Cuando Pedro Sánchez decidió que la inmigración debía centrar el debate político, no lo hizo movido por un proyecto diseñado y coherente con un sistema de valores, sino porque era terreno abonado para confrontar con Vox y dejar al PP en una situación muy incómoda, en la que perdiese algunos votantes por blando y otros por demasiado inflexible. El problema de tomar medidas para la coyuntura, cuando deberían ser de carácter estratégico, son los daños que producen. La falta de planificación, la ausencia de una estrategia migratoria coherente, la dependencia constante de coyunturas diplomáticas y convertir problemas estructurales en debates propagandísticos, son las críticas que deben hacerse en este ámbito a Sánchez. El Gobierno ha oscilado entre el moralismo y la improvisación. Ha presentado la inmigración como una cuestión de gestos cuando en realidad exige planificación, recursos y autoridad democrática. En un momento de debilidad manifiesta de la Unión Europea, en que las tensiones con Donald Trump y la guerra de Ucrania, exigen decisiones consensuadas que den una sola voz al Viejo Continente, Sánchez suele descolgarse para salir del paso de los asuntos domésticos que le cercan, generando discrepancias importantes con los socios europeos. Los incidentes de Ceuta han provocado que 22 países de la UE criticaran duramente la política migratoria española en una carta dirigida a Von der Leyen, e incluso se pusiese sobre la mesa el debate sobre la suspensión de España en el espacio Schengen. No es una posición mantenida solamente por la derecha más extrema europea, a la crítica se han sumado socialdemócratas como la primera ministra danesa y países vecinos como Francia han llegado a plantearse el control de frontera con España. Sánchez ha respondido criticando duramente lo que ha calificado como egoísmo de los países que han criticado a su gobierno, pero olvida que cada vez que ha tomado una posición internacional, como la confrontación con EE UU e Israel o los contactos con el gobierno chino, lo ha hecho movido por intereses políticos locales, dejando, en ocasiones, en apuros a la Unión Europea. La política exterior con Marruecos ha sido inquietante. Después de episodios oscuros, como el presunto espionaje en el caso Pegasus, el repentino cambio de posición respecto al Sahara y la controvertida visita de Sánchez a Argelia, a Rabat no le ha venido mal el incidente. Estados Unidos ha aprovechado para cargar contra el presidente español, culpabilizándole por la regularización de inmigrantes que se ha producido en nuestro país y el gobierno marroquí ha aprovechado para reclamar nuevamente Ceuta y Melilla y generar la imagen de división que se ha visualizado entre los países miembros. La frontera de Ceuta no es un accidente geográfico, es una institución democrática. Sin fronteras no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay Estado social. Por eso, es inadmisible que el gobierno no tuviese la más
Cuando Pedro Sánchez decidió que la inmigración debía centrar el debate político, no lo hizo movido por un proyecto diseñado y coherente con un sistema de valores, sino porque era terreno abonado para confrontar con Vox y dejar al PP en una situación muy incómoda, en la que perdiese algunos votantes por blando y otros por demasiado inflexible. El problema de tomar medidas para la coyuntura, cuando deberían ser de carácter estratégico, son los daños que producen. La falta de planificación, la ausencia de una estrategia migratoria coherente, la dependencia constante de coyunturas diplomáticas y convertir problemas estructurales en debates propagandísticos, son las críticas que deben hacerse en este ámbito a Sánchez. El Gobierno ha oscilado entre el moralismo y la improvisación. Ha presentado la inmigración como una cuestión de gestos cuando en realidad exige planificación, recursos y autoridad democrática. En un momento de debilidad manifiesta de la Unión Europea, en que las tensiones con Donald Trump y la guerra de Ucrania, exigen decisiones consensuadas que den una sola voz al Viejo Continente, Sánchez suele descolgarse para salir del paso de los asuntos domésticos que le cercan, generando discrepancias importantes con los socios europeos. Los incidentes de Ceuta han provocado que 22 países de la UE criticaran duramente la política migratoria española en una carta dirigida a Von der Leyen, e incluso se pusiese sobre la mesa el debate sobre la suspensión de España en el espacio Schengen. No es una posición mantenida solamente por la derecha más extrema europea, a la crítica se han sumado socialdemócratas como la primera ministra danesa y países vecinos como Francia han llegado a plantearse el control de frontera con España. Sánchez ha respondido criticando duramente lo que ha calificado como egoísmo de los países que han criticado a su gobierno, pero olvida que cada vez que ha tomado una posición internacional, como la confrontación con EE UU e Israel o los contactos con el gobierno chino, lo ha hecho movido por intereses políticos locales, dejando, en ocasiones, en apuros a la Unión Europea. La política exterior con Marruecos ha sido inquietante. Después de episodios oscuros, como el presunto espionaje en el caso Pegasus, el repentino cambio de posición respecto al Sahara y la controvertida visita de Sánchez a Argelia, a Rabat no le ha venido mal el incidente. Estados Unidos ha aprovechado para cargar contra el presidente español, culpabilizándole por la regularización de inmigrantes que se ha producido en nuestro país y el gobierno marroquí ha aprovechado para reclamar nuevamente Ceuta y Melilla y generar la imagen de división que se ha visualizado entre los países miembros. La frontera de Ceuta no es un accidente geográfico, es una institución democrática. Sin fronteras no hay ciudadanía, y sin ciudadanía no hay Estado social. Por eso, es inadmisible que el gobierno no tuviese la más
El Gobierno ha oscilado entre el moralismo y la improvisación. Ha presentado la inmigración como una cuestión de gestos
