Nos han vendido la idea de que la independencia emocional es una meta. Que madurar consiste en no necesitar a nadie. Que cuanto más autosuficientes somos, más completos estamos. Pero esa idea tan repetida, y a veces tan aplaudida por los mismos gurús que intentan colarte cursos de autoayuda, choca de frente con lo que dice la ciencia. Profesor de Psicología en la Universidad de California y doctor en Harvard, Lieberman es hoy una de las voces más influyentes en el estudio del cerebro social, disciplina que él mismo contribuyó a desarrollar. En su nuevo libro traducido al castellano, Soledad (Ed. Capitán Swing), sostiene que el cerebro humano no está diseñado para la autosuficiencia, sino para buscar la conexión constante. Y esto no es una preferencia: es una condición estructural.. Eso de la “autosuficiencia”, dice, es fruto de una narrativa moderna, casi heroica. Pero la realidad es mucho más incómoda: no sabemos estar solos porque, sencillamente, no estamos diseñados para ello. “Nuestros cerebros están programados para conectarse. No son órganos neutrales, son órganos sociales”, indica. En su libro utiliza una metáfora muy visual para hablar de neuropsicología cuando nos compara con pequeñas islas con WiFi que no son capaces de autoabastecerse, sino que anhelan conectarse con al resto del archipiélago.. Dice Lieberman que la amistad cada vez es más importante porque los datos indican que cada vez estamos más aislados. En Europa, cerca de uno de cada cinco adultos (20,8%) vive en situación de aislamiento objetivo. Además, según la última encuesta de la Unión Europea sobre soledad, un 13% reconoce sentirse solo la mayor parte del tiempo o siempre, mientras que un 35% afirma experimentarlo al menos en ocasiones.. Todo ello ocurre en un contexto aparentemente contradictorio: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, la sensación de soledad no deja de crecer. Como señala Lieberman en una ponencia, la tecnología ha hecho que vivamos más conectados que nunca, pero menos vinculados que antes. Podemos pasar días enteros interactuando sin generar una presencia real. Los mensajes, las pantallas, las respuestas inmediatas son una especie de “simulacro” emocional.. Porque la conexión no depende de la interacción, sino de la profundidad. La tecnología sustituye la interacción humana real con su imprevisibilidad, su incomodidad, su imperfección… eso no puede replicarlo una máquina. Relacionarse implica riesgo: decir algo que no encaje, mostrar una parte vulnerable, exponerse a no ser entendido. Y eso, rara vez tiene que ver con la utilidad.. Por eso, Lieberman destaca que una amistad verdadera debe de ser inútil. Aparece justo donde no hay objetivos, ni intereses, ni beneficios claros. En conversaciones que no “sirven” para nada. Es lo contrario a un amigo por conveniencia.. No estamos diseñados para estar solos. Pero hay algo más incómodo todavía en todo esto, y es que conectar de verdad no es fácil. Ni rápido. Ni indoloro. Ese es el quid de la cuestionó, indaga Lieberman, y es que relacionarse implica riesgo. Implica decir algo que no encaja, compartir algo que quizá no deberías, atravesar silencios raros, miradas incómodas. Implica, en definitiva, mostrar partes de uno mismo que no siempre son presentables. Por eso lo evitamos.. “A la gente le gustan las conversaciones profundas porque te hacen sentir más humano”, explica el psicólogo, pero lo cierto es que cada vez nos acercamos menos a ese tipo de conversaciones porque a corto plazo resultan incómodas. Nos movemos en la superficie porque es más controlable, más rápida, más segura. Y en ese intento de optimizar nuestras relaciones —como si fueran un producto, un trabajo o un proyecto— acabamos eliminando lo único que realmente las sostiene.. Y aquí es donde la teoría de Lieberman resulta interesante, porque su tesis señala que “no podemos desactivar la necesidad de los demás”. No podemos reprogramarnos para no depender de vínculos, por mucho que nos repitamos que estamos mejor solos. El cerebro no funciona así. “Necesitamos relacionarnos con los demás, igual que necesitamos comer o dormir”, escribe.. Podemos ignorarlo, disfrazarlo de independencia o incluso convertirlo en una especie de logro personal. Pero por debajo, nuestro sistema social sigue activo. Buscando caras, interpretando gestos, necesitando conexión. Sobre todo, en esos vínculos que no parecen servir para nada, que no tienen una función clara más allá de compartir. “Hay que saber convertir conocidos en amigos”, aconseja el experto como siguiente paso. Y eso, aunque incomode, no es una debilidad. Lo es todo.. Hay un capítulo en Soledad que habla precisamente de las consecuencias de encontrarse solo. Puede que no suceda al principio, pero nuestro cerebro la interpreta la soledad como dolor, a veces físico. Lieberman disecciona también el motivo que radica en ese dolor y comparte una moraleja clara: podemos sobrevivir sin otros, pero no podemos estar bien sin ellos.. Nuestro mecanismo cerebral nos empuja hacia los demás. Puede llegar a parecer irracional cuando realizamos acciones como ceder en discusiones, sacrificarse por un grupo, preocuparse excesivamente por la opinión ajena. Desde fuera, podrían parecer debilidades, pero Lieberman señala que, simplemente, son el resultado de un diseño profundamente adaptativo. Estamos programados para pertenecer. Incluso cuando creemos estar “descansando”, nuestra mente sigue trabajando en lo social: recordando conversaciones, imaginando escenarios, reinterpretando gestos…. Somos seres relacionales que, de vez en cuando, creemos estar solos. Pero, según Lieberman, cada uno de nosotros ha dedicado diez mil horas a aprender a entender a las personas antes de cumplir diez años. Así pues, no es de extrañar que la necesidad de acercarnos y conectar con los demás sea uno de los principales motores de nuestro comportamiento.
El psicólogo y autoridad mundial en cerebro social explica qué tipo de amistad necesitamos realmente para sentirnos bien
Nos han vendido la idea de que la independencia emocional es una meta. Que madurar consiste en no necesitar a nadie. Que cuanto más autosuficientes somos, más completos estamos. Pero esa idea tan repetida, y a veces tan aplaudida por los mismos gurús que intentan colarte cursos de autoayuda, choca de frente con lo que dice la ciencia. Profesor de Psicología en la Universidad de California y doctor en Harvard, Lieberman es hoy una de las voces más influyentes en el estudio del cerebro social, disciplina que él mismo contribuyó a desarrollar. En su nuevo libro traducido al castellano, Soledad (Ed. Capitán Swing), sostiene que el cerebro humano no está diseñado para la autosuficiencia, sino para buscar la conexión constante. Y esto no es una preferencia: es una condición estructural.. Eso de la “autosuficiencia”, dice, es fruto de una narrativa moderna, casi heroica. Pero la realidad es mucho más incómoda: no sabemos estar solos porque, sencillamente, no estamos diseñados para ello. “Nuestros cerebros están programados para conectarse. No son órganos neutrales, son órganos sociales”, indica. En su libro utiliza una metáfora muy visual para hablar de neuropsicología cuando nos compara con pequeñas islas con WiFi que no son capaces de autoabastecerse, sino que anhelan conectarse con al resto del archipiélago.. Dice Lieberman que la amistad cada vez es más importante porque los datos indican que cada vez estamos más aislados. En Europa, cerca de uno de cada cinco adultos (20,8%) vive en situación de aislamiento objetivo. Además, según la última encuesta de la Unión Europea sobre soledad, un 13% reconoce sentirse solo la mayor parte del tiempo o siempre, mientras que un 35% afirma experimentarlo al menos en ocasiones.. Todo ello ocurre en un contexto aparentemente contradictorio: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, la sensación de soledad no deja de crecer. Como señala Lieberman en una ponencia, la tecnología ha hecho que vivamos más conectados que nunca, pero menos vinculados que antes. Podemos pasar días enteros interactuando sin generar una presencia real. Los mensajes, las pantallas, las respuestas inmediatas son una especie de “simulacro” emocional.. Porque la conexión no depende de la interacción, sino de la profundidad. La tecnología sustituye la interacción humana real con su imprevisibilidad, su incomodidad, su imperfección… eso no puede replicarlo una máquina. Relacionarse implica riesgo: decir algo que no encaje, mostrar una parte vulnerable, exponerse a no ser entendido. Y eso, rara vez tiene que ver con la utilidad.. Por eso, Lieberman destaca que una amistad verdadera debe de ser inútil. Aparece justo donde no hay objetivos, ni intereses, ni beneficios claros. En conversaciones que no “sirven” para nada. Es lo contrario a un amigo por conveniencia.. Pero hay algo más incómodo todavía en todo esto, y es que conectar de verdad no es fácil. Ni rápido. Ni indoloro. Ese es el quid de la cuestionó, indaga Lieberman, y es que relacionarse implica riesgo. Implica decir algo que no encaja, compartir algo que quizá no deberías, atravesar silencios raros, miradas incómodas. Implica, en definitiva, mostrar partes de uno mismo que no siempre son presentables. Por eso lo evitamos.. “A la gente le gustan las conversaciones profundas porque te hacen sentir más humano”, explica el psicólogo, pero lo cierto es que cada vez nos acercamos menos a ese tipo de conversaciones porque a corto plazo resultan incómodas. Nos movemos en la superficie porque es más controlable, más rápida, más segura. Y en ese intento de optimizar nuestras relaciones —como si fueran un producto, un trabajo o un proyecto— acabamos eliminando lo único que realmente las sostiene.. Y aquí es donde la teoría de Lieberman resulta interesante, porque su tesis señala que “no podemos desactivar la necesidad de los demás”. No podemos reprogramarnos para no depender de vínculos, por mucho que nos repitamos que estamos mejor solos. El cerebro no funciona así. “Necesitamos relacionarnos con los demás, igual que necesitamos comer o dormir”, escribe.. Podemos ignorarlo, disfrazarlo de independencia o incluso convertirlo en una especie de logro personal. Pero por debajo, nuestro sistema social sigue activo. Buscando caras, interpretando gestos, necesitando conexión. Sobre todo, en esos vínculos que no parecen servir para nada, que no tienen una función clara más allá de compartir. “Hay que saber convertir conocidos en amigos”, aconseja el experto como siguiente paso. Y eso, aunque incomode, no es una debilidad. Lo es todo.. Hay un capítulo en Soledad que habla precisamente de las consecuencias de encontrarse solo. Puede que no suceda al principio, pero nuestro cerebro la interpreta la soledad como dolor, a veces físico. Lieberman disecciona también el motivo que radica en ese dolor y comparte una moraleja clara: podemos sobrevivir sin otros, pero no podemos estar bien sin ellos.. Nuestro mecanismo cerebral nos empuja hacia los demás. Puede llegar a parecer irracional cuando realizamos acciones como ceder en discusiones, sacrificarse por un grupo, preocuparse excesivamente por la opinión ajena. Desde fuera, podrían parecer debilidades, pero Lieberman señala que, simplemente, son el resultado de un diseño profundamente adaptativo. Estamos programados para pertenecer. Incluso cuando creemos estar “descansando”, nuestra mente sigue trabajando en lo social: recordando conversaciones, imaginando escenarios, reinterpretando gestos…. Somos seres relacionales que, de vez en cuando, creemos estar solos. Pero, según Lieberman, cada uno de nosotros ha dedicado diez mil horas a aprender a entender a las personas antes de cumplir diez años. Así pues, no es de extrañar que la necesidad de acercarnos y conectar con los demás sea uno de los principales motores de nuestro comportamiento.
