La nueva temporada llega a Movistar Plus+ con un cambio de perspectiva: la batalla ahora se libra en tribunales y oficinas, sin perder pulso ni el brillo turbio del litoral
Marbella tiene esa cualidad irritante de los lugares que parecen un decorado y, sin embargo, funcionan como un organismo. Brilla, seduce, distrae… y mientras tanto, por debajo, circula una fauna que no vive del sol precisamente. En «Marbella. Expediente judicial», que se estrena este jueves 22 de enero, Movistar Plus+ no necesita volver a demostrar que conoce el terreno: lo interesante es que decide entrar por otra puerta. Si la primera temporada se pegaba más al latido del ecosistema criminal, esta segunda entrega se permite un cambio de perspectiva: ahora el relato se teje desde donde casi nunca apetece mirar, la fiscalía, el papel, el método, la paciencia y, muchas veces, la frustración.. Eso, que podría sonar a castigo administrativo, acaba siendo refrescante. Entre tantas ficciones donde el narco es un tótem y la adrenalina manda, encontrar una historia que concede verdadero peso a los principios —no como discurso moralizante, sino como contrapeso práctico— se agradece. Aquí los valores no aparecen como decoración: se convierten en brújula, aunque sea una brújula golpeada, discutida, manipulada por intereses, plazos y trampas legales. Y en ese campo minado entra Carmen Leal, fiscal antidroga, interpretada por Natalia de Molina con una energía seca, de esas que no buscan medallas sino eficacia.. Carmen no llega a Marbella para hacer amigos. Llega con una idea incómoda: mientras los grandes clanes sigan teniendo a tres abogados como salvoconducto, la maquinaria seguirá fallando. Así que su objetivo no es solo perseguir lanchas o buscar dónde se esconden los fardos de droga; es atacar la infraestructura elegante del delito, esa que se perfuma, se viste de traje y luego duerme tranquila. Lo curioso es que la serie no convierte esa premisa en sermón. La convierte en motor narrativo, y el motor arranca con un ruido muy reconocible: el de César Beltrán.. Hugo Silva repite como César con esa mezcla suya de suficiencia y encanto peligroso, como si su personaje hubiera aprendido a caminar sobre el borde de la ley sin mirar abajo. No hace falta que lo presenten: él ya se comporta como alguien que conoce las reglas mejor que quienes las escriben. La temporada insiste, además, en algo que le sienta bien al relato: César no es un villano de una sola pieza, sino un profesional con ego, ambición y una fe casi deportiva en su propio talento. En ese sentido, su duelo con Carmen no se lee como «buenos contra malos», sino como choque de dos convicciones que se creen tan imprescindibles como infalibles.. El reparto que orbita alrededor sostiene esa tensión con solvencia y, sobre todo, con ritmo. Elvira Mínguez aporta ese peso de realidad que evita que la fiscalía parezca un club de héroes; Manuela Calle, como Alex, funciona como una cuerda emocional que le baja el volumen al cinismo de César sin convertirlo en melodrama. Y el resto del elenco, bien engranado, hace que Marbella no parezca un tablero vacío donde solo juegan dos piezas, sino un ecosistema lleno de roces, silencios y complicidades. Hay escenas que respiran esa incomodidad cotidiana del trabajo institucional: reuniones rutinarias que no llevan a ninguna parte, decisiones que no salen perfectas, victorias que no siempre se celebran.. La temporada conserva, además, el atractivo visual de la primera. Marbella sigue viéndose como ese parque temático del lujo en el que, si apartas un poco el foco, se asoma la sombra. La serie sabe retratar la contradicción sin subrayarla: la postal y la trastienda conviven en el mismo plano, y esa convivencia tiene algo casi obsceno. El ritmo acompaña: no se regodea, no se acelera por nervio, y cuando la trama necesita apretar, lo hace sin fuegos artificiales. Se nota el oficio de Dani de la Torre en la dirección y el pulso de Alberto Marini en un guion que prefiere la tensión sostenida al impacto fácil.. Si alguien entra esperando una continuación calcada, puede notar que esta segunda temporada es menos fiesta y más estrategia. Pero esa «pérdida» juega a favor: al desplazar el foco hacia el frente judicial, la historia gana textura y un tipo de suspense que no depende del estruendo, sino de la consecuencia. «Marbella. Expediente judicial» es, en ese sentido, una serie que se permite ser entretenida sin comportarse como un juguete. Y eso, hoy, casi parece un lujo de los de verdad: el que no hace falta ostentar.. Más allá de la ficción, la serie arrastra una anécdota reveladora que ayuda a entender su alcance. Según relató Dani de la Torre, la primera temporada no fue especialmente bien recibida en ciertos ámbitos locales y el rodaje encontró resistencias reales, hasta el punto de verse obligado a abandonar algunas localizaciones previstas. El detalle no funciona como curiosidad menor, sino como síntoma: cuando una historia se aproxima demasiado a una verdad incómoda, deja de ser solo entretenimiento. «Marbella. Expediente judicial» no molesta por exagerar, sino por insistir en mirar donde muchos prefieren seguir viendo únicamente una postal soleada.
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