Hay algo que me preocupa especialmente en el discurso actual sobre bienestar emocional, la sensación constante de que nunca es suficiente.
Siempre hay algo que mejorar, la mentalidad, la autoestima, la productividad, el cuerpo, la manera de relacionarnos.
Parece que, si no estamos trabajando activamente en convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos, estamos fallando.
Como psicólogo veo cada vez más personas con una idea muy arraigada: “algo en mí está mal”. Y no siempre hablamos de un trastorno clínico. A veces hablamos simplemente de tristeza, inseguridad, miedo o incertidumbre. Es decir, experiencias humanas normales.
Sin embargo, el mensaje que reciben fuera es otro, que hay que gestionar la tristeza cuanto antes, que la duda es una debilidad, que si no eres positivo, resiliente y seguro, necesitas arreglarte.
La psicología no parte de que las personas estén defectuosas, parte de comprender el contexto, la historia y los factores que influyen en el malestar. Cuando existe un trastorno, la intervención es rigurosa y necesaria. Pero cuando hablamos de emociones cotidianas, el objetivo no es eliminar lo humano, sino entenderlo.
El problema aparece cuando el malestar se convierte en negocio, parte de la industria de la autoayuda simplifica procesos complejos y promete soluciones rápidas, fórmulas universales, transformaciones exprés, éxito garantizado…. y cuanto más se consume ese discurso, más sensación de insuficiencia se genera.
No es lo mismo acompañar terapéuticamente que vender optimismo empaquetado, no es lo mismo trabajar con evidencia que repetir frases motivacionales.
La autoexigencia permanente no es salud mental, es presión y muchas veces esa presión viene disfrazada de crecimiento personal.
Quizá no necesitamos otra técnica para mejorarnos, quizá necesitamos revisar la idea de que estamos dañados por sentirnos vulnerables, aceptar no es rendirse, es dejar de tratarse como un proyecto defectuoso en reparación infinita.
A veces, el paso más sano no es reinventarse, sino mirarse con más humanidad y criterio psicológico.
Hay algo que me preocupa especialmente en el discurso actual sobre bienestar emocional, la sensación constante de que nunca es suficiente. Siempre hay algo que mejorar, la mentalidad, la autoestima, la productividad, el cuerpo, la manera de relacionarnos. Parece que, si no estamos trabajando activamente en convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos, estamos fallando. Como psicólogo veo cada vez más personas con una idea muy arraigada: “algo en mí está mal”. Y no siempre hablamos de un trastorno clínico. A veces hablamos simplemente de tristeza, inseguridad, miedo o incertidumbre. Es decir, experiencias humanas normales. Sin embargo, el mensaje que reciben fuera es otro, que hay que gestionar la tristeza cuanto antes, que la duda es una debilidad, que si no eres positivo, resiliente y seguro, necesitas arreglarte. La psicología no parte de que las personas estén defectuosas, parte de comprender el contexto, la historia y los factores que influyen en el malestar. Cuando existe un trastorno, la intervención es rigurosa y necesaria. Pero cuando hablamos de emociones cotidianas, el objetivo no es eliminar lo humano, sino entenderlo. El problema aparece cuando el malestar se convierte en negocio, parte de la industria de la autoayuda simplifica procesos complejos y promete soluciones rápidas, fórmulas universales, transformaciones exprés, éxito garantizado…. y cuanto más se consume ese discurso, más sensación de insuficiencia se genera. No es lo mismo acompañar terapéuticamente que vender optimismo empaquetado, no es lo mismo trabajar con evidencia que repetir frases motivacionales. La autoexigencia permanente no es salud mental, es presión y muchas veces esa presión viene disfrazada de crecimiento personal. Quizá no necesitamos otra técnica para mejorarnos, quizá necesitamos revisar la idea de que estamos dañados por sentirnos vulnerables, aceptar no es rendirse, es dejar de tratarse como un proyecto defectuoso en reparación infinita. A veces, el paso más sano no es reinventarse, sino mirarse con más humanidad y criterio psicológico.
Miembro de la Asociación Española de Psicología Sanitaria
Hay algo que me preocupa especialmente en el discurso actual sobre bienestar emocional, la sensación constante de que nunca es suficiente.Siempre hay algo que mejorar, la mentalidad, la autoestima, la productividad, el cuerpo, la manera de relacionarnos.Parece que, si no estamos trabajando activamente en convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos, estamos fallando.Como psicólogo veo cada vez más personas con una idea muy arraigada: “algo en mí está mal”. Y no siempre hablamos de un trastorno clínico. A veces hablamos simplemente de tristeza, inseguridad, miedo o incertidumbre. Es decir, experiencias humanas normales.Sin embargo, el mensaje que reciben fuera es otro, que hay que gestionar la tristeza cuanto antes, que la duda es una debilidad, que si no eres positivo, resiliente y seguro, necesitas arreglarte.La psicología no parte de que las personas estén defectuosas, parte de comprender el contexto, la historia y los factores que influyen en el malestar. Cuando existe un trastorno, la intervención es rigurosa y necesaria. Pero cuando hablamos de emociones cotidianas, el objetivo no es eliminar lo humano, sino entenderlo.El problema aparece cuando el malestar se convierte en negocio, parte de la industria de la autoayuda simplifica procesos complejos y promete soluciones rápidas, fórmulas universales, transformaciones exprés, éxito garantizado…. y cuanto más se consume ese discurso, más sensación de insuficiencia se genera.No es lo mismo acompañar terapéuticamente que vender optimismo empaquetado, no es lo mismo trabajar con evidencia que repetir frases motivacionales.La autoexigencia permanente no es salud mental, es presión y muchas veces esa presión viene disfrazada de crecimiento personal.Quizá no necesitamos otra técnica para mejorarnos, quizá necesitamos revisar la idea de que estamos dañados por sentirnos vulnerables, aceptar no es rendirse, es dejar de tratarse como un proyecto defectuoso en reparación infinita.A veces, el paso más sano no es reinventarse, sino mirarse con más humanidad y criterio psicológico.
