El negro sigue dominando el paisaje en Les Gavarres. El olor a quemado y los troncos carbonizados son continuos durante kilómetros a ambos lados de la carretera de la Ganga, donde el pasado 3 de julio comenzó el incendio que afectó 2.200 hectáreas, la mayoría de zona forestal, y a una veintena de viviendas. Hoy el bosque ya ha empezado a reconstruirse. La recuperación no será inmediata ni uniforme, pero sí inevitable. “La próxima primavera ya veremos hojas en muchos de estos árboles”, resume Quim Gubau, gerente y máximo responsable técnico del Consorcio de Les Gavarres.Seguir leyendo
El negro sigue dominando el paisaje en Les Gavarres. El olor a quemado y los troncos carbonizados son continuos durante kilómetros a ambos lados de la carretera de la Ganga, donde el pasado 3 de julio comenzó el incendio que afectó 2.200 hectáreas, la mayoría de zona forestal, y a una veintena de viviendas. Hoy el bosque ya ha empezado a reconstruirse. La recuperación no será inmediata ni uniforme, pero sí inevitable. “La próxima primavera ya veremos hojas en muchos de estos árboles”, resume Quim Gubau, gerente y máximo responsable técnico del Consorcio de Les Gavarres.Hace apenas un mes, esta carretera estaba cortada al tráfico. Solo podían circular los vehículos de los Bomberos, los Agentes Rurales y las Agrupaciones de Defensa Forestal mientras intentaban contener un incendio que amenazaba con calcinar entre 7.000 y 30.000 hectáreas. Hoy, entre árboles negros y el gris de las cenizas, el color lo ponen los maillots multicolor de ciclistas y caravanas con matrículas holandesas. Algunos reducen la velocidad para grabar con el móvil un paisaje completamente transformado. De vez en cuando, un helicóptero sobrevuela el macizo, recordando que la vigilancia continúa aunque las llamas hace semanas que desaparecieron.Apenas se oyen pájaros. Durante el incendio todavía era época de cría y muchas aves tenían polluelos en los nidos o jóvenes que aún no podían volar. Los técnicos dan por hecho que la mortalidad fue elevada.La primera señal de vida llega desde el suelo. “Sin haber llovido todavía ya hemos visto madroños con los primeros brotes”, explica Gubau mientras camina entre troncos ennegrecidos. Si el otoño trae lluvias y bajan las temperaturas, el sotobosque comenzará a cubrirse de verde. “Primero rebrotarán madroños, brezos y otras especies arbustivas. Después, durante la próxima primavera, germinarán jaras y otras plantas. El verde empezará a volver entonces”, resume el experto.Gubau clava un hacha en un tronco ennegrecido de un alcornoque de unos cinco metros de altura. Levanta una pequeña lámina de corcho. Debajo, a pocos centímetros, aparece un color marrón claro, intacto. “¿Lo ves? Está vivo”, dice. La explicación está en la propia evolución del bosque mediterráneo. El corcho actúa como un escudo que protege la parte viva del árbol frente al calor. Si las llamas no han consumido toda esa capa protectora, el alcornoque conservará la copa y volverán las hojas en pocos meses. Un ciclista recorre una zona calcinada de Les Gavarres.Carles Ribas“Todas las especies que vemos aquí están acostumbradas a sobrevivir a los incendios”, detalla Gubau. “Las encinas, robles y otras especies tienen la capacidad de rebrotar de cepa, se corta el árbol, pero sigue vivo bajo tierra y empezará a crecer desde cero. Y los pinos u otras coníferas, pese a morir, logran que sus semillas resistan al fuego y germinen de nuevo. Todas estas especies continuarán existiendo después del fuego?
Los primeros brotes asoman entre los troncos calcinados de las 2.200 hectáreas arrasadas por el fuego
