Roza los dos millones de seguidores en YouTube. Fruto de un «pico y pala» de años ofreciendo contenido sobre cultura urbana. Hasta que una noche de hace cinco años se topó de bruces con Dios en un sueño y el hecho religioso no solo cambió su vida, sino la forma de comunicar del gallego René Ponte, conocido en la pantalla como René ZZ. Su tirón es tal que su libro, «Encontrar un hogar» (Alienta) ha alcanzado su quinta edición en cuatro meses. Este jueves recoge uno de los IX Premios Religión en Libertad, otorgados por el portal digital dirigido por Álex Rosal.
Recibe el Premio Audacia en el Mundo. ¿Cómo se mide lo audaz que es uno?
Durante gran parte de mi vida nunca me consideré audaz. Pero ahora, al echar la vista atrás y ver cómo Dios me ha transformado, empiezo a aceptar que quizá haber sido audaz es lo que me ha permitido llegar a tanta gente y compartir tanto de mi vida. Yo lo veía más como una necesidad y una lucha interna, pero cada vez más personas me dicen que compartir, mostrarme vulnerable o adentrarme en ciertos territorios es audaz frente a los que prefieren quedarse con la vida que tienen.
¿Qué le llevó a pensar que su sueño con Dios no era una «ida de olla»?
Me lo he preguntado durante muchísimo tiempo. Siempre he estado obsesionado con los sueños. Desde pequeño, he tenido desde sueños arquetípicos, como que se te caen los dientes, hasta otros muy complicados. Pero cuando desperté de este sueño con Dios sentí algo completamente distinto. No entendía muy bien qué acababa de ocurrir y di por hecho que era un sueño, porque lo había vivido durmiendo. Primero sentí que tenía que apuntarlo. Después me di cuenta de que había experimentado por completo una emoción que no existe –o que, al menos, yo nunca había sentido– en este plano terrenal. Eso me hizo pensar que no era un sueño normal ni tampoco un delirio. Recordaba la emoción que sentí, pero no soy capaz de explicarla en el plano visible. Eso me llevó a pensar que tal vez Dios intentaba decirme algo. Empecé a tirar del hilo y, unos años después, estoy convencido de que sí era Dios.
A partir de ahí, inició una búsqueda incesante a través de la Biblia, de la teología…
Siempre he sido una persona muy curiosa, incómoda. Por eso, ante aquel fenómeno tan peculiar, intenté entender qué me sucedía y prestarle la atención que merecía. No ha sido un proceso lineal, ni mucho menos. Ha habido épocas en las que no sabía por dónde tirar o incluso me retraía.
¿Cómo mira ahora a su yo anterior, no creyente?
Lo veo como algo muy orgánico. No entiendo los motivos ni los tiempos, ni por qué Dios me regaló semejante sueño, pero, sin duda, mi pasado es un preámbulo de todo esto. Siempre quise ser un buen hombre, pero lo intentaba por mis propios medios y sin una figura paterna de referencia. Por eso buscaba aprender de otros hombres, como el psicólogo clínico Jordan Peterson, con ciertos atributos a los que yo aspiraba. Me enternece ver cómo intentaba construir mi propia vida con mis propias manos. Tengo la sensación de que Dios estaba detrás de mí todo el tiempo, esperando a que me diera la vuelta y lo mirase a los ojos. Pero yo, como soy despistado y disperso y la vida me llevó por otros caminos, no lo miraba hasta que él dijo: «Bueno, pues te miro yo».
¿Era usted un perseguidor de cristianos, un ateo o ni fu ni fa?
Nunca fui anticristiano, ni mucho menos. Siempre me pareció que había en la teología algo muy interesante y digno de tener en cuenta. Vengo de una familia católica poco practicante. De pequeño fui alguna vez a misa, hice la comunión y estoy bautizado, pero en mi familia no había una presencia constante de Jesús. Al echar la vista atrás y revisar mis directos en Twitch o contenidos antiguos, encuentro pequeñas cosas que indicaban que ya caminaba hacia Jesús sin darme cuenta. Hubo una época en la que iniciaba mis directos leyendo un versículo de la Biblia. También compré por cincuenta céntimos, en una tienda de segunda mano, un pequeño cuadro de madera con Jesús sosteniendo a la oveja perdida.
Deme una prueba de que Dios existe.
Tengo dos. Una es mi historia y, en el plano personal, la otra es mi prometida, Celia. Cuando uno se dispone a conocer a Jesús y a abrirse a su amor incondicional y a la misericordia de Dios, empieza a descubrir un amor que no tiene nada que ver con lo que le habían explicado o con lo que había creído que era el amor en la Tierra: ese amor de «yo hago algo por ti, pero tú haces algo por mí», lleno de condiciones y sospechas. De repente se presenta ante ti un Dios misericordioso, benevolente y extraordinariamente bueno. Mi prometida apareció en mi vida como una persona que encarna ese amor para mí. Me está dejando un espacio para crecer y desarrollarme que nadie me había dado antes. Para mí es la prueba viviente de que Dios me quiere mucho.
Tiene tatuado todo el cuerpo. ¿También ha hecho una relectura de ellos a la luz de lo que dice Isaías: «Mira, te llevo tatuado en la palma de mis manos»?
Sí. Mis tatuajes son un mapa que forma parte de esa búsqueda. Están enraizados en un dolor profundo, que era ese vacío de Dios. Ese vacío buscaba validación externa, autosuficiencia y comprensión mediante la expresión artística. Y fíjate qué expresión artística tan curiosa elegí: una que implica dolor físico, sacrificio y entrega. En el fondo deseaba entregarme a una causa superior a mí, y utilicé los tatuajes para buscar también la trascendencia, lo imperecedero y lo eterno. Supongo que podría llegar a la misma conclusión que san Pablo cuando hablaba de la espina clavada que al principio le disgustaba y cuya utilidad terminó encontrando al sentirse necesitado de Jesús: un recuerdo de nuestra imperfección, del pecado original y de la deriva cuando no confiamos en el Señor.
Exponer su fe, ¿le ha sumado seguidores o ha multiplicado sus haters?
Todo ha continuado con bastante naturalidad. He ganado nuevos detractores, pero también muchísimos seguidores. Ha sido un proceso de reconstrucción.
Roza los dos millones de seguidores en YouTube. Fruto de un «pico y pala» de años ofreciendo contenido sobre cultura urbana. Hasta que una noche de hace cinco años se topó de bruces con Dios en un sueño y el hecho religioso no solo cambió su vida, sino la forma de comunicar del gallego René Ponte, conocido en la pantalla como René ZZ. Su tirón es tal que su libro, «Encontrar un hogar» (Alienta) ha alcanzado su quinta edición en cuatro meses. Este jueves recoge uno de los IX Premios Religión en Libertad, otorgados por el portal digital dirigido por Álex Rosal.
Recibe el Premio Audacia en el Mundo. ¿Cómo se mide lo audaz que es uno?
Durante gran parte de mi vida nunca me consideré audaz. Pero ahora, al echar la vista atrás y ver cómo Dios me ha transformado, empiezo a aceptar que quizá haber sido audaz es lo que me ha permitido llegar a tanta gente y compartir tanto de mi vida. Yo lo veía más como una necesidad y una lucha interna, pero cada vez más personas me dicen que compartir, mostrarme vulnerable o adentrarme en ciertos territorios es audaz frente a los que prefieren quedarse con la vida que tienen.
¿Qué le llevó a pensar que su sueño con Dios no era una «ida de olla»?
Me lo he preguntado durante muchísimo tiempo. Siempre he estado obsesionado con los sueños. Desde pequeño, he tenido desde sueños arquetípicos, como que se te caen los dientes, hasta otros muy complicados. Pero cuando desperté de este sueño con Dios sentí algo completamente distinto. No entendía muy bien qué acababa de ocurrir y di por hecho que era un sueño, porque lo había vivido durmiendo. Primero sentí que tenía que apuntarlo. Después me di cuenta de que había experimentado por completo una emoción que no existe –o que, al menos, yo nunca había sentido– en este plano terrenal. Eso me hizo pensar que no era un sueño normal ni tampoco un delirio. Recordaba la emoción que sentí, pero no soy capaz de explicarla en el plano visible. Eso me llevó a pensar que tal vez Dios intentaba decirme algo. Empecé a tirar del hilo y, unos años después, estoy convencido de que sí era Dios.
A partir de ahí, inició una búsqueda incesante a través de la Biblia, de la teología…
Siempre he sido una persona muy curiosa, incómoda. Por eso, ante aquel fenómeno tan peculiar, intenté entender qué me sucedía y prestarle la atención que merecía. No ha sido un proceso lineal, ni mucho menos. Ha habido épocas en las que no sabía por dónde tirar o incluso me retraía.
¿Cómo mira ahora a su yo anterior, no creyente?
Lo veo como algo muy orgánico. No entiendo los motivos ni los tiempos, ni por qué Dios me regaló semejante sueño, pero, sin duda, mi pasado es un preámbulo de todo esto. Siempre quise ser un buen hombre, pero lo intentaba por mis propios medios y sin una figura paterna de referencia. Por eso buscaba aprender de otros hombres, como el psicólogo clínico Jordan Peterson, con ciertos atributos a los que yo aspiraba. Me enternece ver cómo intentaba construir mi propia vida con mis propias manos. Tengo la sensación de que Dios estaba detrás de mí todo el tiempo, esperando a que me diera la vuelta y lo mirase a los ojos. Pero yo, como soy despistado y disperso y la vida me llevó por otros caminos, no lo miraba hasta que él dijo: «Bueno, pues te miro yo».
¿Era usted un perseguidor de cristianos, un ateo o ni fu ni fa?
Nunca fui anticristiano, ni mucho menos. Siempre me pareció que había en la teología algo muy interesante y digno de tener en cuenta. Vengo de una familia católica poco practicante. De pequeño fui alguna vez a misa, hice la comunión y estoy bautizado, pero en mi familia no había una presencia constante de Jesús. Al echar la vista atrás y revisar mis directos en Twitch o contenidos antiguos, encuentro pequeñas cosas que indicaban que ya caminaba hacia Jesús sin darme cuenta. Hubo una época en la que iniciaba mis directos leyendo un versículo de la Biblia. También compré por cincuenta céntimos, en una tienda de segunda mano, un pequeño cuadro de madera con Jesús sosteniendo a la oveja perdida.
Deme una prueba de que Dios existe.
Tengo dos. Una es mi historia y, en el plano personal, la otra es mi prometida, Celia. Cuando uno se dispone a conocer a Jesús y a abrirse a su amor incondicional y a la misericordia de Dios, empieza a descubrir un amor que no tiene nada que ver con lo que le habían explicado o con lo que había creído que era el amor en la Tierra: ese amor de «yo hago algo por ti, pero tú haces algo por mí», lleno de condiciones y sospechas. De repente se presenta ante ti un Dios misericordioso, benevolente y extraordinariamente bueno. Mi prometida apareció en mi vida como una persona que encarna ese amor para mí. Me está dejando un espacio para crecer y desarrollarme que nadie me había dado antes. Para mí es la prueba viviente de que Dios me quiere mucho.
Tiene tatuado todo el cuerpo. ¿También ha hecho una relectura de ellos a la luz de lo que dice Isaías: «Mira, te llevo tatuado en la palma de mis manos»?
Sí. Mis tatuajes son un mapa que forma parte de esa búsqueda. Están enraizados en un dolor profundo, que era ese vacío de Dios. Ese vacío buscaba validación externa, autosuficiencia y comprensión mediante la expresión artística. Y fíjate qué expresión artística tan curiosa elegí: una que implica dolor físico, sacrificio y entrega. En el fondo deseaba entregarme a una causa superior a mí, y utilicé los tatuajes para buscar también la trascendencia, lo imperecedero y lo eterno. Supongo que podría llegar a la misma conclusión que san Pablo cuando hablaba de la espina clavada que al principio le disgustaba y cuya utilidad terminó encontrando al sentirse necesitado de Jesús: un recuerdo de nuestra imperfección, del pecado original y de la deriva cuando no confiamos en el Señor.
Exponer su fe, ¿le ha sumado seguidores o ha multiplicado sus haters?
Todo ha continuado con bastante naturalidad. He ganado nuevos detractores, pero también muchísimos seguidores. Ha sido un proceso de reconstrucción.
El YouTuber gallego sufrió una transformación a través de un sueño, que finalmente resultó en que fuera reconocido por su coraje al discutir sus creencias religiosas públicamente.
Roza los dos millones de seguidores en YouTube. Fruto de un «pico y pala» de años ofreciendo contenido sobre cultura urbana. Hasta que una noche de hace cinco años se topó de bruces con Dios en un sueño y el hecho religioso no solo cambió su vida, sino la forma de comunicar del gallego René Ponte, conocido en la pantalla como René ZZ. Su tirón es tal que su libro, «Encontrar un hogar» (Alienta) ha alcanzado su quinta edición en cuatro meses. Este jueves recoge uno de los IX Premios Religión en Libertad, otorgados por el portal digital dirigido por Álex Rosal.
Recibe el Premio Audacia en el Mundo. ¿Cómo se mide lo audaz que es uno?
Durante gran parte de mi vida nunca me consideré audaz. Pero ahora, al echar la vista atrás y ver cómo Dios me ha transformado, empiezo a aceptar que quizá haber sido audaz es lo que me ha permitido llegar a tanta gente y compartir tanto de mi vida. Yo lo veía más como una necesidad y una lucha interna, pero cada vez más personas me dicen que compartir, mostrarme vulnerable o adentrarme en ciertos territorios es audaz frente a los que prefieren quedarse con la vida que tienen.
¿Qué le llevó a pensar que su sueño con Dios no era una «ida de olla»?
Me lo he preguntado durante muchísimo tiempo. Siempre he estado obsesionado con los sueños. Desde pequeño, he tenido desde sueños arquetípicos, como que se te caen los dientes, hasta otros muy complicados. Pero cuando desperté de este sueño con Dios sentí algo completamente distinto. No entendía muy bien qué acababa de ocurrir y di por hecho que era un sueño, porque lo había vivido durmiendo. Primero sentí que tenía que apuntarlo. Después me di cuenta de que había experimentado por completo una emoción que no existe –o que, al menos, yo nunca había sentido– en este plano terrenal. Eso me hizo pensar que no era un sueño normal ni tampoco un delirio. Recordaba la emoción que sentí, pero no soy capaz de explicarla en el plano visible. Eso me llevó a pensar que tal vez Dios intentaba decirme algo. Empecé a tirar del hilo y, unos años después, estoy convencido de que sí era Dios.
A partir de ahí, inició una búsqueda incesante a través de la Biblia, de la teología…
Siempre he sido una persona muy curiosa, incómoda. Por eso, ante aquel fenómeno tan peculiar, intenté entender qué me sucedía y prestarle la atención que merecía. No ha sido un proceso lineal, ni mucho menos. Ha habido épocas en las que no sabía por dónde tirar o incluso me retraía.
¿Cómo mira ahora a su yo anterior, no creyente?
Lo veo como algo muy orgánico. No entiendo los motivos ni los tiempos, ni por qué Dios me regaló semejante sueño, pero, sin duda, mi pasado es un preámbulo de todo esto. Siempre quise ser un buen hombre, pero lo intentaba por mis propios medios y sin una figura paterna de referencia. Por eso buscaba aprender de otros hombres, como el psicólogo clínico Jordan Peterson, con ciertos atributos a los que yo aspiraba. Me enternece ver cómo intentaba construir mi propia vida con mis propias manos. Tengo la sensación de que Dios estaba detrás de mí todo el tiempo, esperando a que me diera la vuelta y lo mirase a los ojos. Pero yo, como soy despistado y disperso y la vida me llevó por otros caminos, no lo miraba hasta que él dijo: «Bueno, pues te miro yo».
¿Era usted un perseguidor de cristianos, un ateo o ni fu ni fa?
Nunca fui anticristiano, ni mucho menos. Siempre me pareció que había en la teología algo muy interesante y digno de tener en cuenta. Vengo de una familia católica poco practicante. De pequeño fui alguna vez a misa, hice la comunión y estoy bautizado, pero en mi familia no había una presencia constante de Jesús. Al echar la vista atrás y revisar mis directos en Twitch o contenidos antiguos, encuentro pequeñas cosas que indicaban que ya caminaba hacia Jesús sin darme cuenta. Hubo una época en la que iniciaba mis directos leyendo un versículo de la Biblia. También compré por cincuenta céntimos, en una tienda de segunda mano, un pequeño cuadro de madera con Jesús sosteniendo a la oveja perdida.
Deme una prueba de que Dios existe.
Tengo dos. Una es mi historia y, en el plano personal, la otra es mi prometida, Celia. Cuando uno se dispone a conocer a Jesús y a abrirse a su amor incondicional y a la misericordia de Dios, empieza a descubrir un amor que no tiene nada que ver con lo que le habían explicado o con lo que había creído que era el amor en la Tierra: ese amor de «yo hago algo por ti, pero tú haces algo por mí», lleno de condiciones y sospechas. De repente se presenta ante ti un Dios misericordioso, benevolente y extraordinariamente bueno. Mi prometida apareció en mi vida como una persona que encarna ese amor para mí. Me está dejando un espacio para crecer y desarrollarme que nadie me había dado antes. Para mí es la prueba viviente de que Dios me quiere mucho.
Tiene tatuado todo el cuerpo. ¿También ha hecho una relectura de ellos a la luz de lo que dice Isaías: «Mira, te llevo tatuado en la palma de mis manos»?
Sí. Mis tatuajes son un mapa que forma parte de esa búsqueda. Están enraizados en un dolor profundo, que era ese vacío de Dios. Ese vacío buscaba validación externa, autosuficiencia y comprensión mediante la expresión artística. Y fíjate qué expresión artística tan curiosa elegí: una que implica dolor físico, sacrificio y entrega. En el fondo deseaba entregarme a una causa superior a mí, y utilicé los tatuajes para buscar también la trascendencia, lo imperecedero y lo eterno. Supongo que podría llegar a la misma conclusión que san Pablo cuando hablaba de la espina clavada que al principio le disgustaba y cuya utilidad terminó encontrando al sentirse necesitado de Jesús: un recuerdo de nuestra imperfección, del pecado original y de la deriva cuando no confiamos en el Señor.
Exponer su fe, ¿le ha sumado seguidores o ha multiplicado sus haters?
Todo ha continuado con bastante naturalidad. He ganado nuevos detractores, pero también muchísimos seguidores. Ha sido un proceso de reconstrucción.
