La emoción se palpa en el Centro de acogida de los sintecho que gestiona Cáritas en el madrileño barrio Lucero. Decenas de personas esperan la llegada del Papa con nervios, ilusión y la sensación de estar viviendo un momento que nunca olvidarán. Entre ellas se encuentra Maruja, de 97 años, que llega en silla de ruedas procedente de la residencia Fundación Santa Lucía de Cáritas, en Moratalaz, cuya historia refleja la cercanía que muchos sienten hacia el Pontífice.
Cuando León XIV fue nombrado decidió escribirle una carta. «No pedía nada. Solo quería darle las gracias y pedirle ayuda espiritual». Para su sorpresa, recibió respuesta. “Escribí y me respondió”, cuenta emocionada. Ahora, poder verle en persona supone para ella un regalo inesperado. “Es una alegría inmensa”, asegura con lágrimas en los ojos.
Maruja, que trabajo en un laboratorio en Madrid, asegura que ha dedicado toda su vida a los demás. Por eso, cuando la preguntan por el secreto de una existencia tan larga y plena, responde sin dudar: “La clave es hacer feliz a todo el mundo”.
A pocos metros espera también Angie, hondureña afincada en Vallecas desde hace un año. Para ella, la visita del Papa es un acontecimiento extraordinario. “Es una emoción muy grande conocerlo”, explica poco antes de tomar asiento expectante e ilusionada.
Angie admira especialmente la sensibilidad que el Pontífice muestra hacia las personas más vulnerables. “Es una persona excelente, que mira las necesidades que tienen las personas”, afirma. Reconoce además que una visita de estas características no es habitual en su país de origen. “En nuestro país no se da algo así”, comenta.
Otras peruanas del barrio Lucero aguardan al Pontífice cargadas con una pancarta: «Chiclayo, Perú presente, con amor para el Papa», puede leerse en la pancarta mientras aguardan la fila de entrada al recinto del Cedia». Se muestran agradecidas de su paso por Perú: «Ha cambiado mucho allí. Tiene cara de Ángel», aseguran Verónica, Rosa y Liliana mientras agitan con entusiasmo su pancarta de bienvenida.
La emoción se palpa en el Centro de acogida de los sintecho que gestiona Cáritas en el madrileño barrio Lucero. Decenas de personas esperan la llegada del Papa con nervios, ilusión y la sensación de estar viviendo un momento que nunca olvidarán. Entre ellas se encuentra Maruja, de 97 años, que llega en silla de ruedas procedente de la residencia Fundación Santa Lucía de Cáritas, en Moratalaz, cuya historia refleja la cercanía que muchos sienten hacia el Pontífice.. Cuando León XIV fue nombrado decidió escribirle una carta. «No pedía nada. Solo quería darle las gracias y pedirle ayuda espiritual». Para su sorpresa, recibió respuesta. “Escribí y me respondió”, cuenta emocionada. Ahora, poder verle en persona supone para ella un regalo inesperado. “Es una alegría inmensa”, asegura con lágrimas en los ojos.. Maruja, que trabajo en un laboratorio en Madrid, asegura que ha dedicado toda su vida a los demás. Por eso, cuando la preguntan por el secreto de una existencia tan larga y plena, responde sin dudar: “La clave es hacer feliz a todo el mundo”.. A pocos metros espera también Angie, hondureña afincada en Vallecas desde hace un año. Para ella, la visita del Papa es un acontecimiento extraordinario. “Es una emoción muy grande conocerlo”, explica poco antes de tomar asiento expectante e ilusionada.. Angie admira especialmente la sensibilidad que el Pontífice muestra hacia las personas más vulnerables. “Es una persona excelente, que mira las necesidades que tienen las personas”, afirma. Reconoce además que una visita de estas características no es habitual en su país de origen. “En nuestro país no se da algo así”, comenta.. Otras peruanas del barrio Lucero aguardan al Pontífice cargadas con una pancarta: «Chiclayo, Perú presente, con amor para el Papa», puede leerse en la pancarta mientras aguardan la fila de entrada al recinto del Cedia». Se muestran agradecidas de su paso por Perú: «Ha cambiado mucho allí. Tiene cara de Ángel», aseguran Verónica, Rosa y Liliana mientras agitan con entusiasmo su pancarta de bienvenida.
Emoción entre los asistentes al CEDIA de Cáritas para ver al Pontífice
La emoción se palpa en el Centro de acogida de los sintecho que gestiona Cáritas en el madrileño barrio Lucero. Decenas de personas esperan la llegada del Papa con nervios, ilusión y la sensación de estar viviendo un momento que nunca olvidarán. Entre ellas se encuentra Maruja, de 97 años, que llega en silla de ruedas procedente de la residencia Fundación Santa Lucía de Cáritas, en Moratalaz, cuya historia refleja la cercanía que muchos sienten hacia el Pontífice.. Cuando León XIV fue nombrado decidió escribirle una carta. «No pedía nada. Solo quería darle las gracias y pedirle ayuda espiritual». Para su sorpresa, recibió respuesta. “Escribí y me respondió”, cuenta emocionada. Ahora, poder verle en persona supone para ella un regalo inesperado. “Es una alegría inmensa”, asegura con lágrimas en los ojos.. Maruja, que trabajo en un laboratorio en Madrid, asegura que ha dedicado toda su vida a los demás. Por eso, cuando la preguntan por el secreto de una existencia tan larga y plena, responde sin dudar: “La clave es hacer feliz a todo el mundo”.. A pocos metros espera también Angie, hondureña afincada en Vallecas desde hace un año. Para ella, la visita del Papa es un acontecimiento extraordinario. “Es una emoción muy grande conocerlo”, explica poco antes de tomar asiento expectante e ilusionada.. Angie admira especialmente la sensibilidad que el Pontífice muestra hacia las personas más vulnerables. “Es una persona excelente, que mira las necesidades que tienen las personas”, afirma. Reconoce además que una visita de estas características no es habitual en su país de origen. “En nuestro país no se da algo así”, comenta.. Otras peruanas del barrio Lucero aguardan al Pontífice cargadas con una pancarta: «Chiclayo, Perú presente, con amor para el Papa», puede leerse en la pancarta mientras aguardan la fila de entrada al recinto del Cedia». Se muestran agradecidas de su paso por Perú: «Ha cambiado mucho allí. Tiene cara de Ángel», aseguran Verónica, Rosa y Liliana mientras agitan con entusiasmo su pancarta de bienvenida.
