No hay duda de que es una definición muy acertada de Feijóo sobre la triste realidad en que se ha convertido la sede de la presidencia del Gobierno. A pesar de los denodados esfuerzos de la izquierda política y mediática del régimen, la realidad es incuestionable. Es lógico que todos estemos asombrados por las cosas que escuchamos o leemos desde que se ha ido conociendo la corrupción y el entramado organizado desde el PSOE para acabar con jueces, fiscales, guardias civiles, policías, periodistas y empresarios. Nada hubiera podido suceder sin que La Moncloa tuviera conocimiento de ello. Es posible que un caso aislado hubiera podido pasar desapercibido, pero quién se puede creer que se hicieran tantas cosas en beneficio de Sánchez sin que él lo supiera. A diferencia de los mercenarios que le rodean, que eran sus más feroces detractores durante las primarias, nunca le he menospreciado y he valorado su inteligencia. Otra cuestión es su fragilidad ideológica y su carencia de principios, algo que no podía imaginar, que le permiten ser un adversario muy peligroso. Es algo que han podido comprobar sus enemigos y rivales. Cualquier político que llega a la presidencia está dotado de capacidades que ni pueden ni deben ser menospreciadas. Es curioso que todos sus antecesores han sufrido ese tipo de ataques, pero, también, cuando eran los candidatos de la oposición. Lo sufrieron Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy, Sánchez y Feijóo. Es una forma de hacer política deplorable. Los argumentos eran variados, pero respondían a un mismo criterio a la hora de descalificarlos. Con Zapatero recuerdo que cuando fue elegido secretario general del PSOE en lugar de Pepe Bono, me dieron una carpeta con sus escasas intervenciones parlamentarias. Había una gran alegría en el PP. Con posterioridad, mantuve una buena amistad con Toño Alonso, prematuramente desaparecido y un excelente jurista. Me comentó mientras comíamos que “la derecha llama Bambi a José Luis, que es mi amigo, pero es un político implacable que ha acabado con más rivales y adversarios en León que la mina. No te equivoques nunca. Es inteligente y muy hábil a pesar de sus formas amables e incluso cariñosas”. Tenía toda la razón y no soy el único al que le hizo esta confidencia. Es algo que se puede aplicar a cualquier presidente del Gobierno. Francisco Marhuenda. Académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España y de la Real Academia de Doctores de España. Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia. Catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE).
«Quién se puede creer que se hicieran tantas cosas en beneficio de Sánchez sin que él lo supiera»
No hay duda de que es una definición muy acertada de Feijóo sobre la triste realidad en que se ha convertido la sede de la presidencia del Gobierno. A pesar de los denodados esfuerzos de la izquierda política y mediática del régimen, la realidad es incuestionable. Es lógico que todos estemos asombrados por las cosas que escuchamos o leemos desde que se ha ido conociendo la corrupción y el entramado organizado desde el PSOE para acabar con jueces, fiscales, guardias civiles, policías, periodistas y empresarios. Nada hubiera podido suceder sin que La Moncloa tuviera conocimiento de ello. Es posible que un caso aislado hubiera podido pasar desapercibido, pero quién se puede creer que se hicieran tantas cosas en beneficio de Sánchez sin que él lo supiera. A diferencia de los mercenarios que le rodean, que eran sus más feroces detractores durante las primarias, nunca le he menospreciado y he valorado su inteligencia. Otra cuestión es su fragilidad ideológica y su carencia de principios, algo que no podía imaginar, que le permiten ser un adversario muy peligroso. Es algo que han podido comprobar sus enemigos y rivales. Cualquier político que llega a la presidencia está dotado de capacidades que ni pueden ni deben ser menospreciadas.Es curioso que todos sus antecesores han sufrido ese tipo de ataques, pero, también, cuando eran los candidatos de la oposición. Lo sufrieron Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Rajoy, Sánchez y Feijóo. Es una forma de hacer política deplorable. Los argumentos eran variados, pero respondían a un mismo criterio a la hora de descalificarlos. Con Zapatero recuerdo que cuando fue elegido secretario general del PSOE en lugar de Pepe Bono, me dieron una carpeta con sus escasas intervenciones parlamentarias. Había una gran alegría en el PP. Con posterioridad, mantuve una buena amistad con Toño Alonso, prematuramente desaparecido y un excelente jurista. Me comentó mientras comíamos que “la derecha llama Bambi a José Luis, que es mi amigo, pero es un político implacable que ha acabado con más rivales y adversarios en León que la mina. No te equivoques nunca. Es inteligente y muy hábil a pesar de sus formas amables e incluso cariñosas”. Tenía toda la razón y no soy el único al que le hizo esta confidencia. Es algo que se puede aplicar a cualquier presidente del Gobierno.Francisco Marhuenda. Académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España y de la Real Academia de Doctores de España. Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia. Catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE).
