Hay relaciones que lo tienen todo para
funcionar: respeto, calma, estabilidad, cuidado mutuo y ausencia de dramas. Sin
embargo, para algunas personas, ese escenario no despierta mariposas, sino
cansancio y aburrimiento La psicóloga Priscila
Barrera explica el motivo del nacimiento de estos sentimientos con una idea muy clara: “Confundimos la ansiedad con la pasión porque estamos acostumbradas a la montaña rusa”.
La paradoja del ‘chico bueno’
Su reflexión pone palabras a una experiencia más común de lo
que parece. Priscila Barrera explicó la contradicción afectiva, mostrando los dos panoramas que aparecen: “Cuando estás con el
chico bueno, él te cuida, te respeta y te trata bien, pero te aburre y no te
atrae del todo. En cambio, cuando estás con el chico malo, él a veces te llama,
a veces no, a veces te hace sentir única y otras veces te destruye por dentro”.
Esto lleva a que muchas veces se prefiera lo segundo, aunque no sea ni de lejos
lo más recomendable: “Este te vuelve loca, te engancha y siempre estás pensando
en él”.
Ella explica por qué surge este sentimiento: “Y tú crees que
estás muy enamorada, pero no. Dentro de ti vive esa niña abandonada que no tuvo
a papá a su lado. Por eso la calma te aburre porque no se parece en nada a lo
que viviste y sigues buscando a papá en los chicos malos. ¿Hasta cuándo vas a
dejar de buscar a papá en tus parejas?”.
La psicóloga apunta a la infancia: tendemos a sentirnos
atraídos por lo familiar, por lo que se ha vivido años atrás. Cuando una
persona ha crecido en un entorno en el que el afecto era irregular,
imprevisible o condicionado, la tranquilidad puede generar una sensación
extraña, casi de vacío. No porque falte amor, sino porque el sistema emocional
está acostumbrado al vaivén.
Cuando la calma resulta incómoda
Una relación estable puede interpretarse erróneamente como
falta de pasión. La otra persona no desaparece, no castiga, no confunde ni
genera ansiedad. Y precisamente por eso, quien arrastra experiencias de
abandono o desatención puede experimentar desajuste: no hay persecución, no hay
urgencia, no hay pico emocional. Solo hay una normalidad que, lejos de resultar
reparadora al principio, puede parecer insípida.
Ahí está una de las claves del debate actual sobre vínculos
y apego: el amor sano no siempre se siente como en las películas. A veces se
construye desde la pausa, la coherencia y la seguridad. Y eso exige desaprender
patrones que han sido reforzados durante años. La intensidad, en cambio, suele
ofrecer una recompensa inmediata, pero también desgaste, incertidumbre y
dependencia emocional.
Un origen muy habitual
El mensaje de Priscila Barrera conecta con muchas personas
porque pone el foco en una verdad incómoda: no siempre elegimos desde la
libertad, sino desde la herida. Cuando alguien busca una pareja imposible,
inestable o emocionalmente inaccesible, puede estar intentando resolver un
conflicto antiguo a través de una relación presente. El problema es que ese
intento rara vez funciona. Repetir el patrón no cura el origen, solo lo
prolonga.
Identificar estas dinámicas es un primer paso
imprescindible. Preguntarse por qué la calma incomoda, por qué lo disponible no
atrae o por qué lo intermitente obsesiona puede abrir la puerta a una relación
más consciente. El objetivo no es idealizar al “chico bueno” ni demonizar el
deseo, sino entender que el amor de verdad no tiene por qué doler para sentirse
real. A veces el problema no está en la persona que tenemos delante, sino en
todo lo que esa relación despierta de nuestra historia.
Hay relaciones que lo tienen todo para funcionar: respeto, calma, estabilidad, cuidado mutuo y ausencia de dramas. Sin embargo, para algunas personas, ese escenario no despierta mariposas, sino cansancio y aburrimiento La psicóloga Priscila Barrera explica el motivo del nacimiento de estos sentimientos con una idea muy clara: “Confundimos la ansiedad con la pasión porque estamos acostumbradas a la montaña rusa”.. La paradoja del ‘chico bueno’. Su reflexión pone palabras a una experiencia más común de lo que parece. Priscila Barrera explicó la contradicción afectiva, mostrando los dos panoramas que aparecen: “Cuando estás con el chico bueno, él te cuida, te respeta y te trata bien, pero te aburre y no te atrae del todo. En cambio, cuando estás con el chico malo, él a veces te llama, a veces no, a veces te hace sentir única y otras veces te destruye por dentro”. Esto lleva a que muchas veces se prefiera lo segundo, aunque no sea ni de lejos lo más recomendable: “Este te vuelve loca, te engancha y siempre estás pensando en él”.. Ella explica por qué surge este sentimiento: “Y tú crees que estás muy enamorada, pero no. Dentro de ti vive esa niña abandonada que no tuvo a papá a su lado. Por eso la calma te aburre porque no se parece en nada a lo que viviste y sigues buscando a papá en los chicos malos. ¿Hasta cuándo vas a dejar de buscar a papá en tus parejas?”.. La psicóloga apunta a la infancia: tendemos a sentirnos atraídos por lo familiar, por lo que se ha vivido años atrás. Cuando una persona ha crecido en un entorno en el que el afecto era irregular, imprevisible o condicionado, la tranquilidad puede generar una sensación extraña, casi de vacío. No porque falte amor, sino porque el sistema emocional está acostumbrado al vaivén.. Cuando la calma resulta incómoda. Una relación estable puede interpretarse erróneamente como falta de pasión. La otra persona no desaparece, no castiga, no confunde ni genera ansiedad. Y precisamente por eso, quien arrastra experiencias de abandono o desatención puede experimentar desajuste: no hay persecución, no hay urgencia, no hay pico emocional. Solo hay una normalidad que, lejos de resultar reparadora al principio, puede parecer insípida.. Ahí está una de las claves del debate actual sobre vínculos y apego: el amor sano no siempre se siente como en las películas. A veces se construye desde la pausa, la coherencia y la seguridad. Y eso exige desaprender patrones que han sido reforzados durante años. La intensidad, en cambio, suele ofrecer una recompensa inmediata, pero también desgaste, incertidumbre y dependencia emocional.. Un origen muy habitual. El mensaje de Priscila Barrera conecta con muchas personas porque pone el foco en una verdad incómoda: no siempre elegimos desde la libertad, sino desde la herida. Cuando alguien busca una pareja imposible, inestable o emocionalmente inaccesible, puede estar intentando resolver un conflicto antiguo a través de una relación presente. El problema es que ese intento rara vez funciona. Repetir el patrón no cura el origen, solo lo prolonga.. Identificar estas dinámicas es un primer paso imprescindible. Preguntarse por qué la calma incomoda, por qué lo disponible no atrae o por qué lo intermitente obsesiona puede abrir la puerta a una relación más consciente. El objetivo no es idealizar al “chico bueno” ni demonizar el deseo, sino entender que el amor de verdad no tiene por qué doler para sentirse real. A veces el problema no está en la persona que tenemos delante, sino en todo lo que esa relación despierta de nuestra historia.
La especialista explica el origen de este sentimiento tan habitual en las relaciones de pareja actualmente
Hay relaciones que lo tienen todo para funcionar: respeto, calma, estabilidad, cuidado mutuo y ausencia de dramas. Sin embargo, para algunas personas, ese escenario no despierta mariposas, sino cansancio y aburrimiento La psicóloga Priscila Barrera explica el motivo del nacimiento de estos sentimientos con una idea muy clara: “Confundimos la ansiedad con la pasión porque estamos acostumbradas a la montaña rusa”.. La paradoja del ‘chico bueno’. Su reflexión pone palabras a una experiencia más común de lo que parece. Priscila Barrera explicó la contradicción afectiva, mostrando los dos panoramas que aparecen: “Cuando estás con el chico bueno, él te cuida, te respeta y te trata bien, pero te aburre y no te atrae del todo. En cambio, cuando estás con el chico malo, él a veces te llama, a veces no, a veces te hace sentir única y otras veces te destruye por dentro”. Esto lleva a que muchas veces se prefiera lo segundo, aunque no sea ni de lejos lo más recomendable: “Este te vuelve loca, te engancha y siempre estás pensando en él”.. Ella explica por qué surge este sentimiento: “Y tú crees que estás muy enamorada, pero no. Dentro de ti vive esa niña abandonada que no tuvo a papá a su lado. Por eso la calma te aburre porque no se parece en nada a lo que viviste y sigues buscando a papá en los chicos malos. ¿Hasta cuándo vas a dejar de buscar a papá en tus parejas?”.. La psicóloga apunta a la infancia: tendemos a sentirnos atraídos por lo familiar, por lo que se ha vivido años atrás. Cuando una persona ha crecido en un entorno en el que el afecto era irregular, imprevisible o condicionado, la tranquilidad puede generar una sensación extraña, casi de vacío. No porque falte amor, sino porque el sistema emocional está acostumbrado al vaivén.. Cuando la calma resulta incómoda. Una relación estable puede interpretarse erróneamente como falta de pasión. La otra persona no desaparece, no castiga, no confunde ni genera ansiedad. Y precisamente por eso, quien arrastra experiencias de abandono o desatención puede experimentar desajuste: no hay persecución, no hay urgencia, no hay pico emocional. Solo hay una normalidad que, lejos de resultar reparadora al principio, puede parecer insípida.. Ahí está una de las claves del debate actual sobre vínculos y apego: el amor sano no siempre se siente como en las películas. A veces se construye desde la pausa, la coherencia y la seguridad. Y eso exige desaprender patrones que han sido reforzados durante años. La intensidad, en cambio, suele ofrecer una recompensa inmediata, pero también desgaste, incertidumbre y dependencia emocional.. Un origen muy habitual. El mensaje de Priscila Barrera conecta con muchas personas porque pone el foco en una verdad incómoda: no siempre elegimos desde la libertad, sino desde la herida. Cuando alguien busca una pareja imposible, inestable o emocionalmente inaccesible, puede estar intentando resolver un conflicto antiguo a través de una relación presente. El problema es que ese intento rara vez funciona. Repetir el patrón no cura el origen, solo lo prolonga.. Identificar estas dinámicas es un primer paso imprescindible. Preguntarse por qué la calma incomoda, por qué lo disponible no atrae o por qué lo intermitente obsesiona puede abrir la puerta a una relación más consciente. El objetivo no es idealizar al “chico bueno” ni demonizar el deseo, sino entender que el amor de verdad no tiene por qué doler para sentirse real. A veces el problema no está en la persona que tenemos delante, sino en todo lo que esa relación despierta de nuestra historia.
