En 1876, Smetana incluyó en su cuarteto De mi vida un armónico agudísimo de violín que imitaba el pitido que oía en su cabeza. Aquel “silbido insoportable en tonos altos”, tal y como lo describió el compositor checo antes de quedarse sordo, se conserva como uno de los primeros testimonios de lo que, a finales del siglo XIX, sería tipificado clínicamente como tinnitus: un trastorno sin cura que rara vez se asocia al ambiente de máxima excelencia de las orquestas sinfónicas, pero que afecta a más del 40% de los músicos profesionales, según un reciente informe de la Academia Americana de Otorrinolaringología.. Seguir leyendo
La incidencia del trastorno auditivo se dispara en los conjuntos sinfónicos, pero la vergüenza y el miedo a las represalias laborales imponen el silencio: “Nadie se atreve a hablar”
En 1876, Smetana incluyó en su cuarteto De mi vida un armónico agudísimo de violín que imitaba el pitido que oía en su cabeza. Aquel “silbido insoportable en tonos altos”, tal y como lo describió el compositor checo antes de quedarse sordo, se conserva como uno de los primeros testimonios de lo que, a finales del siglo XIX, sería tipificado clínicamente como tinnitus: un trastorno sin cura que rara vez se asocia al ambiente de máxima excelencia de las orquestas sinfónicas, pero que afecta a más del 40% de los músicos profesionales, según un reciente informe de la Academia Americana de Otorrinolaringología.. “No es un fenómeno exclusivo de la música clásica, pues la prevalencia de acúfenos es similar en artistas del rock y el pop, pero los efectos del repertorio no amplificado han recibido mucha menos atención, lo que ha contribuido a su infradiagnóstico”, explica Pilar Parreño, viola de la Orquesta de València, miembro fundadora de la Asociación de Músicos Profesionales de Orquestas Sinfónicas (Ampos) y una de las voces más activas en la defensa de la salud laboral de los músicos en España. “Es el gran tabú y estigma de este gremio: muy pocos se atreven a hablar de ello por vergüenza y miedo a las consecuencias”.. Hace ocho años,Julián, nombre ficticio de un contrabajista de una importante orquesta española, experimentó un trauma acústico durante un concierto. “Desde entonces escucho pitidos las 24 horas del día”, revela. “Lo más difícil de sobrellevar no es la pérdida auditiva, que en mi caso no es significativa, sino el trastorno psicológico, pues el estrés aumenta la percepción del tinnitus”. Su ubicación dentro de la orquesta, justo delante de los metales, lo expone a los picos más fuertes de sonido. “Según la sección de instrumentos, te encuentras con músicos que sufren en silencio y otros que apenas perciben el problema”, dice.. La Banda Sinfónica Municipal de Valencia, en un concierto el pasado febrero. Jorge Gil (Europa Press/Getty Images). La investigadora María José Laguna publicó en 2016 uno de los estudios más completos realizados en Europa sobre los riesgos derivados del ruido en orquestas sinfónicas. Sus conclusiones fueron contundentes: “En apenas dos o tres horas de ensayo, un intérprete puede superar perfectamente la dosis diaria de ruido permitida”, explica la especialista y técnica en periciales de hipoacusia. “En los procesos judiciales cuesta mucho acreditar la exposición real al ruido, pues la normativa y los sistemas de medición no están pensados para este entorno laboral y tienden a infravalorar su impacto en los músicos”.. La Ley del Ruido de 2006 no se adaptó al sector de la música clásica hasta dos años más tarde. “Aquello desató una oleada de neurosis colectiva: muchos pensaban que iban a tener que tocar más flojo o que se dejaría de programar a Wagner y Strauss”, recuerda Patrick Alfaya, exgerente de varias orquestas y actual director artístico de la Quincena Musical de San Sebastián. “Los sindicatos reaccionaron con mucha energía al principio, pero recogieron cable cuando hubo que cuadrar las cuentas. Poco cabía esperar de una ley pensada para limitar los decibelios de un martillo neumático en una fábrica”.. A falta de cifras oficiales, se estima que la incidencia de tinnitus y otras lesiones auditivas entre los músicos de orquesta podría triplicar la de la población general. “Los planes de prevención no funcionan porque nadie se los toma en serio y se contratan servicios básicos”, se queja Parreño. “Frente a las medidas efectivas que nosotros proponemos, como la gestión de la programación y la elección responsable de las obras, la rotación y distancia entre los músicos o la instalación de pantallas acústicas homologadas, muchos gerentes optan por repartir tapones para evitar posibles demandas”.. La Orquesta Sinfónica de RTVE durante un concierto de las Juventudes Musicales de España, el pasado marzo.Ricardo Rubio (Europa Press). Los protectores auditivos, conocidos como EPI, son en ocasiones el origen de males aún mayores. A Aritz García de Albéniz, trompista de la Orquesta Sinfónica de Navarra, le han provocado barotraumas en varias ocasiones debido a la presión del aire en el oído taponado. “Pérdida de audición, dolor, mareos… En esos momentos mis hijos me hablan y no los oigo, pero si gritan, me hacen daño”. Algo parecido le ocurrió a María Rubio Navarro, trompa solista de la Orquesta de València: “Los EPI me causaron una disfunción tubárica en el oído izquierdo. De no haberlo pillado a tiempo, la lesión habría sido irreversible”.. Gerard Beltran lleva 26 años como fagotista en la Orquestra Simfònica Illes Balears. Su atril, frente a los metales, está expuesto a ráfagas de 135 decibelios, más de cincuenta por encima del límite permitido y el equivalente al despegue de un avión a reacción. “La orquesta ha invertido en pantallas de alta calidad, pero no siempre es suficiente y con los años el ruido se vuelve insoportable”, lamenta. “Afortunadamente, el pitido que escucho en ambos oídos no me impide desempeñar bien mi trabajo, pero me he topado muchas veces con el muro de la incomprensión: el tinnitus es tan real como difícil de demostrar”.. Pedro Cobo, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y coautor junto a María Cuesta Ruiz de ¿Qué sabemos de? Los acúfenos (Catarata), confirma que no existe una prueba objetiva de diagnóstico. “Sin un biomarcador, el tinnitus se vuelve invisible ante una mutua o un juez”, explica el especialista, que trabaja en terapias sonoras para reducir el sufrimiento emocional asociado a un trastorno sin tratamiento farmacológico aprobado. “Muchos músicos afectados desarrollan complejos por temor a equivocarse o no estar a la altura”, señala. “Es la respuesta lógica a un entorno exigente que no reconoce su enfermedad como tal”.. La lesión auditiva de Ximo Carrascosa, percusionista de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa desde 1988, se produjo durante sus años de formación en el conservatorio, antes de llegar a la orquesta. “En mi caso no hubo una negligencia puntual, sino una suma de factores relacionados con el vacío informativo y la ausencia de una cultura preventiva”, reconoce. “Para cuando aparecieron los primeros tapones y pantallas, el daño ya estaba hecho”. Y añade: “Me considero afortunado, pues con el tiempo he aprendido a vivir con los acúfenos, pero para mucha gente de mi alrededor suponen una auténtica tortura”.. No hay solución quirúrgica para este tipo de acúfeno, el llamado subjetivo, por lo que la atención se centra en aliviar los síntomas. La cirujana otológica Chris Aldren distingue varios niveles de riesgo según la posición dentro de la orquesta: “Los metales son los más expuestos, los violinistas acumulan más carga en el oído izquierdo, los percusionistas concentran picos…”. A su juicio, el prestigio de la música culta ha generado una falsa sensación de seguridad. “El tinnitus rara vez mata, pero puede destruir la calidad de vida de los músicos: afecta a su herramienta de trabajo, a su identidad personal y a su autoestima”, señala.. Mientras que figuras del pop y el rock como Phil Collins, Eric Clapton y James Hetfield han reconocido públicamente que tienen tinnitus, muy pocos artistas de la música clásica se han atrevido a dar ese paso. “Mucho menos en España”, dice Parreño, “donde en los últimos siete años solo se han reconocido 24 casos de hipoacusia como enfermedad profesional”. Y cita, a modo de contraste, el fallo a favor del violista Chris Goldscheider, a quien la Royal Opera House de Londres tuvo que indemnizar en 2018 tras sufrir un shock acústico en un ensayo de La valquiria de Wagner. “Aquí los acúfenos son una plaga silenciosa, pero también silenciada por quienes mejor deberían proteger la salud de los músicos”, señalan los afectados.
