Cuando arde el monte, hay riesgo para la vida de las personas y están en juego las casas de mucha gente, hay quien se pone a trabajar y hay quien se pone a tuitear. Es en estas ocasiones cuando cada cual se muestra como es. Aquellos que se ponen a la tarea de colaborar, lo harán con más o menos acierto. Aquellos que se ponen a tuitear nos permiten descifrar lo más profundo de su estulticia. El ministro del Interior, que acumula motivos para haber dejado de serlo desde hace años, ha sido, sin embargo, quien ha sabido asumir la responsabilidad que le correspondía en los incendios que arrasan un amplio territorio en los límites de la Comunidad de Madrid con las provincias de Ávila y Toledo. Dado que el fuego no entiende de repartos competenciales ni ve las rayas que nosotros sí vemos en los mapas, tiene toda la lógica política y operativa que el control de las operaciones se centralice en el Gobierno de la Nación, que existe, aunque algunos aspirantes a lendakaris sean incapaces de guardarse el prurito de que no les arrebaten la autoridad, no vaya a parecer que no saben o no pueden. De haberse aplicado la emergencia nacional a tiempo, quizá la tragedia de la dana de Valencia no hubiese alcanzado tal magnitud. Y nada muestra con más claridad la necesidad de ayuda, que la llamada realizada a Bruselas por el Gobierno de Pedro Sánchez. Porque, sí, también se necesitaba la aportación europea para enfrentarse a un fuego desbocado. ¿Desautoriza eso a Moncloa? Todo lo contrario: es un ejemplo de responsabilidad, porque catástrofes como estas quedan fuera de la capacidad que pueda tener una sola administración. Al margen de estas obviedades están aquellos que solo se sienten visibles en un conflicto sin pausa. Nada hay para ellos que merezca una tregua en la batalla política. Todo es guerra y arrebato. Lucha perpetua, sin que el riesgo para la vida y la hacienda de las personas, y el peligro para nuestro hábitat natural sea motivo suficiente para dejar de echarle más madera a la caldera de la confrontación. Pero la gente tiene memoria.
«Ardiendo el monte y las casas, aquellos que se ponen a tuitear nos permiten descifrar lo más profundo de su estulticia»
Cuando arde el monte, hay riesgo para la vida de las personas y están en juego las casas de mucha gente, hay quien se pone a trabajar y hay quien se pone a tuitear. Es en estas ocasiones cuando cada cual se muestra como es. Aquellos que se ponen a la tarea de colaborar, lo harán con más o menos acierto. Aquellos que se ponen a tuitear nos permiten descifrar lo más profundo de su estulticia.El ministro del Interior, que acumula motivos para haber dejado de serlo desde hace años, ha sido, sin embargo, quien ha sabido asumir la responsabilidad que le correspondía en los incendios que arrasan un amplio territorio en los límites de la Comunidad de Madrid con las provincias de Ávila y Toledo. Dado que el fuego no entiende de repartos competenciales ni ve las rayas que nosotros sí vemos en los mapas, tiene toda la lógica política y operativa que el control de las operaciones se centralice en el Gobierno de la Nación, que existe, aunque algunos aspirantes a lendakaris sean incapaces de guardarse el prurito de que no les arrebaten la autoridad, no vaya a parecer que no saben o no pueden.De haberse aplicado la emergencia nacional a tiempo, quizá la tragedia de la dana de Valencia no hubiese alcanzado tal magnitud.Y nada muestra con más claridad la necesidad de ayuda, que la llamada realizada a Bruselas por el Gobierno de Pedro Sánchez. Porque, sí, también se necesitaba la aportación europea para enfrentarse a un fuego desbocado. ¿Desautoriza eso a Moncloa? Todo lo contrario: es un ejemplo de responsabilidad, porque catástrofes como estas quedan fuera de la capacidad que pueda tener una sola administración.Al margen de estas obviedades están aquellos que solo se sienten visibles en un conflicto sin pausa. Nada hay para ellos que merezca una tregua en la batalla política. Todo es guerra y arrebato. Lucha perpetua, sin que el riesgo para la vida y la hacienda de las personas, y el peligro para nuestro hábitat natural sea motivo suficiente para dejar de echarle más madera a la caldera de la confrontación. Pero la gente tiene memoria.
