No existe nada peor en democracia que el recurso último y siempre inquietante de la toma indiscriminada de la calle por parte de opciones políticas desnortadas y acorraladas en el callejón sin salida del fracaso en la gestión, la falta de soluciones y el consiguiente desencanto entre su feligresía. Aguarda en el horizonte cercano la celebración de comicios generales (veremos cómo y de qué manera) tras una legislatura absolutamente inane, en la que la única votación realmente relevante fue la que permitía mantener a Sánchez en La Moncloa para mandar mucho sin gobernar nada entre escándalos de corrupción, apagones, amnistías o invasión del territorio nacional. Con ese panorama, la demoscopia marca una clara tendencia hacia el cambio de ciclo y la posibilidad de que el bloque de la derecha coseche un éxito histórico, y es precisamente aquí donde la izquierda española ya ha enseñado sus cartas a propósito de algunas prácticas donde se muestra consumadamente experta, a las que se agarrará como un clavo ardiendo para remover el tablero electoral por lo civil o por lo criminal y que no son otra cosa que la toma de la calle bajo la vieja excusa de representar a una «amplia mayoría social».. Se trata de remover las tripas de una parroquia desmovilizada y melancólica, recurriendo a clichés que todavía funcionan en algunos segmentos y que veremos ir apareciendo en las próximas semanas, ya sea el aborto, la memoria antifranquista, Palestina, la guerra ricos-pobres o, como ahora estamos viviendo, un desahucio de vivienda entre miles convenientemente utilizado para llenar de tiendas de campaña el espacio público e incluso algo más radical como es el rodeo o el acoso de sedes institucionales o de partidos. Incendiar las calles ha sido siempre el gran comodín de la izquierda cuando no le salen las cuentas y, en una situación tan envilecida como la que vive la política española, eso no se iba a desaprovechar. El PSOE, que ya sabe lo que supone reventar jornadas de reflexión, se muestra complaciente ante la «libertad de expresión»; Sumar y Podemos contemplando cómo su estado de casi muerte crítica ahora se transforma en respiración asistida gracias a la utilización a través de elementos bien orquestados de la buena fe de mucha gente que lo está pasando mal. Son minoría, se niegan a renunciar al coche oficial y coquetean con asaltar cuarteles de invierno.
Se trata de remover las tripas de una parroquia desmovilizada y melancólica, recurriendo a clichés que todavía funcionan en algunos segmentos y que veremos ir apareciendo en las próximas semanas, ya sea el aborto, la memoria antifranquista, Palestina, la guerra ricos-pobres…
No existe nada peor en democracia que el recurso último y siempre inquietante de la toma indiscriminada de la calle por parte de opciones políticas desnortadas y acorraladas en el callejón sin salida del fracaso en la gestión, la falta de soluciones y el consiguiente desencanto entre su feligresía. Aguarda en el horizonte cercano la celebración de comicios generales (veremos cómo y de qué manera) tras una legislatura absolutamente inane, en la que la única votación realmente relevante fue la que permitía mantener a Sánchez en La Moncloa para mandar mucho sin gobernar nada entre escándalos de corrupción, apagones, amnistías o invasión del territorio nacional. Con ese panorama, la demoscopia marca una clara tendencia hacia el cambio de ciclo y la posibilidad de que el bloque de la derecha coseche un éxito histórico, y es precisamente aquí donde la izquierda española ya ha enseñado sus cartas a propósito de algunas prácticas donde se muestra consumadamente experta, a las que se agarrará como un clavo ardiendo para remover el tablero electoral por lo civil o por lo criminal y que no son otra cosa que la toma de la calle bajo la vieja excusa de representar a una «amplia mayoría social».. Se trata de remover las tripas de una parroquia desmovilizada y melancólica, recurriendo a clichés que todavía funcionan en algunos segmentos y que veremos ir apareciendo en las próximas semanas, ya sea el aborto, la memoria antifranquista, Palestina, la guerra ricos-pobres o, como ahora estamos viviendo, un desahucio de vivienda entre miles convenientemente utilizado para llenar de tiendas de campaña el espacio público e incluso algo más radical como es el rodeo o el acoso de sedes institucionales o de partidos. Incendiar las calles ha sido siempre el gran comodín de la izquierda cuando no le salen las cuentas y, en una situación tan envilecida como la que vive la política española, eso no se iba a desaprovechar. El PSOE, que ya sabe lo que supone reventar jornadas de reflexión, se muestra complaciente ante la «libertad de expresión»; Sumar y Podemos contemplando cómo su estado de casi muerte crítica ahora se transforma en respiración asistida gracias a la utilización a través de elementos bien orquestados de la buena fe de mucha gente que lo está pasando mal. Son minoría, se niegan a renunciar al coche oficial y coquetean con asaltar cuarteles de invierno.
