La productividad agregada se dispara, pero su origen ya no reside principalmente en el esfuerzo humano marginal, sino en la combinación de capital tecnológico, datos y algoritmos
El día Internacional del trabajo nos invita cada año a reflexionar sobre la condición del trabajador. En 2026, esa reflexión resulta inseparable de un fenómeno que está redefiniendo el propio concepto de productividad: la inteligencia artificial.. La economía clásica del trabajo descansa sobre un postulado canónico, formalizado por John Bates Clark y Philip Wicksteed a finales del siglo XIX: en mercados competitivos, el salario real tiende a igualarse a la productividad marginal del trabajo. Esta identidad ha vertebrado tanto la teoría de la distribución como la justificación moral del salario en una economía de mercado. Si el trabajador percibe lo que aporta al margen, el sistema resulta, en algún sentido, eficiente y justo.. La inteligencia artificial quiebra ese andamiaje. Hoy, un equipo reducido de trabajadores puede desarrollar herramientas que generan un valor económico que hace una década habría requerido miles de empleos. La productividad agregada se dispara, pero su origen ya no reside principalmente en el esfuerzo humano marginal, sino en la combinación de capital tecnológico, datos y algoritmos. El vínculo entre lo que el trabajador produce y lo que percibe se desdibuja precisamente cuando lo producido alcanza magnitudes inéditas.. Las consecuencias distributivas son profundas. Si la productividad ya no emana del trabajo en sentido estricto, sino del capital intangible que lo amplifica o lo sustituye, ¿bajo qué criterio se reparte el excedente entre trabajo y capital? La participación salarial en la renta nacional, que viene descendiendo en las economías avanzadas desde los años ochenta, podría reducirse aceleradamente. Los datos de la OCDE y el FMI son inequívocos: la polarización laboral y la concentración de rentas en el factor capital son tendencias estructurales, no coyunturales.. España no es ajena al desafío. Una economía con baja productividad histórica, alta temporalidad y un mercado laboral dual no puede afrontar la transición digital con las mismas herramientas con que se afrontó la industrial. Urge repensar la fiscalidad del capital tecnológico, los mecanismos redistributivos y, sobre todo, la formación. La concertación social tradicional debe ampliarse para incluir a quienes producen y poseen los nuevos activos intangibles. Conmemorar al trabajador este 1 de mayo exige también imaginar qué será trabajar cuando la productividad deje de pertenecerle.. Álvaro Hidalgo Vega, Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico, Universidad de Castilla-La Mancha y Presidente de la Fundación Weber
El día Internacional del trabajo nos invita cada año a reflexionar sobre la condición del trabajador. En 2026, esa reflexión resulta inseparable de un fenómeno que está redefiniendo el propio concepto de productividad: la inteligencia artificial.. La economía clásica del trabajo descansa sobre un postulado canónico, formalizado por John Bates Clark y Philip Wicksteed a finales del siglo XIX: en mercados competitivos, el salario real tiende a igualarse a la productividad marginal del trabajo. Esta identidad ha vertebrado tanto la teoría de la distribución como la justificación moral del salario en una economía de mercado. Si el trabajador percibe lo que aporta al margen, el sistema resulta, en algún sentido, eficiente y justo.. La inteligencia artificial quiebra ese andamiaje. Hoy, un equipo reducido de trabajadores puede desarrollar herramientas que generan un valor económico que hace una década habría requerido miles de empleos. La productividad agregada se dispara, pero su origen ya no reside principalmente en el esfuerzo humano marginal, sino en la combinación de capital tecnológico, datos y algoritmos. El vínculo entre lo que el trabajador produce y lo que percibe se desdibuja precisamente cuando lo producido alcanza magnitudes inéditas.. Las consecuencias distributivas son profundas. Si la productividad ya no emana del trabajo en sentido estricto, sino del capital intangible que lo amplifica o lo sustituye, ¿bajo qué criterio se reparte el excedente entre trabajo y capital? La participación salarial en la renta nacional, que viene descendiendo en las economías avanzadas desde los años ochenta, podría reducirse aceleradamente. Los datos de la OCDE y el FMI son inequívocos: la polarización laboral y la concentración de rentas en el factor capital son tendencias estructurales, no coyunturales.. España no es ajena al desafío. Una economía con baja productividad histórica, alta temporalidad y un mercado laboral dual no puede afrontar la transición digital con las mismas herramientas con que se afrontó la industrial. Urge repensar la fiscalidad del capital tecnológico, los mecanismos redistributivos y, sobre todo, la formación. La concertación social tradicional debe ampliarse para incluir a quienes producen y poseen los nuevos activos intangibles. Conmemorar al trabajador este 1 de mayo exige también imaginar qué será trabajar cuando la productividad deje de pertenecerle.. Álvaro Hidalgo Vega, Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico, Universidad de Castilla-La Mancha y Presidente de la Fundación Weber
