La vicepresidenta Montero estuvo en el funeral de los dos guardias civiles muertos mientras perseguían a unos narcotraficantes en aguas de Huelva. Vio las caras de las viudas, sobre todo la de Luisa, que llevó a hombros el féretro de su marido junto a compañeros del cuerpo. Lloraba con rabia, cómo se puede llorar si no, y con ella, todo aquel que alcanzaba a verla. María Jesús Montero debió mirar hacia otro lado. Diríase que había visto una cabalgata, una más de las que la acompañan en estos días de refriega electoral, un pasacalles algo pasado de drama o una chicotá de Semana Santa. El dolor no le rozó la memoria, ni esa lengua que se dispara en forma de bomba de racimo que quema de lo fría. La vicepresidenta acudió porque no le quedó más remedio. Nadie del Gobierno estaba dispuesto a aparecer por allí y ella era la candidata a la Junta. No entendió nada, o entendió demasiado; sabía que aquellos dos difuntos se le aparecerían más adelante y optó por subsanar la tragedia con el lenguaje, ella, que suele ser muy emotiva y que habla a los jubilados que usan su pensión para pagar las deportivas de sus nietos (sic), así que calificó el desastre de «accidente laboral». La perseguirá toda la vida. Se le enredarán en sueños el 17 de mayo como serpientes mudas.. Hay viudas que importan y otras a las que no se les pone nombre. La candidata, muy cristiana, pero parece dedicar sus muecas al Anticristo, no fue capaz de acordarse del llanto de Luisa, un pelo rubio entre tanto hombre de uniforme, la mujer a la que había que consolar por muy mal que fuera el debate en el que soltó su calificativo. Su asesor debió decirle: «Mira a la cámara, convoca a Luisa y a los hijos de Jerónimo y de Germán, y diles que harás todo lo que esté en tu mano para evitar que vuelva a pasar». No se puede ser sublime sin interrupción, según la regla de Baudelaire, pero sí que se puede ser necio y no dejar de serlo ni en el minuto de oro cuando no supo deliberadamente por quién doblan las campanas. Pero los muertos viven y ella ya es una mortaja.
Calificó el desastre de «accidente laboral». La perseguirá toda la vida. Se le enredarán en sueños el 17 de mayo como serpientes mudas
La vicepresidenta Montero estuvo en el funeral de los dos guardias civiles muertos mientras perseguían a unos narcotraficantes en aguas de Huelva. Vio las caras de las viudas, sobre todo la de Luisa, que llevó a hombros el féretro de su marido junto a compañeros del cuerpo. Lloraba con rabia, cómo se puede llorar si no, y con ella, todo aquel que alcanzaba a verla. María Jesús Montero debió mirar hacia otro lado. Diríase que había visto una cabalgata, una más de las que la acompañan en estos días de refriega electoral, un pasacalles algo pasado de drama o una chicotá de Semana Santa. El dolor no le rozó la memoria, ni esa lengua que se dispara en forma de bomba de racimo que quema de lo fría. La vicepresidenta acudió porque no le quedó más remedio. Nadie del Gobierno estaba dispuesto a aparecer por allí y ella era la candidata a la Junta. No entendió nada, o entendió demasiado; sabía que aquellos dos difuntos se le aparecerían más adelante y optó por subsanar la tragedia con el lenguaje, ella, que suele ser muy emotiva y que habla a los jubilados que usan su pensión para pagar las deportivas de sus nietos (sic), así que calificó el desastre de «accidente laboral». La perseguirá toda la vida. Se le enredarán en sueños el 17 de mayo como serpientes mudas.. Hay viudas que importan y otras a las que no se les pone nombre. La candidata, muy cristiana, pero parece dedicar sus muecas al Anticristo, no fue capaz de acordarse del llanto de Luisa, un pelo rubio entre tanto hombre de uniforme, la mujer a la que había que consolar por muy mal que fuera el debate en el que soltó su calificativo. Su asesor debió decirle: «Mira a la cámara, convoca a Luisa y a los hijos de Jerónimo y de Germán, y diles que harás todo lo que esté en tu mano para evitar que vuelva a pasar». No se puede ser sublime sin interrupción, según la regla de Baudelaire, pero sí que se puede ser necio y no dejar de serlo ni en el minuto de oro cuando no supo deliberadamente por quién doblan las campanas. Pero los muertos viven y ella ya es una mortaja.
