Julián García Vargas fue un ministro sabio y bueno. De los que, por desgracia, ha dejado de alumbrar la izquierda retrógrada y guerracivilista que desgobierna hoy España. En sus años al frente de la Sanidad española rehuyó de sectarismos, buscó siempre consensos y cogió el toro por los cuernos, aunque sufriera por ello desgaste. Aplicó con acierto máximo la Ley General de Sanidad que puso en marcha Ernest Lluch, otro socialista honesto de cuya memoria tratan de apropiarse los mismos que pactan con los que le asesinaron.. A García Vargas hay que agradecerle que extendiera la cobertura sanitaria a casi toda la población. Los que hoy quieren atribuirse tal mérito no lo merecen. Él fue el impulsor y a él hay que reconocérselo. Basta ya de imposturas. Durante su mandato, creó también prácticamente ex novo el Sistema Nacional de Salud que hoy atiende a todos los ciudadanos, fusionando en apenas tres años los hospitales de la Seguridad Social, los benéficos y los de la administración institucional, en medio de fuertes y absurdas reticencias. También creó el Consejo Interterritorial, el máximo órgano de coordinación sanitaria del conjunto del Estado que nos gobernó durante la pandemia cuando el Ministerio intentó quitarse de en medio para eludir responsabilidades.. García Vargas se mojó donde otros nunca quisieron salpicarse y hay que agradecérselo. Siempre tuvo una visión de Estado por encima de la de partido, y por eso figurará entre los mejores ministros de Sanidad de la historia de la democracia. Será siempre un espejo en el que mirarse y un referente para los políticos de todas las generaciones. También para los gestores sanitarios, entre los que dejó huella. Su marcha deja a la sanidad sin un baluarte al que mirar en tiempos de zozobra como los que nos atormentan hoy en día.
En sus años al frente de la Sanidad española buscó siempre consensos y cogió el toro por los cuernos, aunque sufriera por ello desgaste
Julián García Vargas fue un ministro sabio y bueno. De los que, por desgracia, ha dejado de alumbrar la izquierda retrógrada y guerracivilista que desgobierna hoy España. En sus años al frente de la Sanidad española rehuyó de sectarismos, buscó siempre consensos y cogió el toro por los cuernos, aunque sufriera por ello desgaste. Aplicó con acierto máximo la Ley General de Sanidad que puso en marcha Ernest Lluch, otro socialista honesto de cuya memoria tratan de apropiarse los mismos que pactan con los que le asesinaron.. A García Vargas hay que agradecerle que extendiera la cobertura sanitaria a casi toda la población. Los que hoy quieren atribuirse tal mérito no lo merecen. Él fue el impulsor y a él hay que reconocérselo. Basta ya de imposturas. Durante su mandato, creó también prácticamente ex novo el Sistema Nacional de Salud que hoy atiende a todos los ciudadanos, fusionando en apenas tres años los hospitales de la Seguridad Social, los benéficos y los de la administración institucional, en medio de fuertes y absurdas reticencias. También creó el Consejo Interterritorial, el máximo órgano de coordinación sanitaria del conjunto del Estado que nos gobernó durante la pandemia cuando el Ministerio intentó quitarse de en medio para eludir responsabilidades.. García Vargas se mojó donde otros nunca quisieron salpicarse y hay que agradecérselo. Siempre tuvo una visión de Estado por encima de la de partido, y por eso figurará entre los mejores ministros de Sanidad de la historia de la democracia. Será siempre un espejo en el que mirarse y un referente para los políticos de todas las generaciones. También para los gestores sanitarios, entre los que dejó huella. Su marcha deja a la sanidad sin un baluarte al que mirar en tiempos de zozobra como los que nos atormentan hoy en día.
