El escritor Manel Loureiro ha compartido en redes sociales una experiencia vivida en un aeropuerto que ha terminado convirtiéndose en una reflexión sobre la empatía y el trato que reciben los trabajadores de atención al público.
Todo comenzó después de perder un vuelo debido al retraso de una conexión previa. Según explicó el autor, llegó tarde a la terminal y ya no pudo embarcar en el avión que debía llevarle a casa.
“Ayer perdí el vuelo de Iberia a casa. Mi avión previo llegó tarde a la T4 y ya no pude embarcar”, relató. Sin embargo, restó importancia al incidente y señaló que este tipo de situaciones son relativamente habituales para quienes vuelan con frecuencia. “No pasa nada, son cosas que suceden de vez en cuando”.
Una escena que terminó marcándole
Mientras esperaba en la cola para que le reasignaran una plaza en otro vuelo y le gestionaran alojamiento para pasar la noche, presenció una escena que terminó marcándole más que la propia cancelación de su viaje.
Según contó, un pasajero comenzó a increpar a una trabajadora encargada de atender a los viajeros afectados por incidencias. Loureiro reconoció que detrás de aquella reacción podían existir horas de espera, cansancio y frustración acumulada, pero consideró injustificable la forma en la que el hombre se dirigió a la empleada.
“El hombre estaba siendo tan cruel”, escribió el novelista, quien explicó que cuando llegó su turno descubrió que la trabajadora apenas podía contener las lágrimas. “Me di cuenta de que la muchacha del mostrador tenía los ojos anegados en lágrimas”, recordó.
Ante la situación, decidió preguntarle cómo se llamaba y ofrecerle unos minutos para recuperarse antes de continuar atendiéndole. “Le pregunté cómo se llamaba y si quería tomarse un minuto para respirar, que yo podía esperar”, relató.
La empleada aceptó la propuesta y se retiró momentáneamente a una oficina situada detrás del mostrador. Desde fuera, Loureiro observó cómo la trabajadora se apoyaba contra una pared y rompía a llorar. “Pude adivinar cómo se apoyaba en una de ellas y lloraba a rienda suelta con los brazos sobre la cara”, explicó.
Varias horas atendiendo incidencias sin descanso
Cuando regresó, la empleada le contó que llevaba varias horas atendiendo incidencias sin descanso y que el comportamiento de aquel pasajero había terminado por sobrepasarla emocionalmente.
A partir de esa experiencia, el escritor quiso lanzar una reflexión dirigida a quienes se encuentran con frecuencia en situaciones similares en aeropuertos, estaciones o cualquier otro servicio de atención al público. “Recordad que al otro lado también hay una persona, que puede estar llevando un día de mierda”, escribió. Además, explicó que quienes atienden este tipo de incidencias no suelen ser responsables directos de los problemas que originan las quejas de los clientes.
El mensaje concluyó con un reconocimiento expreso a la trabajadora, identificada como Cristina. “Cristina de Iberia, si estás leyendo esto, que sepas que eres genial y que haces tu trabajo de fábula”, escribió. Aunque reservó sus palabras más duras para el pasajero que había presenciado minutos antes. “Y que el tipo del mostrador era un perfecto gilipollas”, concluyó con ironía.
El escritor Manel Loureiro ha compartido en redes sociales una experiencia vivida en un aeropuerto que ha terminado convirtiéndose en una reflexión sobre la empatía y el trato que reciben los trabajadores de atención al público.. Todo comenzó después de perder un vuelo debido al retraso de una conexión previa. Según explicó el autor, llegó tarde a la terminal y ya no pudo embarcar en el avión que debía llevarle a casa.. “Ayer perdí el vuelo de Iberia a casa. Mi avión previo llegó tarde a la T4 y ya no pude embarcar”, relató. Sin embargo, restó importancia al incidente y señaló que este tipo de situaciones son relativamente habituales para quienes vuelan con frecuencia. “No pasa nada, son cosas que suceden de vez en cuando”.. Una escena que terminó marcándole. Mientras esperaba en la cola para que le reasignaran una plaza en otro vuelo y le gestionaran alojamiento para pasar la noche, presenció una escena que terminó marcándole más que la propia cancelación de su viaje.. Según contó, un pasajero comenzó a increpar a una trabajadora encargada de atender a los viajeros afectados por incidencias. Loureiro reconoció que detrás de aquella reacción podían existir horas de espera, cansancio y frustración acumulada, pero consideró injustificable la forma en la que el hombre se dirigió a la empleada.. “El hombre estaba siendo tan cruel”, escribió el novelista, quien explicó que cuando llegó su turno descubrió que la trabajadora apenas podía contener las lágrimas. “Me di cuenta de que la muchacha del mostrador tenía los ojos anegados en lágrimas”, recordó.. Ante la situación, decidió preguntarle cómo se llamaba y ofrecerle unos minutos para recuperarse antes de continuar atendiéndole. “Le pregunté cómo se llamaba y si quería tomarse un minuto para respirar, que yo podía esperar”, relató.. La empleada aceptó la propuesta y se retiró momentáneamente a una oficina situada detrás del mostrador. Desde fuera, Loureiro observó cómo la trabajadora se apoyaba contra una pared y rompía a llorar. “Pude adivinar cómo se apoyaba en una de ellas y lloraba a rienda suelta con los brazos sobre la cara”, explicó.. Varias horas atendiendo incidencias sin descanso. Cuando regresó, la empleada le contó que llevaba varias horas atendiendo incidencias sin descanso y que el comportamiento de aquel pasajero había terminado por sobrepasarla emocionalmente.. A partir de esa experiencia, el escritor quiso lanzar una reflexión dirigida a quienes se encuentran con frecuencia en situaciones similares en aeropuertos, estaciones o cualquier otro servicio de atención al público. “Recordad que al otro lado también hay una persona, que puede estar llevando un día de mierda”, escribió. Además, explicó que quienes atienden este tipo de incidencias no suelen ser responsables directos de los problemas que originan las quejas de los clientes.. El mensaje concluyó con un reconocimiento expreso a la trabajadora, identificada como Cristina. “Cristina de Iberia, si estás leyendo esto, que sepas que eres genial y que haces tu trabajo de fábula”, escribió. Aunque reservó sus palabras más duras para el pasajero que había presenciado minutos antes. “Y que el tipo del mostrador era un perfecto gilipollas”, concluyó con ironía.
El gallego fue testigo de cómo un cliente abroncó a una trabajadora de la compañía aérea
El escritor Manel Loureiro ha compartido en redes sociales una experiencia vivida en un aeropuerto que ha terminado convirtiéndose en una reflexión sobre la empatía y el trato que reciben los trabajadores de atención al público.. Todo comenzó después de perder un vuelo debido al retraso de una conexión previa. Según explicó el autor, llegó tarde a la terminal y ya no pudo embarcar en el avión que debía llevarle a casa.. “Ayer perdí el vuelo de Iberia a casa. Mi avión previo llegó tarde a la T4 y ya no pude embarcar”, relató. Sin embargo, restó importancia al incidente y señaló que este tipo de situaciones son relativamente habituales para quienes vuelan con frecuencia. “No pasa nada, son cosas que suceden de vez en cuando”.. Una escena que terminó marcándole. Mientras esperaba en la cola para que le reasignaran una plaza en otro vuelo y le gestionaran alojamiento para pasar la noche, presenció una escena que terminó marcándole más que la propia cancelación de su viaje.. Según contó, un pasajero comenzó a increpar a una trabajadora encargada de atender a los viajeros afectados por incidencias. Loureiro reconoció que detrás de aquella reacción podían existir horas de espera, cansancio y frustración acumulada, pero consideró injustificable la forma en la que el hombre se dirigió a la empleada.. “El hombre estaba siendo tan cruel”, escribió el novelista, quien explicó que cuando llegó su turno descubrió que la trabajadora apenas podía contener las lágrimas. “Me di cuenta de que la muchacha del mostrador tenía los ojos anegados en lágrimas”, recordó.. Ante la situación, decidió preguntarle cómo se llamaba y ofrecerle unos minutos para recuperarse antes de continuar atendiéndole. “Le pregunté cómo se llamaba y si quería tomarse un minuto para respirar, que yo podía esperar”, relató.. La empleada aceptó la propuesta y se retiró momentáneamente a una oficina situada detrás del mostrador. Desde fuera, Loureiro observó cómo la trabajadora se apoyaba contra una pared y rompía a llorar. “Pude adivinar cómo se apoyaba en una de ellas y lloraba a rienda suelta con los brazos sobre la cara”, explicó.. Varias horas atendiendo incidencias sin descanso. Cuando regresó, la empleada le contó que llevaba varias horas atendiendo incidencias sin descanso y que el comportamiento de aquel pasajero había terminado por sobrepasarla emocionalmente.. A partir de esa experiencia, el escritor quiso lanzar una reflexión dirigida a quienes se encuentran con frecuencia en situaciones similares en aeropuertos, estaciones o cualquier otro servicio de atención al público. “Recordad que al otro lado también hay una persona, que puede estar llevando un día de mierda”, escribió. Además, explicó que quienes atienden este tipo de incidencias no suelen ser responsables directos de los problemas que originan las quejas de los clientes.. El mensaje concluyó con un reconocimiento expreso a la trabajadora, identificada como Cristina. “Cristina de Iberia, si estás leyendo esto, que sepas que eres genial y que haces tu trabajo de fábula”, escribió. Aunque reservó sus palabras más duras para el pasajero que había presenciado minutos antes. “Y que el tipo del mostrador era un perfecto gilipollas”, concluyó con ironía.
