Lo nuevo de Gabe Ibáñez aterriza en el catálogo de Netflix para reescribir el thriller policial a base de puros golpes de realidad
El cine policíaco nos ha acostumbrado a inspectores impecables que resuelven crímenes despeinados con elegancia, pero la realidad suele ser bastante más grasienta y desalentadora. La llegada este viernes a la plataforma Netflix de la película «La desconocida» funciona precisamente como un oportuno recordatorio de que el desamparo humano no entiende de filtros de luz ni de héroes de gimnasio. La propuesta que firma Gabe Ibáñez coge el suspense de manual y lo encierra en un entorno portuario frío, húmedo y decididamente incómodo. No busquen aquí la adrenalina coreografiada de las superproducciones norteamericanas; estamos ante un procedimental taciturno que avanza con pies de plomo, donde la tensión constante se mastica en cada rincón oscuro de la terminal y los personajes se muestran con todas sus miserias al aire.. La premisa, basada en la alianza literaria entre Rosa Montero y Olivier Truc, arranca con un hallazgo de los que revuelven el estómago: una joven aparece maniatada dentro de un contenedor industrial, con el cuerpo roto y la mente completamente en blanco. Ana Rujas maneja con una destreza admirable el desconcierto de esta mujer sin pasado, una pieza a la deriva dentro de una red de explotación que extiende sus tentáculos por diferentes puertos. El guion va soltando los detalles de su identidad con cuentagotas, dejando pistas como pequeñas migas de pan en mitad de un laberinto de corrupción. Sin embargo, el verdadero acierto de la trama ocurre cuando el cerebro capitula; a falta de recuerdos, lo que emerge es un puro instinto animal de supervivencia, una memoria física que se activa a base de puñetazos cuando los enemigos intentan rematar el trabajo en la cama de un hospital.. Para tirar de ese hilo tan turbio, la historia nos entrega a una inspectora de la policía autonómica que arrastra su propia dosis de desolación familiar. Tras seis años alejada de las producciones cinematográficas, Candela Peña está soberbia en la piel de Ripoll, ofreciendo un recital de cansancio, intuición y pura testarudez terrenal. Es una gozada ver a una actriz de su calibre pelear contra la inercia de la pantalla, empeñada en lucir un pelo descuidado y unas ojeras reales para recordarnos que el oficio de investigar quema por dentro, sobre todo cuando se arrastra un duelo personal. Acompañada por Pol López como un oficial que parece compartir ese mismo hastío burocrático, aunque asumiendo una posición diferente, jugando a no caer bien, y respaldada por intervenciones tan precisas como la de Manolo Solo, la cinta construye una Barcelona alienante y gris, una ciudad que se siente extrañamente desierta incluso cuando sus calles están llenas de gente.. Es verdad que el trayecto no es perfecto y que el ritmo se resiente a mitad de camino, cuando la narración se duerme un poco en el drama doméstico o recala en ciertos clichés de asuntos internos que rebajan la originalidad del conjunto. Pero incluso con esas concesiones al formato de plataforma, la factura visual es tan severa y la dirección prefiere tanto la atmósfera antes que el espectáculo barato que la película termina ganando la partida. Lo que queda al cerrarse el caso es el retrato descarnado de dos mujeres independientes que habitan sus propias grietas con una dignidad tremenda, sin necesidad de tutelas masculinas ni de discursos moralistas falsos. Un entretenimiento con carácter que demuestra que, a veces, para encontrar la verdad hay que enfangarse hasta las cejas.
El cine policíaco nos ha acostumbrado a inspectores impecables que resuelven crímenes despeinados con elegancia, pero la realidad suele ser bastante más grasienta y desalentadora. La llegada este viernes a la plataforma Netflix de la película «La desconocida» funciona precisamente como un oportuno recordatorio de que el desamparo humano no entiende de filtros de luz ni de héroes de gimnasio. La propuesta que firma Gabe Ibáñez coge el suspense de manual y lo encierra en un entorno portuario frío, húmedo y decididamente incómodo. No busquen aquí la adrenalina coreografiada de las superproducciones norteamericanas; estamos ante un procedimental taciturno que avanza con pies de plomo, donde la tensión constante se mastica en cada rincón oscuro de la terminal y los personajes se muestran con todas sus miserias al aire.. La premisa, basada en la alianza literaria entre Rosa Montero y Olivier Truc, arranca con un hallazgo de los que revuelven el estómago: una joven aparece maniatada dentro de un contenedor industrial, con el cuerpo roto y la mente completamente en blanco. Ana Rujas maneja con una destreza admirable el desconcierto de esta mujer sin pasado, una pieza a la deriva dentro de una red de explotación que extiende sus tentáculos por diferentes puertos. El guion va soltando los detalles de su identidad con cuentagotas, dejando pistas como pequeñas migas de pan en mitad de un laberinto de corrupción. Sin embargo, el verdadero acierto de la trama ocurre cuando el cerebro capitula; a falta de recuerdos, lo que emerge es un puro instinto animal de supervivencia, una memoria física que se activa a base de puñetazos cuando los enemigos intentan rematar el trabajo en la cama de un hospital.. Para tirar de ese hilo tan turbio, la historia nos entrega a una inspectora de la policía autonómica que arrastra su propia dosis de desolación familiar. Tras seis años alejada de las producciones cinematográficas, Candela Peña está soberbia en la piel de Ripoll, ofreciendo un recital de cansancio, intuición y pura testarudez terrenal. Es una gozada ver a una actriz de su calibre pelear contra la inercia de la pantalla, empeñada en lucir un pelo descuidado y unas ojeras reales para recordarnos que el oficio de investigar quema por dentro, sobre todo cuando se arrastra un duelo personal. Acompañada por Pol López como un oficial que parece compartir ese mismo hastío burocrático, aunque asumiendo una posición diferente, jugando a no caer bien, y respaldada por intervenciones tan precisas como la de Manolo Solo, la cinta construye una Barcelona alienante y gris, una ciudad que se siente extrañamente desierta incluso cuando sus calles están llenas de gente.. Es verdad que el trayecto no es perfecto y que el ritmo se resiente a mitad de camino, cuando la narración se duerme un poco en el drama doméstico o recala en ciertos clichés de asuntos internos que rebajan la originalidad del conjunto. Pero incluso con esas concesiones al formato de plataforma, la factura visual es tan severa y la dirección prefiere tanto la atmósfera antes que el espectáculo barato que la película termina ganando la partida. Lo que queda al cerrarse el caso es el retrato descarnado de dos mujeres independientes que habitan sus propias grietas con una dignidad tremenda, sin necesidad de tutelas masculinas ni de discursos moralistas falsos. Un entretenimiento con carácter que demuestra que, a veces, para encontrar la verdad hay que enfangarse hasta las cejas.
