La política de los Estados redistribuidores difícilmente podría sostenerse en condiciones de transparencia. La indignación de los ciudadanos, si fuéramos conscientes de las usurpaciones reales del poder, privaría a este de su legitimidad coactiva. De ahí la imprescindible «illusione finanziaria» que anticipó hace más de un siglo el hacendista italiano Amilcare Puviani –la analizamos para el caso español en: Hacienda somos todos, cariño, Ediciones Deusto–.. Una reiterada ilustración de esta moderna Torre de Babel es la financiación autonómica, donde nada es lo que parece, y todo contribuye a ocultarle lo fundamental a usted, señora.. No se trata de elegir entre dos bandos: solidaridad vs. ordinalidad, como apuntó John Müller en ABC. En efecto, la solidaridad nunca puede consistir en la redistribución forzada, porque eso equivaldría a identificar a la Santa Madre Teresa de Calcuta con la Agencia Tributaria. La retórica política insiste en asimilarse a la social, y por eso habla de ayuda, solidaridad, empatía, generosidad. etc. Pero si no le dábamos dinero a la Madre Teresa, no nos pasaba nada, al menos en este mundo, mientras que si no pagamos impuestos, podemos acabar en la cárcel.. Esta cruda evidencia se impone a los esfuerzos de brillantes teóricos que se afanan en armonizar la igualdad impuesta con la limitación del poder, imprescindible para la libertad, y terminan mirando hacia otro lado cuando el poder real no les hace ni puñetero caso.. Y así como la solidaridad con el dinero ajeno es como un círculo cuadrado, la ordinalidad es un esquema de pretendida equidad que salta por los aires en manos de la política real, hasta extremos ridículos. Planteada teóricamente para aumentar la igualdad si es un principio general, la práctica política la ahoga en un galimatías conceptual en el que no es fácil reconocer a Rawls ni a Sen, y acaba reduciéndose a una fantasiosa equidad donde lo general es lo particular, y se privilegia a unos a expensas de otros.. Hay dos soluciones, la subversiva y la humorística. La primera consiste en defender la ordinalidad hasta el final, y socavar la lógica intervencionista a escala española, europea y mundial. Y la segunda, más amable, es ver una y otra vez la maravillosa comparecencia de María Jesús Montero en la que intenta explicar la ordinalidad. El desenlace es desopilante y rivaliza con lo más surrealista que haya brotado del genio de Tip.
La solidaridad nunca puede consistir en la redistribución forzada, porque eso equivaldría a identificar a la Santa Madre Teresa de Calcuta con la Agencia Tributaria
La política de los Estados redistribuidores difícilmente podría sostenerse en condiciones de transparencia. La indignación de los ciudadanos, si fuéramos conscientes de las usurpaciones reales del poder, privaría a este de su legitimidad coactiva. De ahí la imprescindible «illusione finanziaria» que anticipó hace más de un siglo el hacendista italiano Amilcare Puviani –la analizamos para el caso español en: Hacienda somos todos, cariño, Ediciones Deusto–.. Una reiterada ilustración de esta moderna Torre de Babel es la financiación autonómica, donde nada es lo que parece, y todo contribuye a ocultarle lo fundamental a usted, señora.. No se trata de elegir entre dos bandos: solidaridad vs. ordinalidad, como apuntó John Müller en ABC. En efecto, la solidaridad nunca puede consistir en la redistribución forzada, porque eso equivaldría a identificar a la Santa Madre Teresa de Calcuta con la Agencia Tributaria. La retórica política insiste en asimilarse a la social, y por eso habla de ayuda, solidaridad, empatía, generosidad. etc. Pero si no le dábamos dinero a la Madre Teresa, no nos pasaba nada, al menos en este mundo, mientras que si no pagamos impuestos, podemos acabar en la cárcel.. Esta cruda evidencia se impone a los esfuerzos de brillantes teóricos que se afanan en armonizar la igualdad impuesta con la limitación del poder, imprescindible para la libertad, y terminan mirando hacia otro lado cuando el poder real no les hace ni puñetero caso.. Y así como la solidaridad con el dinero ajeno es como un círculo cuadrado, la ordinalidad es un esquema de pretendida equidad que salta por los aires en manos de la política real, hasta extremos ridículos. Planteada teóricamente para aumentar la igualdad si es un principio general, la práctica política la ahoga en un galimatías conceptual en el que no es fácil reconocer a Rawls ni a Sen, y acaba reduciéndose a una fantasiosa equidad donde lo general es lo particular, y se privilegia a unos a expensas de otros.. Hay dos soluciones, la subversiva y la humorística. La primera consiste en defender la ordinalidad hasta el final, y socavar la lógica intervencionista a escala española, europea y mundial. Y la segunda, más amable, es ver una y otra vez la maravillosa comparecencia de María Jesús Montero en la que intenta explicar la ordinalidad. El desenlace es desopilante y rivaliza con lo más surrealista que haya brotado del genio de Tip.
