Solo habían pasado unos minutos desde que se confirmó la victoria del No a los decretos de vivienda en el Congreso cuando la calle estalló en un grito: “Vergüenza, vergüenza”. El centenar de manifestantes concentrados junto a la Cámara baja que llevaban cuatro horas esperando el resultado de la votación combinaron en una sola voz la indignación de los acampados en Sol con su próximo objetivo: “Huelga general”. Pegados a los teléfonos móviles lo que sucedió en el hemiciclo fue un bofetón para todos los que llevan seis días durmiendo sobre el cemento y aliento para quien cree “que las derechas pagarán todo esto en las urnas”, dice Mamem Robledo, con un silbato en la boca.. Seguir leyendo
Solo habían pasado unos minutos desde que se confirmó la victoria del No a los decretos de vivienda en el Congreso cuando la calle estalló en un grito: “Vergüenza, vergüenza”. El centenar de manifestantes concentrados junto a la Cámara baja que llevaban cuatro horas esperando el resultado de la votación combinaron en una sola voz la indignación de los acampados en Sol con su próximo objetivo: “Huelga general”. Pegados a los teléfonos móviles lo que sucedió en el hemiciclo fue un bofetón para todos los que llevan seis días durmiendo sobre el cemento y aliento para quien cree “que las derechas pagarán todo esto en las urnas”, dice Mamem Robledo, con un silbato en la boca.. El día había comenzado a las once de la mañana cuando unas doscientas personas trataron de rodear el Congreso, aunque apenas pudieron cortar media Carrera de San Jerónimo. A esa misma hora, dentro del hemiciclo comenzaba una sesión crucial para respaldar, o no, los dos decretos ley sobre vivienda. La Policía Nacional, sin embargo, había trazado un espectacular perímetro que alejaba la posibilidad de que algún grito alcanzara a sus señorías.. Desde horas antes, cientos de jóvenes habían repetido sobre el suelo de Sol el mismo ritual de los últimos seis días: desperezarse bajo el reloj de las campanadas, recoger mantas y ropas, barrer el cemento, hacer la fila para desayunar y prepararse para un intenso día al que seguirá un intenso fin de semana de protestas, asambleas y decisiones. Entre las tiendas se veía algo más de confort que en días anteriores: termos, esterillas o sillas de jardín y, en general, pocas pantallas. La conversación en el campamento ganaba a las redes sociales y las noticias del día corrían de boca en boca ante el rumor de unas posibles elecciones en noviembre. Sin embargo, que Pedro Sánchez pueda convocar a las urnas no parecía generar una gran conmoción. Ni siquiera lo parecía el debate que se celebraba en el Congreso, al que asitían desde fuera como quien asiste a un partido en el que ya se conoce el resultado.. Pero un espíritu renovado recorría el grupo que gritaba intensamente las consignas habituales: “La lucha es el único camino” o “Madrid será la tumba del rentismo”. Esas mismas voces habían golpeado el día anterior hasta la extenuación las cacerolas frente al Ayuntamiento.. Consumada la votación, una sensación agridulce recorría la protesta. Por un lado, el sabor a derrota con la derogación de los dos Reales Decretos y, por otro, la victoria que suponía haber situado a la vivienda en el centro del debate público. “Todos estos perroflautas que ves aquí han logrado sentar en pocos días a los diputados”, dijo Jorge Morán, estudiante de Químicas, frente al Congreso.. Morán era uno de los jóvenes que gritaba a 190 metros del salón de plenos, el punto exacto hasta el que la policía los dejó acercarse. Bernardo Brus, profesor de Sociología, seguía con los cascos puestos el minuto a minuto de lo que sucedía dentro cuando habló Oskar Matute hablar de “situación de emergencia”, “crisis habitacional” o “cabreo”. “Esto es lo que estamos diciendo nosotros. No es tan difícil de entender”, dijo sobre la intervención del diputado de Bildu.. Desde el exterior, también Olga González, de 51 años, consideraba que la movilización social había abierto a los partidos “una ventana de oportunidad”, finalmente censurada “por el cálculo electoralista”, dijo. Gonzalez y tantos otros se preparaban para responder a la votación con una asamblea que se celebrará en las próximas horas en Sol.. La mayoría de los convocados prestaban atención a los teléfonos y a lo que salía del megáfono en manos del Sindicato de inquilinas. Este repetía una y otra vez que la huelga general es el camino. Para impedir que la votación suponga el fin de la protesta y la acampada, entre entre las muchas voces que sobrevuelan la movilización, agrupaciones como Izquierda Revolucionaria y los estudiantes presionan al Sindicato de Inquilinas para una votación que conduzca a una huelga general. Sus activistas repartían este viernes un folleto en el que insistían en que “Es el momento de extender y ampliar la movilización”, escribieron.. Los gritos frente al Congreso fueron el último acto de una intensa movilización que dura nueve días y que encadena golpes de efecto desde finales de septiembre. Comenzó el miércoles 23 con el desahucio de Maricarmen. Esa misma tarde, cientos de personas gritaron contra Ayuso frente al ático de la Comunidad de Madrid en protesta por lo ocurrido. El viernes, Maricarmen envió su primer vídeo desde el hospital después de horas críticas. El sábado, miles de personas se echaron a la calle en protesta por la crisis de la vivienda y esa misma noche surgieron en Sol las primeras tiendas de campaña que duran hasta hoy.. Carlota Negrete, de 56 años, dice que no saben si habrá un adelanto electoral, pero sostiene que, haya o no elecciones, ningún gobierno posterior defenderá los intereses de la clase trabajadora. “Va a seguir defendiendo los intereses de rentistas y burgueses”, afirma. Sobre dónde seguirán lo que ocurra con los decretos, señala que permanecerán ante el Congreso: “De momento, nos vamos a quedar aquí. Queremos señalar la incapacidad del Gobierno para sacar adelante estos decretos”.
Manifestantes y acampados esperaron la votación con una sensación agridulce: “Todos estos perroflautas que ves aquí han logrado sentar en pocos días a los diputados”
