Sentir nervios o inquietud al subir a un avión es una experiencia muy común. Con el inicio de las vacaciones, este temor se convierte en un obstáculo para miles de viajeros que se niegan a volar por dicho miedo. Sin embargo, Oliver Serrano, profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias, aclara que este miedo intenso no responde al peligro real de los vuelos, sino a “cómo el cerebro pondera la falta de control, la incertidumbre y las sensaciones corporales asociadas a la ansiedad”. No poder decidir qué hacer ni bajarse del avión a mitad del vuelo hace que nos sintamos mucho más indefensos. A diferencia de lo que ocurre en un coche, donde el conductor siente que puede frenar, detenerse o cambiar de ruta, en un avión el pasajero se encuentra en una situación de total dependencia de terceros. «Cuando la persona siente que no puede escapar, pedir ayuda inmediata o modificar la situación, aumenta la hipervigilancia», señala Serrano, quien añade que, bajo este estado de tensión, el pasajero tiende a interpretar de forma catastrófica cualquier ruido, vibración, cambio de inclinación o gesto de la tripulación. Además, la enorme atención que reciben los accidentes aéreos en los medios de comunicación y las redes sociales también perjudican a la percepción que nos generamos de los aviones. El cerebro no calcula el peligro con estadísticas frías, sino con emociones y recuerdos. Por eso, al recordar fácilmente las imágenes impactantes de un siniestro, tendemos a pensar que es mucho más probable que ocurra de lo que realmente es. “Al final, quien tiene miedo a volar se fija mucho más en las malas noticias que confirman su temor, mientras que los millones de vuelos que aterrizan cada día sin incidentes pasan completamente desapercibidos”, explica Serrano. Lo mismo ocurre con las turbulencias, que, aunque no afectan a la seguridad del vuelo, el cuerpo las vive como una amenaza de muerte. El profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias explica que «el cuerpo no interpreta la turbulencia desde la ingeniería aeronáutica, sino desde la sensación de pérdida de estabilidad». El oído interno, encargado de detectar el equilibrio, siente las pequeñas vibraciones del avión, pero el cerebro de una persona con miedo las traduce de inmediato como si se estuviera cayendo. Para calmar esta sensación, el psicólogo destaca la importancia de entender que “estos movimientos no significan que el avión vaya a sufrir un percance, sino que está diseñado para soportarlos sin problemas”. Por otro lado, este temor rara vez viene solo, a menudo se mezcla con el miedo a las alturas, a los espacios cerrados (claustrofobia) o a sufrir un ataque de pánico sin poder escapar. Para mitigar esta angustia, muchos pasajeros recurren a tomar una copa de alcohol o un fármaco antes de subir al avión, una práctica que el docente califica como un falso amigo. Aunque estas sustancias adormecen los nervios a corto p
“El objetivo terapéutico no siempre es volar sin sentir nada, sino poder hacerlo sin que la ansiedad decida por la persona”, afirma Oliver Serrano, profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias
Sentir nervios o inquietud al subir a un avión es una experiencia muy común. Con el inicio de las vacaciones, este temor se convierte en un obstáculo para miles de viajeros que se niegan a volar por dicho miedo. Sin embargo, Oliver Serrano, profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias, aclara que este miedo intenso no responde al peligro real de los vuelos, sino a “cómo el cerebro pondera la falta de control, la incertidumbre y las sensaciones corporales asociadas a la ansiedad”.No poder decidir qué hacer ni bajarse del avión a mitad del vuelo hace que nos sintamos mucho más indefensos. A diferencia de lo que ocurre en un coche, donde el conductor siente que puede frenar, detenerse o cambiar de ruta, en un avión el pasajero se encuentra en una situación de total dependencia de terceros. «Cuando la persona siente que no puede escapar, pedir ayuda inmediata o modificar la situación, aumenta la hipervigilancia», señala Serrano, quien añade que, bajo este estado de tensión, el pasajero tiende a interpretar de forma catastrófica cualquier ruido, vibración, cambio de inclinación o gesto de la tripulación.Además, la enorme atención que reciben los accidentes aéreos en los medios de comunicación y las redes sociales también perjudican a la percepción que nos generamos de los aviones. El cerebro no calcula el peligro con estadísticas frías, sino con emociones y recuerdos. Por eso, al recordar fácilmente las imágenes impactantes de un siniestro, tendemos a pensar que es mucho más probable que ocurra de lo que realmente es. “Al final, quien tiene miedo a volar se fija mucho más en las malas noticias que confirman su temor, mientras que los millones de vuelos que aterrizan cada día sin incidentes pasan completamente desapercibidos”, explica Serrano.Lo mismo ocurre con las turbulencias, que, aunque no afectan a la seguridad del vuelo, el cuerpo las vive como una amenaza de muerte. El profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias explica que «el cuerpo no interpreta la turbulencia desde la ingeniería aeronáutica, sino desde la sensación de pérdida de estabilidad». El oído interno, encargado de detectar el equilibrio, siente las pequeñas vibraciones del avión, pero el cerebro de una persona con miedo las traduce de inmediato como si se estuviera cayendo. Para calmar esta sensación, el psicólogo destaca la importancia de entender que “estos movimientos no significan que el avión vaya a sufrir un percance, sino que está diseñado para soportarlos sin problemas”.Por otro lado, este temor rara vez viene solo, a menudo se mezcla con el miedo a las alturas, a los espacios cerrados (claustrofobia) o a sufrir un ataque de pánico sin poder escapar. Para mitigar esta angustia, muchos pasajeros recurren a tomar una copa de alcohol o un fármaco antes de subir al avión, una práctica que el docente califica como un falso amigo. Aunque estas sustancias adormecen los nervios a corto plazo
