El Gobierno español sigue recabando datos sobre el salto de 80.000 migrantes a Ceuta y acerca del papel de Marruecos en esa crisis. Y sigue tratando con guante de seda al país vecino pese a la sensación, cada vez más extendida, de que Rabat miró hacia otro lado en los momentos críticos. Ni en La Moncloa ni en los ministerios concernidos se prevé un giro en la relación con Rabat, a pesar de las críticas internas —con diverso grado de dureza entre la oposición, el cuerpo diplomático y los analistas— y externas, básicamente europeas. El Ejecutivo no contempla un cambio de estrategia, ni siquiera un cambio de tono, más aún cuando hay todavía miles de migrantes en Ceuta que deben volver a Marruecos y este fin de semana ha sido extremadamente intenso en la frontera. Según las fuentes consultadas, España mantendrá intactas las claves de las relaciones con el país vecino, el enfoque de política migratoria y el tono general de su política exterior “con identidad propia”, a pesar del revés que supone Ceuta y de la reacción airada de la UE en los primeros compases, que ha dejado un poso de cierta irritación en varias capitales.. Seguir leyendo
El Gobierno español sigue recabando datos sobre el salto de 80.000 migrantes a Ceuta y acerca del papel de Marruecos en esa crisis. Y sigue tratando con guante de seda al país vecino pese a la sensación, cada vez más extendida, de que Rabat miró hacia otro lado en los momentos críticos. Ni en La Moncloa ni en los ministerios concernidos se prevé un giro en la relación con Rabat, a pesar de las críticas internas —con diverso grado de dureza entre la oposición, el cuerpo diplomático y los analistas— y externas, básicamente europeas. El Ejecutivo no contempla un cambio de estrategia, ni siquiera un cambio de tono, más aún cuando hay todavía miles de migrantes en Ceuta que deben volver a Marruecos y este fin de semana ha sido extremadamente intenso en la frontera. Según las fuentes consultadas, España mantendrá intactas las claves de las relaciones con el país vecino, el enfoque de política migratoria y el tono general de su política exterior “con identidad propia”, a pesar del revés que supone Ceuta y de la reacción airada de la UE en los primeros compases, que ha dejado un poso de cierta irritación en varias capitales.. “La estrategia con Marruecos es lo que permitió la salida rápida de más de 70.000 personas en unas pocas horas”, explican fuentes gubernamentales. Y el Ejecutivo continúa mapeando todo lo que ocurrió en los días finales de julio, que según el relato del Gobierno sigue sin estar claro: “No hay evidencias de que Rabat haya hecho nada mal, más allá de que durante unas horas dejaron pasar a los migrantes para evitar aún más muertes; una vez recuperado el control, evitaron miles de entradas [como han vuelto a hacer este fin de semana], y colaboraron en las devoluciones rápidas de decenas de miles de personas”, añaden las mismas fuentes. Un ataque híbrido difícilmente casa con esa colaboración, según la tesis del Gobierno.. “Aún no hay un diagnóstico concluyente, quedan muchas piezas para completar ese puzle. Las posibles consecuencias dependerán de ese diagnóstico, pero no se esperan cambios. El objetivo era y sigue siendo la máxima colaboración con Marruecos”, explica una segunda fuente desde La Moncloa. España no puede permitirse una ruptura en las relaciones con Marruecos, un socio esencial para varias políticas medulares, según las citadas fuentes: “Y Marruecos tampoco con España”.. El Ejecutivo, en fin, cierra filas en ferragosto ante la gravedad de ese episodio. La Estrategia de Acción Exterior de España, publicada en 2025 y vigente hasta 2028, concluye con rotundidad: “Las relaciones bilaterales con Marruecos se encuentran en su mejor momento”. Ceuta rebate esa mirada complaciente. El Gobierno ha subrayado una y otra vez que la reacción de Marruecos fue “ejemplar”. El presidente Pedro Sánchez echó la culpa a las mafias, algo que puede darse por descartado, pero dejó un latigazo en sus declaraciones: habló de “un ataque a la identidad territorial de España”. Sánchez y los ministros de Exteriores, José Manuel Albares, y de Interior, Fernando Grande-Marlaska, han alabado una y otra vez la “cooperación” con Rabat; la ministra de Defensa, Margarita Robles, sí apuntó abiertamente a la responsabilidad de Marruecos y aseguró que Ceuta y Melilla “son españolísimas” ante las continuas referencias a la soberanía de los dos enclaves por parte de algún ministro marroquí. La docena larga de diplomáticos, exministros y analistas consultados para esta pieza reclaman firmeza al Gobierno, aunque alguno de ellos disiente y aboga por una relación que se base en la confianza, no en enseñar los dientes. La oposición ha ido incluso un paso más allá: el PP español ha pasado de puntillas por la responsabilidad de Marruecos, pero atacó con dureza en Bruselas al Gobierno por su manejo de la crisis, algo inusual en las instituciones europeas.. En parte por esos ataques, por la fragilidad de la mayoría de investidura y por el protagonismo del presidente Pedro Sánchez en varias agendas internacionales, desde Gaza hasta Irán, ni siquiera en Europa el Gobierno español ha encontrado comprensión ante una crisis que sigue vigente. Quedan 2.500 menores, y 2.500 subsaharianos que son potenciales solicitantes de asilo, además de algunos millares adicionales de marroquíes que están volviendo con cuentagotas (entre 50 y 100 al día, según los datos del Gobierno) pero que han dejado un formidable estrés en los servicios públicos de Ceuta. El marco del Gobierno, en fin, es el de la continuidad para terminar de cerrar las heridas en Ceuta (y con Marruecos) y conseguir cierta estabilidad ante la cercanía de las elecciones. El de los expertos, los diplomáticos y la oposición defiende un tono menos complaciente, más duro, en consonancia con el contexto geopolítico, aunque gran parte de las fuentes consultadas admite que difícilmente puede haber giros hasta después de la próxima cita con las urnas.. Dureza diplomática. Uno de los rasgos característicos de la diplomacia es el uso del llamado lenguaje de madera, plagado de ambigüedades calculadas, eufemismos y circunloquios. Con Ceuta, esa retórica ha saltado por los aires. “No entiendo tantos miramientos con un vecino que fue cómplice de lo ocurrido o incompetente en la gestión”, explica a este diario Jorge Dezcallar en su doble condición de exembajador en Marruecos y exjefe de los servicios secretos españoles. “Marruecos interpreta los continuos gestos de España en los últimos años como debilidad. Rabat ha desafiado repetidamente a España con los saltos de 2021, continuos incumplimientos de los acuerdos como el cierre de las aduanas y de nuevo el episodio de Ceuta a pesar del cambio de posición español con el Sáhara”. “Es esencial”, prosigue, “en la lucha antiterrorista, antidroga y para controlar la inmigración, pero España es igualmente esencial para Marruecos: de Madrid depende el suministro energético, la fiabilidad de las telecomunicaciones, somos el primer socio comercial y el primer inversor. Perejil, en 2002, nos dio 20 años de tranquilidad: si el tono de las relaciones con Marruecos no se endurece, a la crisis de Ceuta le sucederá otra crisis”, añade.. Varios ex altos cargos de Exteriores, e incluso algún embajador en activo, subrayan también la necesidad de elevar el tono, aunque a diferencia de Dezcallar bajo el paraguas del anonimato. “El Gobierno está atrapado en la estrategia de apaciguamiento con Marruecos desde 2022. Ahora no puede virar porque eso requeriría un cambio en el equipo ministerial y porque la prioridad son las elecciones generales”, aduce una de las fuentes. “El tono general ha sido demasiado obsequioso. El vasallaje y la sumisión han ido demasiado lejos: hay que marcar distancias”, apunta otra fuente que tuvo responsabilidades en un Gobierno anterior. Un embajador añade que todo eso viene de lejos: “La crisis por el tratamiento médico en España del jefe del Polisario, Brahim Gali, acabó con un cambio en el ministerio que buscaba lisa y llanamente pacificar las relaciones. Ese fue el objetivo desde 2022: evitar líos. Pero el giro con el Sáhara se hizo sin contrapartidas, y sin consenso. Ahora la prioridad es cerrar definitivamente la crisis en Ceuta, pero una vez se solucione es imprescindible un tono de mayor firmeza. Marruecos es nuestro vecino y queremos llevarnos bien, pero hay que dejar claro que el siguiente paso, la soberanía de Ceuta y Melilla, es una línea roja infranqueable. Es increíble que con Ceuta el Gobierno ni siquiera haya sido capaz de llamar a las cosas por su nombre”. El Ministerio de Exteriores no hizo comentarios a las preguntas de este periódico.. Pero no hay unanimidad, ni mucho menos, en el cuerpo diplomático. “La relación de Marruecos tiene que ser de colaboración, de confianza. No de mano dura. Me cuesta ver que Marruecos orquestara esa avalancha. Y me parece un error pensar que una situación tan compleja se resuelve con firmeza, enseñando los dientes: Rabat sabe que España tiene bazas de sobra para la disuasión, pero no hay que ir exhibiéndolas mañana, tarde y noche”, concluye un embajador en activo.. Expertos: más firmeza. “Hay que hacer todo lo posible para llevarse bien con Marruecos, pero no lo imposible”, critica Ignacio Molina, del Instituto Elcano, un think tank español. “España no ha ido tan lejos con el Sáhara como Trump y Macron: sigue diciendo que hay que descolonizar ese territorio y que la autonomía es la opción más realista, pero está a la espera de los planes de Rabat en la ONU en otoño. Ni siquiera hace falta un cambio en la política exterior: el Gobierno podría seguir con la actual, pero con un tono más firme. Y sin negar la realidad”, añade Molina. El académico Alberto Alemanno afirma que Sánchez hace con Marruecos “lo mismo que le critica a Von der Leyen con Trump”, con concesiones “gratuitas” a pesar de los continuos reveses de Marruecos, “hasta el punto de calificar a Rabat como ejemplar y leal tras la crisis de Marruecos”. “La política del apaciguamiento no funciona con los chantajistas”, añade. “El problema de Sánchez no es que pague a Rabat para proteger su frontera: eso lo hacen todos los países. El problema es que se ha erigido como el líder de la izquierda que no capitula”, concluye ante las críticas en clave electoral de varios líderes europeos.. Oposición dura. Prácticamente toda la oposición ha adoptado como marco de la crisis el mismo que plantean Marruecos y los socios europeos más duros: España es incapaz de controlar su frontera. El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, habló de crisis de soberanía; su lugarteniente Miguel Tellado atribuyó el salto a la regularización extraordinaria de migrantes, a pesar de la falta de indicios. Ninguno de los dos pidió responsabilidades a Marruecos. José Manuel García Margallo, ministro de Exteriores entre 2011 y 2016, afirma que “ha faltado estrategia” y “forjar consensos” en política exterior, aunque tampoco el Gobierno del PP los consiguió con el PSOE en el pasado en esta agenda. “Hay que tener relaciones amistosas con Marruecos. Los necesitamos en migración y las políticas antiterrorista y antidroga, pero a la vez somos su principal cliente, el primer inversor y la puerta hacia Europa. La política de apaciguamiento no vale: hay que fijar líneas rojas y dejar claro que habrá represalias si se pisan”. Marruecos, según la lectura de García Margallo, ha olido la debilidad política interna y la debilidad internacional de España. “No es creíble que un país con los cuerpos de seguridad y los servicios de inteligencia de Marruecos no viera venir un movimiento de 80.000 personas con las redes sociales echando humo”, arguye.. Críticas en Europa y críticas a Europa. En la UE ha habido críticas abiertas a España, extrañamente explícitas en las relaciones entre Estados miembros. Desde muchas capitales, incluso desde la misma Bruselas, se ha pasado factura por la reciente regularización de centenares de miles de migrantes. El comisario de Interior, el austriaco Magnus Brunner, no tuvo empacho en afirmar que esa regularización ha sido “una mala señal” para el resto de Estados miembros, aunque en la misma frase no tuvo más remedio que admitir que “no se observa vínculo directo entre la regularización y los incidentes de Ceuta”. Fuentes diplomáticas de la capital comunitaria apuntan a que las narrativas políticas, con elecciones próximas en Suecia y Finlandia, en Italia y Francia, en Polonia y en el este de Alemania. La ultraderechista italiana Giorgia Meloni y la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen (las dos más duras en migración en Europa) capitanearon las críticas, con una misiva que acabaron firmando 22 jefes de Estado y de Gobierno y cuyos primeros borradores eran mucho más duros que el resultado final.. España ha mostrado a su vez su irritación por la falta de solidaridad europea, que contrasta con los ataques híbridos de 2021 en la frontera de Lituania y Polonia con Bielorrusia. Entonces, todos los países reaccionaron al unísono. Ahora, en cambio, nadie en Europa ha señalado a Marruecos: las críticas fueron para España. En parte porque Sánchez está fuera del consenso migratorio. En parte porque los países más cercanos a Rusia y Ucrania ven falta de solidaridad en la negativa de España a adoptar un gasto en defensa del 5% del PIB. Y en parte por las duras críticas españolas a Israel, que chirrían en Alemania y varios socios del Este.. Josep Borrell, exjefe de la diplomacia europea y española, cuenta que el problema de España es en realidad un problema europeo: “Una política estrictamente securitaria nos debilita”. Borrell ha defendido las posiciones españolas con EE UU, Israel, el gasto en defensa y políticas migratorias. En el caso de Ceuta, pone el acento “en los efectos nocivos de la ruptura de la solidaridad europea ante una amenaza en una frontera común de la Unión”. Y apunta que, en lo relativo a la política exterior española con Marruecos, “es difícil pensar en un cambio de estrategia”; “más adelante sí se podría repensar el tono”.
La mayoría de los diplomáticos, exministros y expertos consultados pide un cambio de tono: más firmeza ante Rabat
