Por Javier Hernández González, doctor en Medicina y Profesor Universitario. En 1996 Samuel Huntington publicó un libro que le costó la reputación entre sus colegas y le dio la razón ante la historia. Sostenía que, terminada la Guerra Fría, el conflicto dejaría de ser ideológico para volverse cultural, y que Occidente erraría si confundía su superioridad institucional con un mandato para rehacer el mundo. Le llovieron acusaciones de esencialista y de belicista. Casi nadie leyó la parte en la que pedía lo contrario de lo que se le atribuyó: no cruzadas, sino fronteras. No exportar el modelo, sino defenderlo en casa.. Treinta años después, entre el 30 y el 31 de julio, más de setenta mil personas cruzaron en cuarenta y ocho horas la frontera de una ciudad española de ochenta y cuatro mil habitantes. Murieron ochenta y seis, según cifras oficiales provisionales, la mayoría ahogadas a pocos metros de la orilla. Ceuta, asunto de página doce durante décadas, se convirtió de golpe en la fotografía más nítida de lo que Europa es y de lo que está dispuesta a defender.. Empecemos por lo que no fue, porque la lucidez empieza ahí. No fue un choque de civilizaciones. Fue algo más viejo y más frío: un Estado vecino que descubrió hace años que la desesperación de sus propios ciudadanos es un instrumento de presión diplomática barato y eficaz. Durante los días críticos Rabat guardó silencio institucional mientras el medio más afín a Palacio explicaba que Ceuta y Melilla acabarán reintegrándose en «su entorno natural», y el 10 de agosto su ministro de Justicia repetía la reivindicación en una televisión saudí. No hace falta ser suspicaz para leerlo: hace falta no ser ingenuo.. Fue una invasión. Fueron jóvenes marroquíes pobres a los que un bulo viral dijo que España había abierto la frontera y que se lanzaron al agua de noche. Ochenta y seis no llegaron. Llamarlos ejército es tan falso como llamarlos refugiados: eran víctimas de un régimen que no les ofrece futuro y de una mentira difundida por mafias y tolerada por sus Gobernantes.. Y aquí está la lección. El detonante fue una sentencia del Tribunal Supremo del 8 de julio que ilegalizaba las devoluciones inmediatas de quienes llegaran por mar: una resolución interpretada torcidamente, amplificada por redes sociales, y veintidós días después setenta mil personas cruzando una frontera en cuarenta y ocho horas. Durante veinte años se nos ha explicado que el «efecto llamada» era una superstición de la derecha sin base empírica. Ceuta es el experimento natural más limpio que ha ofrecido Europa, y el resultado no admite matices: la percepción de que si la frontera cede produce avalanchas, y las avalanchas producen cadáveres.. Esa es la parte que quienes corrigen el vocabulario ajeno tienen que responder. Mientras se discutía si decir «avalancha» era deshumanizador, había ochenta y seis cuerpos en el agua. La ambigüedad no es compasiva: mata. Quien mantiene una frontera deliberadamente confusa para no parecer duro firma, sin querer, las esquelas de quien se ahoga a doscientos metros de la playa.. Conviene decirlo con todas las letras, porque explica más que un episodio fronterizo. La izquierda que nació del jacobinismo y culminó en el leninismo tenía una teoría económica, un sujeto histórico y un método. De esa arquitectura no queda un tabique: ningún partido con posibilidades de gobernar propone hoy colectivizar nada. Pero cuando el sujeto falla —cuando el obrero prospera, compra su casa y vota a otra cosa—, la estructura mental sobrevive buscando sujetos nuevos. La lucha de clases se ha vuelto lucha de causas, con el esquema intacto: un opresor estructural, un oprimido que a menudo no sabe que lo es y una vanguardia ilustrada que se lo explica.. Lo que ha cambiado, y a peor, es el método. El marxismo clásico aspiraba a demostrar; su heredera identitaria ha sustituido el argumento por la biografía de quien argumenta: ya no se responde a lo que se dice, se examina quién lo dice. Eso no corrige la Ilustración, la abole. Y de ahí lo demás: una acusación ya no abre un debate, lo cierra. Es el sueño de todo dogmatismo, discutir sin riesgo de perder, porque quien discrepa no está equivocado, está manchado. Añádase la incoherencia que jamás se explica: presentar el velo obligatorio como identidad emancipadora en Europa mientras en Teherán las mujeres mueren por quitárselo.. Nada de esto significa que Occidente deba rehacer el mundo. Afganistán e Irak costaron billones y dos décadas para producir un régimen talibán y un Irak en la órbita iraní: las instituciones no se trasplantan a punta de fusil. Pero no intervenir no significa aprobar, y ahí está la distinción que Europa ha perdido. La jerarquía que defiendo no es de pueblos ni de religiones: es de instituciones. La división de poderes, el imperio de la ley y la igualdad ante el juez no son costumbres nuestras entre otras, son un descubrimiento, y funcionan donde se instalen, como demuestran Japón, Botsuana, Indonesia o Senegal. Lo que separa a Madrid de Kabul no es que aquí seamos cristianos: es que aquí la Constitución está por encima del catecismo.. De ahí se sigue una condición de pertenencia que no admite excepción cultural. La ley civil está por encima de cualquier norma religiosa; la mujer es igual al hombre a todos los efectos; los menores no se casan ni se mutilan; y toda idea, incluida la mía y la de mi Dios, puede criticarse sin que nadie muera por ello. Quien no acepte ese marco no tiene derecho a residir en él. No es xenofobia: es la definición de soberanía, y la aplica con dureza la socialdemocracia danesa. El adversario es el islamismo político, no el vecino musulmán que cumple la ley y lleva a sus hijas al instituto. Confundirlos es el mayor favor que podemos hacerle al primero.. El 15 de agosto volvieron a convocarse por redes y la frontera aguantó: los intentos fueron contenidos y no hubo entrada masiva. Quedó demostrado lo único que había que demostrar, que cuando existe voluntad política la frontera funciona. No hicieron falta muros imposibles ni crueldad: hicieron falta medios, presencia y una decisión a tiempo. Todo lo que faltó el 30 de julio, cuando el presidente de la ciudad pidió la emergencia nacional y se le negó, y el Ejército llegó por la tarde con miles de personas ya dentro.. Ceuta no es un problema español. Es el laboratorio donde se averigua si una democracia liberal puede sostener las dos mitades de su promesa: ser un lugar libre y ser un lugar propio. No hay derechos sin territorio donde ejercerlos, ni Estado de derecho sin Estado, ni Estado sin frontera. La libertad no flota: se administra dentro de un perímetro.. Ese es el Rubicón, y los Rubicones tienen una propiedad incómoda: sólo se cruzan una vez. Si Europa acepta que una frontera exterior puede desbordarse en cuarenta y ocho horas sin más consecuencia que una reunión extraordinaria de ministros, habrá anunciado al mundo que sus fronteras son una convención y que lo demás —los derechos, las leyes, la igualdad de la mujer, la libertad de conciencia— es también negociable, porque nada de eso existe fuera del perímetro donde se hace cumplir.. Occidente no está amenazado por el número de sus adversarios, sino por la sospecha, cultivada durante medio siglo, de que no merece defenderse. Es falsa, y sus cuentas están hechas: nadie se lanzó al mar aquella noche huyendo de Ceuta hacia Castillejos. Todos nadaban en la misma dirección. Ese es el referéndum, y se celebra a diario.. Defender lo nuestro no exige humillar a nadie. Exige algo más difícil: ser firmes, saber qué es lo nuestro, decirlo sin pedir perdón y aplicarlo sin excepciones. Empezando por nosotros mismos.
Treinta años después de Huntington, la frontera sur de Europa ha demostrado que la ambigüedad no es compasiva: mata
Por Javier Hernández González, doctor en Medicina y Profesor Universitario. En 1996 Samuel Huntington publicó un libro que le costó la reputación entre sus colegas y le dio la razón ante la historia. Sostenía que, terminada la Guerra Fría, el conflicto dejaría de ser ideológico para volverse cultural, y que Occidente erraría si confundía su superioridad institucional con un mandato para rehacer el mundo. Le llovieron acusaciones de esencialista y de belicista. Casi nadie leyó la parte en la que pedía lo contrario de lo que se le atribuyó: no cruzadas, sino fronteras. No exportar el modelo, sino defenderlo en casa.. Treinta años después, entre el 30 y el 31 de julio, más de setenta mil personas cruzaron en cuarenta y ocho horas la frontera de una ciudad española de ochenta y cuatro mil habitantes. Murieron ochenta y seis, según cifras oficiales provisionales, la mayoría ahogadas a pocos metros de la orilla. Ceuta, asunto de página doce durante décadas, se convirtió de golpe en la fotografía más nítida de lo que Europa es y de lo que está dispuesta a defender.. Empecemos por lo que no fue, porque la lucidez empieza ahí. No fue un choque de civilizaciones. Fue algo más viejo y más frío: un Estado vecino que descubrió hace años que la desesperación de sus propios ciudadanos es un instrumento de presión diplomática barato y eficaz. Durante los días críticos Rabat guardó silencio institucional mientras el medio más afín a Palacio explicaba que Ceuta y Melilla acabarán reintegrándose en «su entorno natural», y el 10 de agosto su ministro de Justicia repetía la reivindicación en una televisión saudí. No hace falta ser suspicaz para leerlo: hace falta no ser ingenuo.. Fue una invasión. Fueron jóvenes marroquíes pobres a los que un bulo viral dijo que España había abierto la frontera y que se lanzaron al agua de noche. Ochenta y seis no llegaron. Llamarlos ejército es tan falso como llamarlos refugiados: eran víctimas de un régimen que no les ofrece futuro y de una mentira difundida por mafias y tolerada por sus Gobernantes.. Y aquí está la lección. El detonante fue una sentencia del Tribunal Supremo del 8 de julio que ilegalizaba las devoluciones inmediatas de quienes llegaran por mar: una resolución interpretada torcidamente, amplificada por redes sociales, y veintidós días después setenta mil personas cruzando una frontera en cuarenta y ocho horas. Durante veinte años se nos ha explicado que el «efecto llamada» era una superstición de la derecha sin base empírica. Ceuta es el experimento natural más limpio que ha ofrecido Europa, y el resultado no admite matices: la percepción de que si la frontera cede produce avalanchas, y las avalanchas producen cadáveres.. Esa es la parte que quienes corrigen el vocabulario ajeno tienen que responder. Mientras se discutía si decir «avalancha» era deshumanizador, había ochenta y seis cuerpos en el agua. La ambigüedad no es compasiva: mata. Quien mantiene una frontera deliberadamente confusa para no parecer duro firma, sin querer, las esquelas de quien se ahoga a doscientos metros de la playa.. Conviene decirlo con todas las letras, porque explica más que un episodio fronterizo. La izquierda que nació del jacobinismo y culminó en el leninismo tenía una teoría económica, un sujeto histórico y un método. De esa arquitectura no queda un tabique: ningún partido con posibilidades de gobernar propone hoy colectivizar nada. Pero cuando el sujeto falla —cuando el obrero prospera, compra su casa y vota a otra cosa—, la estructura mental sobrevive buscando sujetos nuevos. La lucha de clases se ha vuelto lucha de causas, con el esquema intacto: un opresor estructural, un oprimido que a menudo no sabe que lo es y una vanguardia ilustrada que se lo explica.. Lo que ha cambiado, y a peor, es el método. El marxismo clásico aspiraba a demostrar; su heredera identitaria ha sustituido el argumento por la biografía de quien argumenta: ya no se responde a lo que se dice, se examina quién lo dice. Eso no corrige la Ilustración, la abole. Y de ahí lo demás: una acusación ya no abre un debate, lo cierra. Es el sueño de todo dogmatismo, discutir sin riesgo de perder, porque quien discrepa no está equivocado, está manchado. Añádase la incoherencia que jamás se explica: presentar el velo obligatorio como identidad emancipadora en Europa mientras en Teherán las mujeres mueren por quitárselo.. Nada de esto significa que Occidente deba rehacer el mundo. Afganistán e Irak costaron billones y dos décadas para producir un régimen talibán y un Irak en la órbita iraní: las instituciones no se trasplantan a punta de fusil. Pero no intervenir no significa aprobar, y ahí está la distinción que Europa ha perdido. La jerarquía que defiendo no es de pueblos ni de religiones: es de instituciones. La división de poderes, el imperio de la ley y la igualdad ante el juez no son costumbres nuestras entre otras, son un descubrimiento, y funcionan donde se instalen, como demuestran Japón, Botsuana, Indonesia o Senegal. Lo que separa a Madrid de Kabul no es que aquí seamos cristianos: es que aquí la Constitución está por encima del catecismo.. De ahí se sigue una condición de pertenencia que no admite excepción cultural. La ley civil está por encima de cualquier norma religiosa; la mujer es igual al hombre a todos los efectos; los menores no se casan ni se mutilan; y toda idea, incluida la mía y la de mi Dios, puede criticarse sin que nadie muera por ello. Quien no acepte ese marco no tiene derecho a residir en él. No es xenofobia: es la definición de soberanía, y la aplica con dureza la socialdemocracia danesa. El adversario es el islamismo político, no el vecino musulmán que cumple la ley y lleva a sus hijas al instituto. Confundirlos es el mayor favor que podemos hacerle al primero.. El 15 de agosto volvieron a convocarse por redes y la frontera aguantó: los intentos fueron contenidos y no hubo entrada masiva. Quedó demostrado lo único que había que demostrar, que cuando existe voluntad política la frontera funciona. No hicieron falta muros imposibles ni crueldad: hicieron falta medios, presencia y una decisión a tiempo. Todo lo que faltó el 30 de julio, cuando el presidente de la ciudad pidió la emergencia nacional y se le negó, y el Ejército llegó por la tarde con miles de personas ya dentro.. Ceuta no es un problema español. Es el laboratorio donde se averigua si una democracia liberal puede sostener las dos mitades de su promesa: ser un lugar libre y ser un lugar propio. No hay derechos sin territorio donde ejercerlos, ni Estado de derecho sin Estado, ni Estado sin frontera. La libertad no flota: se administra dentro de un perímetro.. Ese es el Rubicón, y los Rubicones tienen una propiedad incómoda: sólo se cruzan una vez. Si Europa acepta que una frontera exterior puede desbordarse en cuarenta y ocho horas sin más consecuencia que una reunión extraordinaria de ministros, habrá anunciado al mundo que sus fronteras son una convención y que lo demás —los derechos, las leyes, la igualdad de la mujer, la libertad de conciencia— es también negociable, porque nada de eso existe fuera del perímetro donde se hace cumplir.. Occidente no está amenazado por el número de sus adversarios, sino por la sospecha, cultivada durante medio siglo, de que no merece defenderse. Es falsa, y sus cuentas están hechas: nadie se lanzó al mar aquella noche huyendo de Ceuta hacia Castillejos. Todos nadaban en la misma dirección. Ese es el referéndum, y se celebra a diario.. Defender lo nuestro no exige humillar a nadie. Exige algo más difícil: ser firmes, saber qué es lo nuestro, decirlo sin pedir perdón y aplicarlo sin excepciones. Empezando por nosotros mismos.
