El ministro de Exteriores desgrana las crisis políticas que atraviesan a Latinoamérica, las presiones de Trump y el avance de la extrema derecha en la región
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha traído tiempos convulsos para Latinoamérica. Nicolás Maduro ha caído en Venezuela. Cuba lleva meses bajo la asfixia de Washington. La derecha y la ultraderecha avanzan en la región bajo el impulso de la Administración republicana. Y las presiones para frenar la inmigración y combatir al narcotráfico son permanentes. Guatemala está en el centro de ese inmenso tablero geopolítico: es un paso ineludible en las rutas migratorias, un territorio asediado por las pandillas y los carteles, y el último resquicio progresista en una Centroamérica cada vez más seducida por los discursos de mano dura.. Carlos Ramiro Martínez (Ciudad de Guatemala, 67 años), ministro de Exteriores guatemalteco, es el hombre en que el presidente Bernardo Arévalo confía para guiar los destinos de su país en medio de este complejo escenario. De visita de trabajo por España, tras participar en una charla organizada por la agencia Efe y Casa de América, se sienta este martes con EL PAÍS para analizar la actualidad política latinoamericana. El canciller no esquiva ninguna de las preguntas difíciles. Con el tono pausado y la mesura que dan tres décadas de experiencia diplomática, Martínez habla de Cuba, Venezuela, Nicaragua y las relaciones con Trump y el salvadoreño Nayib Bukele, así como de las amenazas que se ciernen sobre la democracia en su país, que acudirá a las urnas el próximo año.. Pregunta. ¿Cómo impactan el discurso y las políticas antiinmigración de Trump a Guatemala y a los guatemaltecos en Estados Unidos?. Respuesta. De dos formas. Una es lo que ya venía dándose: los deportados. Sigue habiendo gente deportada a Guatemala, aunque el número ha disminuido comparado a las grandes cifras que tuvimos en los últimos años. El otro elemento es que los guatemaltecos en el exterior sí se han resentido bastante de la persecución en territorio estadounidense. La gente no tiene la tranquilidad de ir a los consulados, a un centro comercial un fin de semana o dejar a sus hijos en las escuelas. Y eso es real. Lo sabemos por los testimonios de la gente. Los retornados, no nos gusta la palabra deportación, es un fenómeno que no es nuevo. Lo nuevo es ese temor, esa preocupación y esa persecución que sufren los guatemaltecos y también otras nacionalidades en territorio estadounidense.. P. ¿Es el frente más desafiante con Estados Unidos?. R. Yo diría que el tema de la seguridad es más desafiante porque es una tarea que, como Estado, Guatemala no puede enfrentar solo. Ahí se necesita el trabajo conjunto con los países vecinos y por supuesto, con Estados Unidos, especialmente en el combate al narcotráfico.. P. ¿Cuál es su lectura de la crisis en Venezuela?. R. Cuando nos enteramos el 3 de enero de lo que estaba pasando, creíamos que era el primer paso para llevar la democracia de vuelta a Venezuela y no fue así. Nosotros seguimos teniendo esa preocupación. Ahí sigue un Gobierno, independientemente de quién esté a cargo de él, que nosotros no hemos reconocido en el último proceso electoral.. P. ¿Ve posible una transición democrática?. R. Debería de darse. Hoy, no la veo posible. Las condiciones están, pero no se ven acciones que vayan en esa dirección. La democracia es una deuda con los venezolanos. No con los guatemaltecos, no con los latinoamericanos, sino con el pueblo venezolano.. P. ¿Le preocupa que haya más intervenciones de Estados Unidos en Latinoamérica con el pretexto del combate al narcotráfico?. R. Sí, es una preocupación, no solo de Guatemala, sino de todos los países latinoamericanos.. P. ¿Cuál es su posición frente a la crisis en Cuba?. R. Hemos apoyado a Cuba en Naciones Unidas. Consideramos que el bloqueo no es una medida acorde al derecho internacional. Y en el momento actual se ha llegado a una crisis humanitaria. Vemos que está evolucionando, pero no sabemos a dónde. Vivimos casi en un día a día. No sabemos qué puede pasar en Cuba.. El ministro de Exteriores de Guatemala, Carlos Ramiro Martínez, este martes en Casa de América, en Madrid.Claudio Álvarez. P. ¿Qué hacer frente a la dictadura en Nicaragua?. R. Guatemala ha sido muy clara en condenarla. Incluso hemos recibido prisioneros nicaragüenses por cuestiones humanitarias. Mantenemos relaciones diplomáticas con Nicaragua, pero no tenemos embajador. Y hemos condenado a Nicaragua en diversos espacios regionales o mundiales. Creemos que es un régimen antidemocrático que, además, pasa por encima de su población.. P. ¿Qué opina de los pasos que han dado México y España tras los desacuerdos que hubo por la Conquista?. R. No ha sido un tema de discusión en Guatemala, aunque evidentemente alrededor del 12 de octubre hemos tenido manifestaciones diversas, de críticas, sobre lo que significa esa fecha. Y es un punto de reivindicación de los pueblos indígenas. Pero no hemos llegado al nivel de un reclamo o una cuestión de esa naturaleza.. P. ¿Vale la pena abrir ese debate a nivel iberoamericano?. R. No. Los temas que más nos interesan son en los que hay convergencia, no divergencias. Y ese tema separa porque hay visiones muy diferentes, desde posiciones a veces muy radicales hasta posiciones, si no conciliadoras, que buscan encontrar lo bueno y lo malo de los procesos. En este caso, primero, del descubrimiento y después, de la Conquista.. P. En Centroamérica hay proyectos políticos de mano dura con amplio respaldo popular. ¿Le preocupa que pueda darse un efecto de contagio en Guatemala?. R. El discurso de la mano dura no empezó en Guatemala. En alguna campaña electoral en el país [en El Salvador] donde empezó ese concepto se llegó a hablar de imponer la “súper mano dura”, y no dio resultados. En Guatemala ya hubo un gobierno de mano dura y los resultados tampoco fueron muy efectivos, pero el próximo año en la campaña electoral vamos a ver esa visión sobre la mesa. De hecho, en las elecciones anteriores hace tres años ya fue un punto de discusión y no cabe duda de que por la crisis y los problemas de inseguridad que existen en Guatemala, y en la mayoría de los países de nuestra región, el tema va a ser planteado por muchos candidatos.. P. ¿Cómo convencer a la gente de que la democracia puede aportar soluciones frente a propuestas autoritarias en temas como la seguridad?. R. Ese es el gran reto. La gente está preocupada de lo que sucede en su barrio, en la esquina de su casa, de la inseguridad que existe. Hay ciudadanos a los que el discurso de mano dura les suena muy bien y lo votan. La democracia tiene déficits muy grandes, pero es el régimen que conocemos, el que mejor funciona, el más abierto, el más participativo. Tenemos que seguir apostando por ella.. P. ¿Cómo mantiene una relación funcional con el Gobierno de Bukele, que está en las antípodas ideológicas del suyo y con el que además comparte fronteras?. R. Más allá de la visión ideológica, yo diría que el reto de la administración que venga en Guatemala es llevarse de la mejor manera posible con México, Belice, Honduras y El Salvador. Es la vecindad. Y la vecindad genera vínculos de todo tipo, hasta familiares, ya no digamos comerciales, de trabajo, de toda naturaleza… Entonces, no me puedo llevar mal con mi vecino, aunque haga mucho ruido o me estacione el carro enfrente del portón. Lo que tengo que hacer es decirle: “Mire, córralo un poco, no lo ponga ahí”. Pero es fundamental la buena relación. No podemos ver solamente el aspecto ideológico.. P. La democracia ha estado bajo una enorme presión en Guatemala, desde los amagos de juicios políticos hasta el uso de la justicia como arma política. ¿Considera que estos intentos de desestabilización suponen una amenaza para su país?. R. Sí,son una amenaza, no para este Gobierno, sino para la democracia. Eso es lo que hemos tratado de hacer ver a la comunidad internacional, que en Guatemala se juegan muchas cosas. Afortunadamente, España y la Unión Europea han expresado esa preocupación y acompañado todo nuestro proceso. Definitivamente, son efectos desestabilizadores que crean problemas de gobernabilidad en el país y que incluso distraen y desgastan a la Administración actual. Y el acoso se mantiene, es permanente. La fiscal general todavía sostiene que hubo un fraude electoral en 2023 y eso es totalmente absurdo.. P. ¿Qué espera de la cumbre iberoamericana que se celebrará en noviembre en Madrid?. R. Venimos de un proceso de desgaste que se reflejó en la cumbre anterior. Espero que podamos recomponer y encauzar el espacio iberoamericano, que es de diálogo, de cooperación, de trabajo conjunto. En otros foros nos agarramos del pelo, unos a otros, porque las cuestiones ideológicas están sobre la mesa y las diferencias políticas no ayudan a alcanzar acuerdos. Por eso, veo la cumbre con optimismo, que va a marcar un antes y un después.. P. ¿Cree que el proceso de renovación de la ONU es una oportunidad para que América Latina lidere la reforma del sistema internacional?. R. Las circunstancias nos obligan a revisar el sistema multilateral y de Naciones Unidas. Ojalá que quien asuma la Secretaría General pueda tener el respaldo de los Estados para llevar adelante estos cambios. Creemos que nos corresponde a nosotros como región, eso para mí es indiscutible. Si es hombre o mujer puede ser otra discusión, pero sí queremos ver a un secretario general latinoamericano el próximo año llevando adelante las reformas que hay que hacer y que tenemos que acompañar como Estados.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha traído tiempos convulsos para Latinoamérica. Nicolás Maduro ha caído en Venezuela. Cuba lleva meses bajo la asfixia de Washington. La derecha y la ultraderecha avanzan en la región bajo el impulso de la Administración republicana. Y las presiones para frenar la inmigración y combatir al narcotráfico son permanentes. Guatemala está en el centro de ese inmenso tablero geopolítico: es un paso ineludible en las rutas migratorias, un territorio asediado por las pandillas y los carteles, y el último resquicio progresista en una Centroamérica cada vez más seducida por los discursos de mano dura.. Seguir leyendo
