Si aceptamos que la derecha es el mal absoluto, sin molécula alguna de bien, y que la izquierda, cuando busca el poder, lo hace desde la bondad, el altruismo y la voluntad de conformar una sociedad feliz, igualitaria y concienciada ambientalmente, llegaremos a la misma conclusión iluminadora que Daniel Ortega, que hay que prohibir las elecciones «para que ellos», los partidos opositores, «no intenten por ahí atrapar el gobierno, atrapar el poder». Y como el movimiento se demuestra andando, el viejo líder sandinista, hoy trasunto de un monarca absolutista, se dispone a hacer aprobar unas leyes «que le pongan un muro, un bloque a los golpistas (…) Elecciones sí, pero elecciones propias, de nuestro pueblo bendito, organizadas desde nuestra soberanía nacional». Sinceramente, creo que es una solución perfecta para el problema que tiene España en estos momentos, con una derecha golpista, prácticamente nazi, en acertado paralelismo de la ministra Morant; coaligada con un poder judicial y unas élites económicas que beben directamente del franquismo y que conspiran contra un Gobierno que, es sabido, es socialista porque es feminista y no tiene otra aspiración que dar, darse, a los españoles sin esperar nada a cambio. Un Gobierno en el que las joyas, cuando las hay, no tienen objeto patrimonial, es decir, son poco más que chapas de cerveza ilustradas, como aquellas con las que jugábamos de niños a la Vuelta ciclista. Además, sin elecciones, sin posibilidad de que la malvada derecha y ultraderecha intenten atrapar el poder, nuestros ministros más excelsos, como Óscar Puente y Óscar López, podrán dedicarse tranquilamente a lo suyo –no sé a qué se dedica López, pero imagino que será importante–, se darán de baja en las redes sociales, donde solo se escuchará una voz, la voz de la justicia social y el amor ciudadano, y no tendrán que mantener esbirros, zapadores de batalla, que comen mucho, en las delegaciones del Gobierno. Pero, y es lo más importante, se desvanecerán por el horizonte gentes como la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, esa política que se ha rodeado de buenos técnicos en cada campo –tiene un exjefe de bomberos e ingeniero agrónomo, Carlos Novillo, como consejero de Medio Ambiente, Agricultura e Interior–, hasta el punto de que en un tiempo récord, hablamos de escasas seis horas, ya pudo intuir con datos la tragedia que se avecinaba con los incendios declarados en el oeste de Madrid, Toledo y Ávila y decidió solicitar la declaración de emergencia nacional, fuera de cualquier consideración política partidista. Mientras el delegado del Gobierno, Francisco Martín, hacía palotes en el cuaderno Rubio de primer año y el ministro de Transportes afilaba la lengua y buscaba cloacas donde abrevar, el sistema de emergencia nacional se ponía en marcha; el Gobierno tenía que reconocer que había dejado diezmarse la flota de aviones bomberos y pedía ayuda a la Unión Europea, el mando conjun
Sin las molestas elecciones, Sánchez podrá hacer de España ese paraíso donde las ardillas saltaban de árbol en árbol
Si aceptamos que la derecha es el mal absoluto, sin molécula alguna de bien, y que la izquierda, cuando busca el poder, lo hace desde la bondad, el altruismo y la voluntad de conformar una sociedad feliz, igualitaria y concienciada ambientalmente, llegaremos a la misma conclusión iluminadora que Daniel Ortega, que hay que prohibir las elecciones «para que ellos», los partidos opositores, «no intenten por ahí atrapar el gobierno, atrapar el poder». Y como el movimiento se demuestra andando, el viejo líder sandinista, hoy trasunto de un monarca absolutista, se dispone a hacer aprobar unas leyes «que le pongan un muro, un bloque a los golpistas (…) Elecciones sí, pero elecciones propias, de nuestro pueblo bendito, organizadas desde nuestra soberanía nacional». Sinceramente, creo que es una solución perfecta para el problema que tiene España en estos momentos, con una derecha golpista, prácticamente nazi, en acertado paralelismo de la ministra Morant; coaligada con un poder judicial y unas élites económicas que beben directamente del franquismo y que conspiran contra un Gobierno que, es sabido, es socialista porque es feminista y no tiene otra aspiración que dar, darse, a los españoles sin esperar nada a cambio. Un Gobierno en el que las joyas, cuando las hay, no tienen objeto patrimonial, es decir, son poco más que chapas de cerveza ilustradas, como aquellas con las que jugábamos de niños a la Vuelta ciclista. Además, sin elecciones, sin posibilidad de que la malvada derecha y ultraderecha intenten atrapar el poder, nuestros ministros más excelsos, como Óscar Puente y Óscar López, podrán dedicarse tranquilamente a lo suyo –no sé a qué se dedica López, pero imagino que será importante–, se darán de baja en las redes sociales, donde solo se escuchará una voz, la voz de la justicia social y el amor ciudadano, y no tendrán que mantener esbirros, zapadores de batalla, que comen mucho, en las delegaciones del Gobierno. Pero, y es lo más importante, se desvanecerán por el horizonte gentes como la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, esa política que se ha rodeado de buenos técnicos en cada campo –tiene un exjefe de bomberos e ingeniero agrónomo, Carlos Novillo, como consejero de Medio Ambiente, Agricultura e Interior–, hasta el punto de que en un tiempo récord, hablamos de escasas seis horas, ya pudo intuir con datos la tragedia que se avecinaba con los incendios declarados en el oeste de Madrid, Toledo y Ávila y decidió solicitar la declaración de emergencia nacional, fuera de cualquier consideración política partidista. Mientras el delegado del Gobierno, Francisco Martín, hacía palotes en el cuaderno Rubio de primer año y el ministro de Transportes afilaba la lengua y buscaba cloacas donde abrevar, el sistema de emergencia nacional se ponía en marcha; el Gobierno tenía que reconocer que había dejado diezmarse la flota de aviones bomberos y pedía ayuda a la Unión Europea, el mando conjun
