La vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, enfoca la campaña andaluza con el vicio de origen de que no compite solo contra el presidente de la Junta, Juanma Moreno, sino que su principal obstáculo es ella misma. O, por ser más precisos, todo lo que representa en el Gobierno del que aún forma parte.. Su primera debilidad es estratégica por su decisión de apurar su salida del Gobierno y seguir pisando moqueta en Madrid mientras arranca la precampaña. La inquietud de su partido por el resultado en el que fue uno de sus más fuertes graneros de votos está en fase ascendente y el retraso en pisar territorio, y hacer una campaña de proximidad, no ayuda a corregir el miedo.. La segunda gran debilidad es política. Aunque el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, pacte con ERC, para no dañar más a Sánchez en las traseras del PSOE andaluz, el engaño de dar una patada hacia adelante a su no acuerdo presupuestario, para no volver a hablar en la precampaña andaluza de la financiación singular catalana, Montero es hoy inseparable de un Gobierno que transmite fatiga y bloqueo. La incapacidad para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado refuerza esa imagen de parálisis.. Su tercera inconsistencia está en el flanco territorial. Montero arrastra el desgaste de las negociaciones del Gobierno con los partidos independentistas y del viejo agravio territorial. La candidata defendió, además, en el pasado posiciones distintas a las actuales en materia de financiación autonómica, lo que justifica que se la pueda acusar de incoherencia política.. Y la cuarta flaqueza, y quizás la que más le pesa, es histórica. Montero no solo es la candidata del presente, también es heredera de un PSOE andaluz que arrastra el desgaste de décadas de poder y episodios como el caso de los ERE, que siguen formando parte del imaginario político del electorado. No parte de cero, sino que tiene un pasado muy pesado.. Su discurso en Andalucía se centra en la crítica a la gestión sanitaria del PP y en la defensa de los servicios públicos, pero choca con una realidad incómoda: el PP gobierna con mayoría absoluta desde 2022, tras el peor resultado histórico del PSOE en Andalucía. Es decir, el cambio político para corregir esa herencia ya se produjo. Montero no llega débil a estas elecciones por un error concreto, sino por una acumulación de despropósitos que la convierten en el lastre más pesado del PSOE andaluz.
Montero no llega débil a estas elecciones por un error concreto, sino por una acumulación de despropósitos que la convierten en el lastre más pesado del PSOE andaluz
La vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, enfoca la campaña andaluza con el vicio de origen de que no compite solo contra el presidente de la Junta, Juanma Moreno, sino que su principal obstáculo es ella misma. O, por ser más precisos, todo lo que representa en el Gobierno del que aún forma parte.. Su primera debilidad es estratégica por su decisión de apurar su salida del Gobierno y seguir pisando moqueta en Madrid mientras arranca la precampaña. La inquietud de su partido por el resultado en el que fue uno de sus más fuertes graneros de votos está en fase ascendente y el retraso en pisar territorio, y hacer una campaña de proximidad, no ayuda a corregir el miedo.. La segunda gran debilidad es política. Aunque el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, pacte con ERC, para no dañar más a Sánchez en las traseras del PSOE andaluz, el engaño de dar una patada hacia adelante a su no acuerdo presupuestario, para no volver a hablar en la precampaña andaluza de la financiación singular catalana, Montero es hoy inseparable de un Gobierno que transmite fatiga y bloqueo. La incapacidad para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado refuerza esa imagen de parálisis.. Su tercera inconsistencia está en el flanco territorial. Montero arrastra el desgaste de las negociaciones del Gobierno con los partidos independentistas y del viejo agravio territorial. La candidata defendió, además, en el pasado posiciones distintas a las actuales en materia de financiación autonómica, lo que justifica que se la pueda acusar de incoherencia política.. Y la cuarta flaqueza, y quizás la que más le pesa, es histórica. Montero no solo es la candidata del presente, también es heredera de un PSOE andaluz que arrastra el desgaste de décadas de poder y episodios como el caso de los ERE, que siguen formando parte del imaginario político del electorado. No parte de cero, sino que tiene un pasado muy pesado.. Su discurso en Andalucía se centra en la crítica a la gestión sanitaria del PP y en la defensa de los servicios públicos, pero choca con una realidad incómoda: el PP gobierna con mayoría absoluta desde 2022, tras el peor resultado histórico del PSOE en Andalucía. Es decir, el cambio político para corregir esa herencia ya se produjo. Montero no llega débil a estas elecciones por un error concreto, sino por una acumulación de despropósitos que la convierten en el lastre más pesado del PSOE andaluz.
