Cada verano asistimos a la misma tragedia. Cambian los nombres de los pueblos, las provincias afectadas o la dirección del viento, pero las imágenes se repiten. Miles de hectáreas calcinadas, familias obligadas a abandonar sus hogares, agricultores que ven desaparecer en unas horas el trabajo de toda una vida y profesionales que arriesgan la suya para contener unas llamas cada vez más difíciles de controlar.
Pero, cuando el humo se disipa, conviene preguntarse, aunque incomode, si estamos poniendo el mismo empeño en prevenir los incendios que en combatirlos. Y la respuesta es cristalina.
Con frecuencia hablamos de medios aéreos, de brigadas forestales o de dispositivos de emergencia. Son imprescindibles. Sin ellos, combatir el fuego sería imposible. Sin embargo, los grandes incendios no empiezan cuando aparece una chispa. Empiezan mucho antes, cuando el territorio deja de cuidarse, pierde actividad y acaba sucumbiendo al abandono.
España cuenta hoy con una de las mayores masas forestales de Europa, pero también con amplias zonas rurales que han ido perdiendo población y actividad económica durante las últimas décadas. Allí donde desaparecen los cultivos, la ganadería o la presencia constante de quienes viven y trabajan en el campo, la vegetación avanza sin control y el paisaje se vuelve más homogéneo y, con él, más vulnerable al fuego.
Por eso, la mejor política contra los incendios no consiste únicamente en reforzar los medios de extinción. Consiste, sobre todo, en mantener vivo el territorio. Y ahí el regadío desempeña un papel que pocas veces forma parte del debate público.
Cuando hablamos de regadío solemos pensar en producción agrícola, en seguridad alimentaria o en el uso eficiente del agua. Todo eso es cierto. No en vano, el regadío ocupa alrededor de una cuarta parte de la superficie cultivada en España y genera cerca de dos tercios del valor de la producción vegetal, además de sostener miles de empleos directos e indirectos en el medio rural. Pero su aportación va mucho más allá de la economía.
Donde hay agricultura hay personas. Donde hay personas hay caminos transitables, infraestructuras mantenidas, parcelas cultivadas y un paisaje gestionado. En definitiva, hay territorio.
Los cultivos de regadío mantienen durante buena parte del verano una cubierta vegetal con mayor humedad y crean un paisaje en mosaico que alterna parcelas, caminos, acequias y espacios abiertos. Esa diversidad no impide por sí sola que se produzca un incendio, pero sí puede dificultar su propagación y facilitar el trabajo de los equipos de extinción. Lo que se cultiva, se cuida. Y un territorio cuidado siempre dispone de más herramientas para defenderse.
A ello se suma otro aspecto que suele pasar desapercibido. Las infraestructuras hidráulicas construidas para garantizar el suministro de agua a la agricultura –embalses, balsas, canales o depósitos de regulación– se convierten, llegado el momento, en aliados de la protección civil. Permiten abastecer a hidroaviones y helicópteros, reducen los tiempos de recarga y mejoran la capacidad de respuesta cuando cada minuto resulta decisivo.
El embalse de San Salvador, promovido con la participación de las comunidades de regantes del Canal de Aragón y Cataluña para asegurar el abastecimiento agrícola, es un buen ejemplo de ello. Concebido para impulsar la actividad económica y garantizar el agua al campo, hoy presta también un servicio esencial cuando los medios aéreos necesitan cargar agua para combatir un incendio. Es la mejor prueba de que una infraestructura bien planificada puede generar beneficios que trascienden el objetivo para el que fue diseñada.
Lo mismo sucede con los propios agricultores. Cuando el fuego amenaza sus pueblos no esperan a que alguien les llame. Ponen a disposición de los operativos tractores, cubas, maquinaria y, sobre todo, un conocimiento del terreno que ningún plano puede sustituir. Saben dónde están los caminos, las acequias, los accesos y los puntos de agua. Conocen el paisaje porque forman parte de él.
Naturalmente, nadie sostiene que el regadío sea la solución única frente a los incendios forestales. Sería simplificar un problema extraordinariamente complejo, agravado por el cambio climático, las olas de calor y el progresivo abandono del medio rural. Pero sí conviene reconocer que constituye una pieza importante de esa estrategia de prevención que tanto necesitamos.
Cada año los incendios dejan tras de sí una factura ambiental irreparable, pero también un enorme coste económico y social. Invertir en prevención siempre será más eficaz –y también más inteligente– que limitarse a actuar cuando el fuego ya es incontrolable. Mantener la actividad agraria, modernizar las infraestructuras hidráulicas y apoyar a quienes siguen viviendo y trabajando en el campo no son solo políticas agrícolas. Son también políticas de gestión del territorio.
Ha llegado el momento de mirar el regadío como un aliado para conservar el paisaje, fijar población, generar actividad económica y fortalecer la resiliencia de un medio rural que constituye una parte esencial de nuestro patrimonio colectivo.
Porque los incendios se apagan en verano. Pero un territorio capaz de resistirlos se construye durante todo el año. Y en esa tarea silenciosa, constante y muchas veces invisible, los regantes llevan décadas haciendo una contribución que merece ser reconocida.
Cada verano asistimos a la misma tragedia. Cambian los nombres de los pueblos, las provincias afectadas o la dirección del viento, pero las imágenes se repiten. Miles de hectáreas calcinadas, familias obligadas a abandonar sus hogares, agricultores que ven desaparecer en unas horas el trabajo de toda una vida y profesionales que arriesgan la suya para contener unas llamas cada vez más difíciles de controlar. Pero, cuando el humo se disipa, conviene preguntarse, aunque incomode, si estamos poniendo el mismo empeño en prevenir los incendios que en combatirlos. Y la respuesta es cristalina. Con frecuencia hablamos de medios aéreos, de brigadas forestales o de dispositivos de emergencia. Son imprescindibles. Sin ellos, combatir el fuego sería imposible. Sin embargo, los grandes incendios no empiezan cuando aparece una chispa. Empiezan mucho antes, cuando el territorio deja de cuidarse, pierde actividad y acaba sucumbiendo al abandono. España cuenta hoy con una de las mayores masas forestales de Europa, pero también con amplias zonas rurales que han ido perdiendo población y actividad económica durante las últimas décadas. Allí donde desaparecen los cultivos, la ganadería o la presencia constante de quienes viven y trabajan en el campo, la vegetación avanza sin control y el paisaje se vuelve más homogéneo y, con él, más vulnerable al fuego. Por eso, la mejor política contra los incendios no consiste únicamente en reforzar los medios de extinción. Consiste, sobre todo, en mantener vivo el territorio. Y ahí el regadío desempeña un papel que pocas veces forma parte del debate público. Cuando hablamos de regadío solemos pensar en producción agrícola, en seguridad alimentaria o en el uso eficiente del agua. Todo eso es cierto. No en vano, el regadío ocupa alrededor de una cuarta parte de la superficie cultivada en España y genera cerca de dos tercios del valor de la producción vegetal, además de sostener miles de empleos directos e indirectos en el medio rural. Pero su aportación va mucho más allá de la economía. Donde hay agricultura hay personas. Donde hay personas hay caminos transitables, infraestructuras mantenidas, parcelas cultivadas y un paisaje gestionado. En definitiva, hay territorio. Los cultivos de regadío mantienen durante buena parte del verano una cubierta vegetal con mayor humedad y crean un paisaje en mosaico que alterna parcelas, caminos, acequias y espacios abiertos. Esa diversidad no impide por sí sola que se produzca un incendio, pero sí puede dificultar su propagación y facilitar el trabajo de los equipos de extinción. Lo que se cultiva, se cuida. Y un territorio cuidado siempre dispone de más herramientas para defenderse. A ello se suma otro aspecto que suele pasar desapercibido. Las infraestructuras hidráulicas construidas para garantizar el suministro de agua a la agricultura –embalses, balsas, canales o depósitos de regulación– se convierten, llegado el momento, en aliados de la
Vicepresidente de la Federación Nacional de Comunidades de Regantes de España
Cada verano asistimos a la misma tragedia. Cambian los nombres de los pueblos, las provincias afectadas o la dirección del viento, pero las imágenes se repiten. Miles de hectáreas calcinadas, familias obligadas a abandonar sus hogares, agricultores que ven desaparecer en unas horas el trabajo de toda una vida y profesionales que arriesgan la suya para contener unas llamas cada vez más difíciles de controlar.Pero, cuando el humo se disipa, conviene preguntarse, aunque incomode, si estamos poniendo el mismo empeño en prevenir los incendios que en combatirlos. Y la respuesta es cristalina.Con frecuencia hablamos de medios aéreos, de brigadas forestales o de dispositivos de emergencia. Son imprescindibles. Sin ellos, combatir el fuego sería imposible. Sin embargo, los grandes incendios no empiezan cuando aparece una chispa. Empiezan mucho antes, cuando el territorio deja de cuidarse, pierde actividad y acaba sucumbiendo al abandono.España cuenta hoy con una de las mayores masas forestales de Europa, pero también con amplias zonas rurales que han ido perdiendo población y actividad económica durante las últimas décadas. Allí donde desaparecen los cultivos, la ganadería o la presencia constante de quienes viven y trabajan en el campo, la vegetación avanza sin control y el paisaje se vuelve más homogéneo y, con él, más vulnerable al fuego.Por eso, la mejor política contra los incendios no consiste únicamente en reforzar los medios de extinción. Consiste, sobre todo, en mantener vivo el territorio. Y ahí el regadío desempeña un papel que pocas veces forma parte del debate público.Cuando hablamos de regadío solemos pensar en producción agrícola, en seguridad alimentaria o en el uso eficiente del agua. Todo eso es cierto. No en vano, el regadío ocupa alrededor de una cuarta parte de la superficie cultivada en España y genera cerca de dos tercios del valor de la producción vegetal, además de sostener miles de empleos directos e indirectos en el medio rural. Pero su aportación va mucho más allá de la economía.Donde hay agricultura hay personas. Donde hay personas hay caminos transitables, infraestructuras mantenidas, parcelas cultivadas y un paisaje gestionado. En definitiva, hay territorio.Los cultivos de regadío mantienen durante buena parte del verano una cubierta vegetal con mayor humedad y crean un paisaje en mosaico que alterna parcelas, caminos, acequias y espacios abiertos. Esa diversidad no impide por sí sola que se produzca un incendio, pero sí puede dificultar su propagación y facilitar el trabajo de los equipos de extinción. Lo que se cultiva, se cuida. Y un territorio cuidado siempre dispone de más herramientas para defenderse.A ello se suma otro aspecto que suele pasar desapercibido. Las infraestructuras hidráulicas construidas para garantizar el suministro de agua a la agricultura –embalses, balsas, canales o depósitos de regulación– se convierten, llegado el momento, en aliados de la protecc
