Este viernes partió de Toledo hacia la Santa Sede una carta muy particular. Firmada por Joaquín Sánchez Garrido –quien fuera alcalde de la ciudad imperial en dos ocasiones– y por el historiador Jorge Miranda, el documento pide a León XIV ayuda para zanjar una falta casi imperdonable. Se trata de los ciento ochenta y un años de inacción que acumula el Arzobispado de Toledo en la custodia de los cuerpos de dos importantes reyes godos a los que aún no ha dado cristiana sepultura. La dejadez de la institución –aparenta pereza, si nos atenemos a los pecados capitales– ha hecho que los restos mortales de Recesvinto y Wamba duerman en una caja de terciopelo, olvidados en uno de los predios de la catedral, sin ocupar un enterramiento digno de ellos. Por desgracia, no se trata de un lamento nuevo. España no se caracteriza precisamente por la honra de sus muertos; los pabellones de hombres ilustres al estilo del Panthéon de París, brillan aquí por su parcialidad y su olvido. Es como si nos costara reconocer a nuestros ancestros porque, de ese modo, tenemos la «libertad» de reescribirlos a nuestro antojo. Sánchez Garrido y Miranda –conscientes de este vicio– reconstruyen en su carta al Papa la azarosa historia de unos restos que exhumó Alfonso X el Sabio en el siglo XIII y que trasladó a Toledo para celebrar a aquellos que señorearon la Península antes de la llegada de los invasores musulmanes. El Santo Padre, dicen, es su último recurso. Los dos llevan tiempo llamando a todas las puertas imaginables, incluyendo las de Casa Real. «No buscamos convertirlos en un atractivo turístico, sino darles un lugar en el que poder reconocerlos», aseguran. Hace dos años ya consiguieron que la Diputación Provincial de Toledo elevara una propuesta –con el insólito apoyo mancomunado de PP, PSOE y Vox– para una «inhumación con honores», pero el Cabildo catedralicio lo ignoró con esa pasividad irritante de la que, a veces, hace gala una Iglesia que se sabe «eterna» –pongo comillas, porque esa actitud esconde otro pecado capital: el orgullo–. Las excusas soto voce para la inacción son muchas, incluida el veto moderno de enterrar cadáveres en templos, que por otra parte se vulnera cuando se quiere, como ocurrió con el sepelio de Adolfo Suárez en el claustro de la catedral de Ávila, en 2014.. Sí. La peripecia de cómo Recesvinto y Wamba han terminado en este «purgatorio» da para una novela. Supe de ella por los oficios de mi buen amigo Luis Bausá hace algún tiempo, pero mi estupefacción se multiplicó cuando Sánchez Garrido y Miranda pidieron reunirse conmigo en un reservado de la biblioteca del Alcázar de Toledo, para poner en mis manos la documentación histórica del caso. «Vas a alucinar», prometieron detrás de un impresionante despliegue de papeles.. Recesvinto falleció en Gérticos, cerca de Valladolid, en el año 672. Su descendiente Wamba, lo hizo en el monasterio burgalés de Pampliega, dieciséis años más tarde. Con la llegada de los musulmanes en el 711, sus tumbas cayeron en el olvido hasta que, seis siglos después, Alfonso X el Sabio, con ínfulas de emperador, mandó exhumarlos y los trasladó a las afueras de Toledo. En la ermita de Santa Leocadia, la patrona mártir de la ciudad, emplazó un panteón de reyes entre los que se cree estuvieron también Witiza y Sisenando, quizá incluso Recaredo. El lugar fue cayéndose de viejo hasta que, en 1808, los franceses casi acabaron con él, destruyendo muchos de aquellos huesos. Solo quedaron Wamba y Recesvinto. Su caso sensibilizó a Isabel II, que pidió que los acogiesen temporalmente en la catedral de Toledo en tanto se les encontraba un lugar noble en el que descansar. Eso sucedió en 1845… y, desde entonces, no ha ocurrido nada. O casi. Porque, en este largo compás de espera, la caja de terciopelo que guarda los reales restos ha llegado incluso a exhibirse en el Palacio de Santa Cruz, sin otra consideración que la de objeto histórico.. Hace unos días, deambulando por el Panteón de París, en la colina de Santa Genoveva, me acordé del caso. Fue una premonición a la carta que ahora va camino del Papa. En el subsuelo de esa impresionante iglesia vi a Voltaire, Víctor Hugo, Rousseau, Alejandro Dumas, André Malraux, Simone Veil, los esposos Curie y así hasta a ochenta hombres y mujeres fundamentales en la historia de Francia. Son personas de ideas opuestas, de sensibilidades y momentos históricos dispares, que solo tienen en común haber sido determinantes en el devenir de su país. En Madrid tenemos un paupérrimo equivalente justo detrás de la basílica de Nuestra Señora de Atocha, donde un casi deshabitado Panteón de Hombres Ilustres –hoy, Pabellón de España– acoge solo aquellos restos del XIX que no reclamaron otras ciudades, y en el que no pudieron enterrarse Cervantes, Velázquez, Tirso de Molina o Don Pelayo, sencillamente porque sus tumbas nunca se encontraron. Ahí, claro, hay sitio más que de sobra para dos reyes godos del siglo VII, de esos que prologaron la historia de lo que llegaría a ser España, y que contribuirían a dar relumbrón y sentido a nuestro propio Panteón.. Naturalmente, solo es una idea. Quizá, hasta llegue a Roma a la vez que la carta de reclamación que ya va en camino, y ayude a abrir este asunto silenciado desde la archidiócesis de Toledo. Pecado de todos.. Javier Sierra, es escritor y Premio Planeta de novela.
Alfonso X el Sabio, con ínfulas de emperador, mandó exhumarlos y los trasladó a las afueras de Toledo
Este viernes partió de Toledo hacia la Santa Sede una carta muy particular. Firmada por Joaquín Sánchez Garrido –quien fuera alcalde de la ciudad imperial en dos ocasiones– y por el historiador Jorge Miranda, el documento pide a León XIV ayuda para zanjar una falta casi imperdonable. Se trata de los ciento ochenta y un años de inacción que acumula el Arzobispado de Toledo en la custodia de los cuerpos de dos importantes reyes godos a los que aún no ha dado cristiana sepultura. La dejadez de la institución –aparenta pereza, si nos atenemos a los pecados capitales– ha hecho que los restos mortales de Recesvinto y Wamba duerman en una caja de terciopelo, olvidados en uno de los predios de la catedral, sin ocupar un enterramiento digno de ellos. Por desgracia, no se trata de un lamento nuevo. España no se caracteriza precisamente por la honra de sus muertos; los pabellones de hombres ilustres al estilo del Panthéon de París, brillan aquí por su parcialidad y su olvido. Es como si nos costara reconocer a nuestros ancestros porque, de ese modo, tenemos la «libertad» de reescribirlos a nuestro antojo. Sánchez Garrido y Miranda –conscientes de este vicio– reconstruyen en su carta al Papa la azarosa historia de unos restos que exhumó Alfonso X el Sabio en el siglo XIII y que trasladó a Toledo para celebrar a aquellos que señorearon la Península antes de la llegada de los invasores musulmanes. El Santo Padre, dicen, es su último recurso. Los dos llevan tiempo llamando a todas las puertas imaginables, incluyendo las de Casa Real. «No buscamos convertirlos en un atractivo turístico, sino darles un lugar en el que poder reconocerlos», aseguran. Hace dos años ya consiguieron que la Diputación Provincial de Toledo elevara una propuesta –con el insólito apoyo mancomunado de PP, PSOE y Vox– para una «inhumación con honores», pero el Cabildo catedralicio lo ignoró con esa pasividad irritante de la que, a veces, hace gala una Iglesia que se sabe «eterna» –pongo comillas, porque esa actitud esconde otro pecado capital: el orgullo–. Las excusas soto voce para la inacción son muchas, incluida el veto moderno de enterrar cadáveres en templos, que por otra parte se vulnera cuando se quiere, como ocurrió con el sepelio de Adolfo Suárez en el claustro de la catedral de Ávila, en 2014.. Sí. La peripecia de cómo Recesvinto y Wamba han terminado en este «purgatorio» da para una novela. Supe de ella por los oficios de mi buen amigo Luis Bausá hace algún tiempo, pero mi estupefacción se multiplicó cuando Sánchez Garrido y Miranda pidieron reunirse conmigo en un reservado de la biblioteca del Alcázar de Toledo, para poner en mis manos la documentación histórica del caso. «Vas a alucinar», prometieron detrás de un impresionante despliegue de papeles.. Recesvinto falleció en Gérticos, cerca de Valladolid, en el año 672. Su descendiente Wamba, lo hizo en el monasterio burgalés de Pampliega, dieciséis años más tarde. Con la llegada de los musulmanes en el 711, sus tumbas cayeron en el olvido hasta que, seis siglos después, Alfonso X el Sabio, con ínfulas de emperador, mandó exhumarlos y los trasladó a las afueras de Toledo. En la ermita de Santa Leocadia, la patrona mártir de la ciudad, emplazó un panteón de reyes entre los que se cree estuvieron también Witiza y Sisenando, quizá incluso Recaredo. El lugar fue cayéndose de viejo hasta que, en 1808, los franceses casi acabaron con él, destruyendo muchos de aquellos huesos. Solo quedaron Wamba y Recesvinto. Su caso sensibilizó a Isabel II, que pidió que los acogiesen temporalmente en la catedral de Toledo en tanto se les encontraba un lugar noble en el que descansar. Eso sucedió en 1845… y, desde entonces, no ha ocurrido nada. O casi. Porque, en este largo compás de espera, la caja de terciopelo que guarda los reales restos ha llegado incluso a exhibirse en el Palacio de Santa Cruz, sin otra consideración que la de objeto histórico.. Hace unos días, deambulando por el Panteón de París, en la colina de Santa Genoveva, me acordé del caso. Fue una premonición a la carta que ahora va camino del Papa. En el subsuelo de esa impresionante iglesia vi a Voltaire, Víctor Hugo, Rousseau, Alejandro Dumas, André Malraux, Simone Veil, los esposos Curie y así hasta a ochenta hombres y mujeres fundamentales en la historia de Francia. Son personas de ideas opuestas, de sensibilidades y momentos históricos dispares, que solo tienen en común haber sido determinantes en el devenir de su país. En Madrid tenemos un paupérrimo equivalente justo detrás de la basílica de Nuestra Señora de Atocha, donde un casi deshabitado Panteón de Hombres Ilustres –hoy, Pabellón de España– acoge solo aquellos restos del XIX que no reclamaron otras ciudades, y en el que no pudieron enterrarse Cervantes, Velázquez, Tirso de Molina o Don Pelayo, sencillamente porque sus tumbas nunca se encontraron. Ahí, claro, hay sitio más que de sobra para dos reyes godos del siglo VII, de esos que prologaron la historia de lo que llegaría a ser España, y que contribuirían a dar relumbrón y sentido a nuestro propio Panteón.. Naturalmente, solo es una idea. Quizá, hasta llegue a Roma a la vez que la carta de reclamación que ya va en camino, y ayude a abrir este asunto silenciado desde la archidiócesis de Toledo. Pecado de todos.. Javier Sierra, es escritor y Premio Planeta de novela.
