Este invierno, y a su mucha edad, mi amigo Marcial ha experimentado en carne propia lo que es ser inglés, es decir, vivir en un mundo gris, de cielos encapotados y machadiana monotonía de lluvia tras los cristales, y, ciertamente, no le ha gustado. Leo por ahí que la sucesión de borrascas que ha azotado la península ibérica, con algún huracán entre medias, como Kristine, que destrozó más de ocho millones de árboles en la región lusitana de Leiría, entre otros tremendos daños, es una prueba más del cambio climático que se nos viene encima y que amenaza con convertirnos, alternativamente, en ingleses mojados o en beduinos asándose de calor al mediodía, que uno ya no sabe qué es peor. Y en medio de esta alarma, al tío Trump se le ocurre bombardear Irán, pensando, seguramente, que le iba a resultar tan sencillito como trincar a Maduro, y nos mete en un lío petrolero como el del 73 del pasado siglo. Ahora bien, uno creía que España estaba gobernada por unos partidos comprometidos con la ecología, la defensa del medio ambiente y, por supuesto, la lucha a muerte contra el cambio climático. Un Gobierno que tuvo una ministra, hoy aposentada en el momio de Bruselas, Teresa Ribera, que declaró la situación de emergencia climática y andaba a lanzazos, como el Quijote, contra los molinos de viento de la energía nuclear, tranquilizando con su sola presencia a unos ciudadanos que se hallaban a punto de caer en la histeria climatológica, abandonados por la maldita derecha. Pero va a resultar que no, que el señorito no preside un Gobierno de ecologistas convencidos y comprometidos, que lo que preside es una panda de populistas a los que el futuro del planeta se les da una higa, con tal de seguir cobrando del erario. Me explico, que me ofusco. En lugar de aprovechar la crisis petrolera para incidir en la estrategia de sustitución de los combustibles fósiles por fuentes de energías renovables. En lugar de exigir a los ciudadanos comportamientos más responsables con el planeta, reduciendo el uso del vehículo privado, recurriendo a los productos de proximidad, ahorrando en calefacción y agua caliente (que los ingleses se duchan una vez cada quince días y no les pasa nada), se pone el señorito a subvencionar el diésel y la gasolina, las conexiones de la industria electrointensiva y hasta la factura de la luz. Cinco mil millones de euros que podrían ir, por ejemplo, a financiar la investigación y desarrollo de acumuladores de energía, que almacenen el calor del sol y la fuerza del viento; a construir minicentrales nucleares, que podemos vender como más limpias que las grandes, esas que vamos a cerrar; a extender la red de cargadores de vehículos eléctricos o, ya sería la repanocha, a mejorar las redes de transporte ferroviario de mercancías. Todo ello, no solo para procurar la independencia energética de España, ahora que con la guerra de Trump el señorito se nos ha hecho un patriota que ni Queipo de Llano, sino para ayudar al mundo a salvar al planeta, reduciendo el consumo de gas y petróleo, el uso de plásticos, los viajes en avión y la compra de casas en la playa. Me dirán que eso supone aumentar aún más la carga que abruma a las clases medias, pero no deja de ser un sofisma. ¿O de dónde piensan ustedes que van a salir los 5.000 millones de euros? Pues de los mismos bolsillos de donde sale toda la pasta. De la clase media, aunque en forma de más deuda pública. De nada.
Nada causa más daño al planeta que subvencionar las energías fósiles, como si fuéramos un gobierno de puros populistas
Este invierno, y a su mucha edad, mi amigo Marcial ha experimentado en carne propia lo que es ser inglés, es decir, vivir en un mundo gris, de cielos encapotados y machadiana monotonía de lluvia tras los cristales, y, ciertamente, no le ha gustado. Leo por ahí que la sucesión de borrascas que ha azotado la península ibérica, con algún huracán entre medias, como Kristine, que destrozó más de ocho millones de árboles en la región lusitana de Leiría, entre otros tremendos daños, es una prueba más del cambio climático que se nos viene encima y que amenaza con convertirnos, alternativamente, en ingleses mojados o en beduinos asándose de calor al mediodía, que uno ya no sabe qué es peor. Y en medio de esta alarma, al tío Trump se le ocurre bombardear Irán, pensando, seguramente, que le iba a resultar tan sencillito como trincar a Maduro, y nos mete en un lío petrolero como el del 73 del pasado siglo. Ahora bien, uno creía que España estaba gobernada por unos partidos comprometidos con la ecología, la defensa del medio ambiente y, por supuesto, la lucha a muerte contra el cambio climático. Un Gobierno que tuvo una ministra, hoy aposentada en el momio de Bruselas, Teresa Ribera, que declaró la situación de emergencia climática y andaba a lanzazos, como el Quijote, contra los molinos de viento de la energía nuclear, tranquilizando con su sola presencia a unos ciudadanos que se hallaban a punto de caer en la histeria climatológica, abandonados por la maldita derecha. Pero va a resultar que no, que el señorito no preside un Gobierno de ecologistas convencidos y comprometidos, que lo que preside es una panda de populistas a los que el futuro del planeta se les da una higa, con tal de seguir cobrando del erario. Me explico, que me ofusco. En lugar de aprovechar la crisis petrolera para incidir en la estrategia de sustitución de los combustibles fósiles por fuentes de energías renovables. En lugar de exigir a los ciudadanos comportamientos más responsables con el planeta, reduciendo el uso del vehículo privado, recurriendo a los productos de proximidad, ahorrando en calefacción y agua caliente (que los ingleses se duchan una vez cada quince días y no les pasa nada), se pone el señorito a subvencionar el diésel y la gasolina, las conexiones de la industria electrointensiva y hasta la factura de la luz. Cinco mil millones de euros que podrían ir, por ejemplo, a financiar la investigación y desarrollo de acumuladores de energía, que almacenen el calor del sol y la fuerza del viento; a construir minicentrales nucleares, que podemos vender como más limpias que las grandes, esas que vamos a cerrar; a extender la red de cargadores de vehículos eléctricos o, ya sería la repanocha, a mejorar las redes de transporte ferroviario de mercancías. Todo ello, no solo para procurar la independencia energética de España, ahora que con la guerra de Trump el señorito se nos ha hecho un patriota que ni Queipo de Llano, sino para ayudar al mundo a salvar al planeta, reduciendo el consumo de gas y petróleo, el uso de plásticos, los viajes en avión y la compra de casas en la playa. Me dirán que eso supone aumentar aún más la carga que abruma a las clases medias, pero no deja de ser un sofisma. ¿O de dónde piensan ustedes que van a salir los 5.000 millones de euros? Pues de los mismos bolsillos de donde sale toda la pasta. De la clase media, aunque en forma de más deuda pública. De nada.
