La ministra de Sanidad está cometiendo un error de principiante en su enfrentamiento con los médicos que puede liquidar del todo su ya deteriorada imagen como política. Si revisara las hemerotecas, [[LINK:TAG|||tag|||633612e6ecd56e3616931ac7|||Mónica García]] aprendería que la guerra de un Gobierno contra los facultativos suele acabar casi siempre en la derrota del primero, porque las operaciones y consultas se retrasan, los pacientes se enfadan y entonces dejan de votarle. Es lo que le ocurrió, por ejemplo, al último Ejecutivo de Felipe González, con Ángeles Amador como ministra, allá por 1995. El pulso de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), liderada por el neurocirujano Carlos Amaya, quebró entonces a Sanidad y al antaño mastodóntico Insalud, y aceleró la llegada del PP de José María Aznar al poder.. Hoy, la historia se repite y la CESM de Víctor Pedrera le está doblando también el pulso al Ejecutivo de [[LINK:TAG|||tag|||6336155b87d98e3342b26c88|||Pedro Sánchez]], con el apoyo del resto de los sindicatos médicos que existen en España. La estrategia planteada además por Mónica García para frenar las protestas y erigirse en ganadora de la guerra está, además, fracasando. Su intento de dividir a los médicos con burdos escarceos con el Foro de la Profesión Médica sólo ha logrado enfurecer aún más a los convocantes de los paros y a los facultativos de a pie. Igual que su treta para intentar desviar el tiro y que las revueltas se dirijan contra las autonomías, con la excusa peregrina de que son ellas las que gestionan la Sanidad. Los facultativos saben de sobra que el autor del Estatuto Marco es el Ministerio que ella dirige y hacia él enfocan sus protestas. Como empieza a ser consciente de la erosión que sufre, García ha redoblado su propaganda con el auxilio de medios y sindicatos afines, sin lograr por ahora otro rédito que más protestas y más paros.
Su intento de dividir a los médicos ha fracasado
La ministra de Sanidad está cometiendo un error de principiante en su enfrentamiento con los médicos que puede liquidar del todo su ya deteriorada imagen como política. Si revisara las hemerotecas, Mónica García aprendería que la guerra de un Gobierno contra los facultativos suele acabar casi siempre en la derrota del primero, porque las operaciones y consultas se retrasan, los pacientes se enfadan y entonces dejan de votarle. Es lo que le ocurrió, por ejemplo, al último Ejecutivo de Felipe González, con Ángeles Amador como ministra, allá por 1995. El pulso de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), liderada por el neurocirujano Carlos Amaya, quebró entonces a Sanidad y al antaño mastodóntico Insalud, y aceleró la llegada del PP de José María Aznar al poder.. Hoy, la historia se repite y la CESM de Víctor Pedrera le está doblando también el pulso al Ejecutivo de Pedro Sánchez, con el apoyo del resto de los sindicatos médicos que existen en España. La estrategia planteada además por Mónica García para frenar las protestas y erigirse en ganadora de la guerra está, además, fracasando. Su intento de dividir a los médicos con burdos escarceos con el Foro de la Profesión Médica sólo ha logrado enfurecer aún más a los convocantes de los paros y a los facultativos de a pie. Igual que su treta para intentar desviar el tiro y que las revueltas se dirijan contra las autonomías, con la excusa peregrina de que son ellas las que gestionan la Sanidad. Los facultativos saben de sobra que el autor del Estatuto Marco es el Ministerio que ella dirige y hacia él enfocan sus protestas. Como empieza a ser consciente de la erosión que sufre, García ha redoblado su propaganda con el auxilio de medios y sindicatos afines, sin lograr por ahora otro rédito que más protestas y más paros.
