Pero la costumbre marca el habitual ritmo acelerado de mis pasos, el de quien no sabe caminar si no va a alguna parte. En el recorrido, se cruzan conmigo infinidad de transeúntes cuya velocidad compite con la mía. Casi todos llevan un móvil en la mano que les aísla del mundo. Apenas ven el suelo que pisan o a los que, como ellos, solo atienden a las pantallas. Cuando entro en el parque de El Retiro, donde se ubica la biblioteca, el verdor me inunda los sentidos y noto que el ocio lo invade todo. Pero es un ocio atareadísimo. Y veloz. Unos corren, otros patinan, algunos pasean a sus perros, los hay que juegan con sus hijos o buscan con urgencia un quiosco para merendar…; hay tal sensación de movimiento, de actividad, de premura, que no puedo evitar reparar en un hombre sentado en un banco, solo y quieto, que mira al horizonte. Por un momento pienso que estará compungido, sin nadie que le llame o escriba, sin trabajo e incluso sin teléfono…, pero al examinarlo con detenimiento intuyo que no ha refugiado ninguna carencia en ese banco, que solo descansa en él su sabiduría. Lo observo desde la distancia y adivino por su sonrisa que repasa recuerdos, rememora charlas o acaso escucha, como si fuera música, las palabras de otros que esa tarde mece el viento. Justo cuando su gesto contagia el mío y sonrío yo también, me alcanza una amiga que avanza con la misma celeridad de todos. «¿Vienes a lo de Fernando?», me pregunta nerviosa. «¡Hay que ir rápido, para coger sitio…! Tengo que irme muy pronto ¿tú? ¡Es que no paramos! ¡No se puede parar…!» Le señalo al hombre y digo: «él sí». «Dichoso él, que no tiene nada que hacer», me dice. «Dichoso él, sí, que sabe parar, mirar y pensar…», respondo yo. Y añado: «¿recuerdas aquello de Walden, de Henry David Thoreau?: «No basta con estar ocupado; también lo están las hormigas. La cuestión es: ¿en qué estamos ocupados?»
