Una línea de teleférico en Ciudad de México enhebra montañas presidenciales, una estatua sin cabeza, fosas de la guerra sucia y urbanismo moderno
En algún momento, la turba decidió ir por Felipe Calderón. La estatua del expresidente mexicano yacía tristemente en el suelo, abandonada allí desde hacía más de un año. Un árbol la había derribado el verano anterior y nadie se había preocupado de levantarla. Periodistas habían preguntado a la Secretaría de Cultura, pero la respuesta había sido que mejor la dejaban donde estaba, no fuera a ser que otro árbol la tumbase de nuevo. Así que, cuando los enfadados manifestantes llegaron y vieron que no podían tirarla, decidieron decapitarla. Agarraron la placa metálica que anunciaba su nombre en el pedestal y le zurraron con gusto en el cuello. Concluido el trabajo, tomaron la cabeza metálica y la elevaron con fuerza, gritando consignas.. La altura de la cabina del teleférico, de la línea 3 del cablebús, barniza de irrealidad el altercado, que tuvo lugar hace semana y media. Como si hubiera ocurrido en un mundo distinto. La mirada busca entre los árboles el Paseo de los Presidentes, guarida de la estatua, parte de la antigua residencia de Los Pinos, donde vivió el mismo Calderón y otros tantos mandatarios mexicanos. Pero el follaje impide avistamientos: es temporada de lluvias y los árboles lucen frondosos en Ciudad de México. Tampoco se puede llegar a pie, los policías lo impiden. Una agente decía antes que el paso está prohibido siempre, por mucho que Los Pinos se haya convertido en un centro cultural y esté abierto al público. Pero es mentira, sí se podía. Solo que ahora, hoy, no. Sin mayores motivos.. Extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro (LyFC) muestran la cabeza de la estatua caída del expresidente mexicano Felipe Calderón, en la Ciudad de México, el 30 de septiembre de 2026. Madla Hartz (EFE). Figura controvertida en la historia contemporánea de México, muchos culpan a Calderón de sus males modernos, la violencia, la desigualdad, la corrupción… Los manifestantes que atacaron su estatua le culpan también de su destino: hace 17 años, Calderón les dejó en la calle cuando liquidó una empresa pública de electricidad. País de símbolos, pocos objetos ilustran mejor el presente de México que la dichosa estatua, convertida en estandarte de la polarización. Casi nadie defiende el postulado institucional del respeto al patrimonio. La estatua es Calderón, tanto para sus defensores como para sus detractores. Pero el teleférico avanza y Calderón, la polarización y las estatuas se diluyen en los mil verdes del Bosque de Chapultepec.. La elevación construye una esquizofrenia. Desde el teleférico, el bosque urbano disputa el relato de la gran ciudad a una de sus arterias eternamente colapsadas, la avenida Constituyentes. Desde abajo, molesta y abruma. Desde arriba, sorprende. Chapultepec acoge el gran Panteón de Dolores, uno de los mayores cementerios de América Latina. Su gran desorden funerario ilumina una de las tragedias actuales del país, la de las personas desaparecidas. Dolores incluye una de las fosas comunes más longevas. Por generaciones, los panteoneros han enterrado allí cuerpos de miles de desconocidos. O eso se pensaba. Porque ahora el Gobierno local asume que hay cuerpos de desaparecidos, de la violencia reciente y de los años de la Guerra Sucia, que podrían estar ahí.. En unas semanas, el panteón cambiará de color. Las celebraciones por el Día de Muertos inundarán nichos y tumbas de flor de cempasúchil. El naranja se impondrá, también el fuego de las veladoras. La memoria de las ofrendas y el polen de fresnos y cipreses provocarán más de un llanto ahí abajo. Quienes seguro no cambian de color son los vecinos de enfrente. Al otro lado de Constituyentes se erige la gran montaña de poder del Gobierno actual, las muy grises instalaciones de la Secretaría de Seguridad federal, la guarida de Omar García Harfuch. La clase política mexicana juguetea desde hace tiempo con el policía. Muchos lo ven como el futuro candidato presidencial del oficialismo. Incluso como el presidente. El Partido Verde, que de verde no tiene demasiado, lo compara con Pedro Infante.. El teleférico de Los Pinos fue una de las obras emblema de la presidenta, Claudia Sheinbaum, cuando dirigió el Gobierno de la ciudad. Llega hasta el barrio Vasco de Quiroga y enlaza con otra de las obras modernísimas de presente, el Tren Insurgente, que comunica con Toluca. Uno de los brazos del Bosque de Chapultepec alcanza hasta el final de la línea. Entre el bosque y mil predios militares, el Gobierno construyó una cineteca pública. Otro derroche de modernidad. Estos días echan Digger, la nueva de Iñárritu, orgullo patrio. Ciudad de México tiene estas cosas. Su brutal eclecticismo ofrece convivencias de una divinidad pagana.
En algún momento, la turba decidió ir por Felipe Calderón. La estatua del expresidente mexicano yacía tristemente en el suelo, abandonada allí desde hacía más de un año. Un árbol la había derribado el verano anterior y nadie se había preocupado de levantarla. Periodistas habían preguntado a la Secretaría de Cultura, pero la respuesta había sido que mejor la dejaban donde estaba, no fuera a ser que otro árbol la tumbase de nuevo. Así que, cuando los enfadados manifestantes llegaron y vieron que no podían tirarla, decidieron decapitarla. Agarraron la placa metálica que anunciaba su nombre en el pedestal y le zurraron con gusto en el cuello. Concluido el trabajo, tomaron la cabeza metálica y la elevaron con fuerza, gritando consignas.. Seguir leyendo
