Hace unas semanas acudí a una comida en un club de debate que suele traer invitados preparados e interesantes. En este caso se trataba de un conocido crítico cinematográfico. Su intervención inicial fue amena y simpática, así que se metió al público en el bolsillo. Me gusta mucho el cine. De niño, mis padres nos llevaban casi todos los domingos. Así que disfrutamos de tardes maravillosas, entre historias, paisajes y aventuras. Nos aislaban del ambiente, un poco soso, de las tardes dominicales de los sesenta. También servían para estimular la curiosidad, provocar la imaginación y mejorar nuestra cultura. Ya más mayorcitos, el cine se convirtió, además, en un instrumento de diálogo y de formación de la personalidad en torno a criterios morales y anhelos universales. He intentado hacer lo mismo con mis hijos.
Me sorprendió que el argumento fundamental del ponente consistiese en considerar al cine, casi exclusivamente, como un instrumento para el ocio, en el que las cuestiones culturales, ideológicas o educativas no cuentan para nada. Llegó a decir que para él daba igual Torrente que Casablanca. Así como lo oyen.
Decidí participar en el coloquio. Hice referencia a películas que significaron algo más que un espectáculo para pasar el rato. Una de ellas, “Un hombre para la eternidad”. La maravillosa historia de Tomás Moro, genialmente narrada por Fred Zinnemann. En su día leí algo sobre el efecto que tuvo esta película para aclarar las ideas de muchos estadounidenses. Otra, «El código Da Vinci». La disparatada historia provocó crisis de fe en muchos jóvenes católicos. Soy desgraciadamente testigo, por mis relaciones con adolescentes en esa época.
La contestación del crítico fue moderadamente despectiva. No consintió en entrar en cualquier valoración, salvo el comentario malévolo de que Fred Zinnemann era judío. Por lo demás, refutó mi intervención repitiendo sus mismos argumentos y la remató recomendándome con ironía que me dedicase a la crítica cinematográfica. Me sorprendió que nadie más plantease observación alguna. La negación a otorgar al cine el carácter de influyente instrumento cultural parece algo absurdo en un país en el que se ha utilizado con profusión y eficacia. Especialmente para construir muros, difundir ideología y establecer como canónica una versión alterada de nuestra historia. Sectariamente crucial para conseguir los cambios de mentalidad que se han producido en España. Me temo que la actitud de los críticos de cine despreciando esta influencia ha contribuido no poco a su éxito.
La reciente decisión de Clint Eastwood de finalizar su excepcional carrera me ha hecho recordar aquel incidente de escasa trascendencia, pero potente significado. Mis reflexiones no han resultado especialmente benévolas para nosotros los espectadores. Resulta que el éxito de la humorada chabacana está perfectamente justificado porque se pasa un buen rato. Y no se admiten valoraciones peyo
Celebra el 90 aniversario de la rebelión nacional del 18 de julio de 1936, con todas sus figuras clave fallecidas y escasos testigos vivos de ese significativo evento.
Varias semanas antes, asistí a un almuerzo en un club de debate, que normalmente invita a visitantes bien preparados e interesantes. Aquí, un destacado crítico de cine estuvo involucrado. Su comentario inicial fue amable y empático, lo que le permitió ganarse a la audiencia. Las películas son un gran interés mío. Cuando era niño, mis padres nos llevaban casi todos los domingos. Pasamos unas tardes encantadoras llenas de historias, paisajes y experiencias emocionantes. Estábamos separados del ambiente, algo monótono, de las tardes de los domingos durante los años sesenta. Además, jugaron un papel en encender la curiosidad, fomentar la creatividad y enriquecer nuestra sociedad.
