Con motivo del trágico accidente ferroviario de Córdoba, el Gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez ha vuelto a echar mano de su particular manual de comportamiento para catástrofes, como ya hizo primero durante la pandemia de Covid-19, y repitió después más tibiamente a raíz de la Dana en Valencia y, de forma más contundente, tras el gran apagón del pasado año. Dicho manual estipula, básicamente, lo siguiente: cuando la desgracia acaece en un ámbito que es competencia de la izquierda o en el que esta tiene algún tipo de responsabilidad política directa lo primero que hay que hacer es apelar a la unidad y al optimismo, prometer transparencia y diferir lo máximo posible la determinación de posibles culpabilidades, en el entendido de que el tiempo termina siempre templando los ánimos y debilitando la memoria individual y colectiva. Cuando el virus golpeaba con más saña a España que a la mayor parte de los países del resto del planeta, después de que el Ejecutivo desoyera las alertas reiteradas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sacrificara el principio de precaución para primar las manifestaciones feministas, eran frecuentes las proclamas de este tipo. Los eslóganes de las campañas oficiales en plena oleada de muertes e infecciones difundían consignas como «este virus lo paramos unidos», «aplanaremos la curva», «saldremos más fuertes» y aquello tan recurrido de «ya habrá tiempo de dirimir responsabilidades». El tiempo pasó y ¿qué responsabilidades se dirimieron? Ninguna. Transcurridas varias olas, cuando la tempestad amainaba, el propio Ejecutivo, a través del Ministerio de Sanidad, encargó un informe sobre los puntos supuestamente fuertes y los puntos débiles de la gestión de esta crisis de salud pública a un grupo de expertos afines y sus difusas conclusiones ya nadie las recuerda. Ni siquiera los especialistas en la materia. Ni que decir tiene que aquel que se salía del redil y contradecía la verdad impuesta, que no era otra cosa más que la verdad que interesaba al Gobierno en aquel momento, era acusado de utilizar la tragedia en su propio beneficio, divulgar bulos y «fake news» y promover el tan manido discurso del odio, ese que Nicolás Maduro también se empeñaba en combatir en Venezuela. Esta misma forma de proceder es la que ha usado esta semana la amiga de Santos Cerdán, ministra de Inclusión y flamante portavoz del Ejecutivo, Elma Saiz, al calificar tras el Consejo de Ministros incluso de inhumanos y ruines a Vox y a su líder Santiago Abascal, por vincular el descarrilamiento al Gobierno «corrupto». También lo hizo Pedro Sánchez, un día antes, al resaltar que «el Estado ha actuado unido, coordinado y con lealtad» en la declaración sin posibilidad de preguntas que hizo durante su visita a la zona golpeada por el siniestro. Como no podía ser menos, el presidente del Gobierno prometió que se sabrá toda la verdad, resaltó que «juntos llegaremos más lejos y más rápido» y que «el tiempo y el trabajo de los técnicos nos darán la respuesta». ¿Les suena? Huelga decir que lo expuesto en este manual de comportamiento para catástrofes no rige para aquellos territorios o administraciones gestionados por un partido de la oposición cuando la tragedia acaece en ellos. Esta guía de actuación avala el «nunca mais» desde el primer minuto cuando el chapapote invade la costa gallega, la lluvia anega Valencia o los atentados golpean Atocha. Simplemente, la lealtad institucional desaparece.
Como no podía ser menos, el presidente del Gobierno prometió que se sabrá toda la verdad
Con motivo del trágico accidente ferroviario de Córdoba, el Gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez ha vuelto a echar mano de su particular manual de comportamiento para catástrofes, como ya hizo primero durante la pandemia de Covid-19, y repitió después más tibiamente a raíz de la Dana en Valencia y, de forma más contundente, tras el gran apagón del pasado año. Dicho manual estipula, básicamente, lo siguiente: cuando la desgracia acaece en un ámbito que es competencia de la izquierda o en el que esta tiene algún tipo de responsabilidad política directa lo primero que hay que hacer es apelar a la unidad y al optimismo, prometer transparencia y diferir lo máximo posible la determinación de posibles culpabilidades, en el entendido de que el tiempo termina siempre templando los ánimos y debilitando la memoria individual y colectiva. Cuando el virus golpeaba con más saña a España que a la mayor parte de los países del resto del planeta, después de que el Ejecutivo desoyera las alertas reiteradas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sacrificara el principio de precaución para primar las manifestaciones feministas, eran frecuentes las proclamas de este tipo. Los eslóganes de las campañas oficiales en plena oleada de muertes e infecciones difundían consignas como «este virus lo paramos unidos», «aplanaremos la curva», «saldremos más fuertes» y aquello tan recurrido de «ya habrá tiempo de dirimir responsabilidades». El tiempo pasó y ¿qué responsabilidades se dirimieron? Ninguna. Transcurridas varias olas, cuando la tempestad amainaba, el propio Ejecutivo, a través del Ministerio de Sanidad, encargó un informe sobre los puntos supuestamente fuertes y los puntos débiles de la gestión de esta crisis de salud pública a un grupo de expertos afines y sus difusas conclusiones ya nadie las recuerda. Ni siquiera los especialistas en la materia. Ni que decir tiene que aquel que se salía del redil y contradecía la verdad impuesta, que no era otra cosa más que la verdad que interesaba al Gobierno en aquel momento, era acusado de utilizar la tragedia en su propio beneficio, divulgar bulos y «fake news» y promover el tan manido discurso del odio, ese que Nicolás Maduro también se empeñaba en combatir en Venezuela. Esta misma forma de proceder es la que ha usado esta semana la amiga de Santos Cerdán, ministra de Inclusión y flamante portavoz del Ejecutivo, Elma Saiz, al calificar tras el Consejo de Ministros incluso de inhumanos y ruines a Vox y a su líder Santiago Abascal, por vincular el descarrilamiento al Gobierno «corrupto». También lo hizo Pedro Sánchez, un día antes, al resaltar que «el Estado ha actuado unido, coordinado y con lealtad» en la declaración sin posibilidad de preguntas que hizo durante su visita a la zona golpeada por el siniestro. Como no podía ser menos, el presidente del Gobierno prometió que se sabrá toda la verdad, resaltó que «juntos llegaremos más lejos y más rápido» y que «el tiempo y el trabajo de los técnicos nos darán la respuesta». ¿Les suena? Huelga decir que lo expuesto en este manual de comportamiento para catástrofes no rige para aquellos territorios o administraciones gestionados por un partido de la oposición cuando la tragedia acaece en ellos. Esta guía de actuación avala el «nunca mais» desde el primer minuto cuando el chapapote invade la costa gallega, la lluvia anega Valencia o los atentados golpean Atocha. Simplemente, la lealtad institucional desaparece.
