Aunque salta a simple vista, la dermatitis atópica es una patología muy desconocida, ya que va mucho más allá de los típicos sarpullidos, erupciones o picores, hasta el punto de que condiciona la calidad de vida de quien la padece. «La gravedad de la dermatitis atópica no depende de un único factor, sino de la combinación de varios, pues va más allá de la extensión de las lesiones o del aspecto de la piel», asegura el doctor Enrique Gómez, dermatólogo y adjunto al servicio de Dermatología del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid. Así, «una dermatitis atópica es grave cuando condiciona la vida del paciente. Es importante valorar cómo duerme, cuánto le pica, si puede trabajar con normalidad, si evita relacionarse con otras personas o si necesita tratamientos continuos para mantener la enfermedad controlada», detalla. De hecho, tal y como reconoce el doctor Gómez, «uno de los cambios más importantes ha sido entender que la gravedad no siempre guarda relación con la cantidad de piel afectada. Podemos tener un paciente con menos de un 10% de superficie corporal afectada, con un picor insoportable que le despierta y genera ansiedad creciente porque no puede dejar de rascarse. Ese paciente probablemente tenga una enfermedad más incapacitante que otro con lesiones más extensas y con poco picor». Y es que, según el especialista, «el picor es el síntoma más invalidante por ser persistente e impredecible. Condiciona casi todos los aspectos de la vida cotidiana, ya que altera el sueño, produce cansancio crónico, dificulta la concentración, disminuye el rendimiento escolar o laboral y genera frustración. Por ello, banalizar el picor es uno de los mayores errores que podemos cometer. Controlarlo no significa solo aliviar un síntoma, sino controlar la actividad de la enfermedad, prevenir complicaciones físicas y reducir una carga psicológica que puede llegar a ser devastadora». La importancia del dónde Y hay otro aspecto que cada vez es más determinante: la localización de las lesiones. «La afectación de la cara, los párpados, el cuello, las manos o la región genital puede condicionar, por sí sola, que consideremos que un paciente presenta una dermatitis atópica moderada o grave, por las importantes repercusiones funcionales y sobre su calidad de vida que conlleva y por la dificultad de su manejo», advierte el especialista, quien recuerda que «cuando la enfermedad alcanza formas moderadas o graves el patrón suele ser mucho más amplio. Puede afectar prácticamente a cualquier parte del cuerpo». En los últimos años, los especialistas han aprendido que la dermatitis atópica de la cabeza y el cuello no siempre se comporta igual que la que afecta a otras partes. «Existen diferencias en el microambiente cutáneo, en la microbiota y también en las vías inflamatorias. Todo ello puede contribuir a que algunos pacientes presenten una enfermedad más persistente y, en ocasiones, requieran un abordaje
Las lesiones en cabeza y cuello disparan la carga física y emocional de esta patología
Aunque salta a simple vista, la dermatitis atópica es una patología muy desconocida, ya que va mucho más allá de los típicos sarpullidos, erupciones o picores, hasta el punto de que condiciona la calidad de vida de quien la padece. «La gravedad de la dermatitis atópica no depende de un único factor, sino de la combinación de varios, pues va más allá de la extensión de las lesiones o del aspecto de la piel», asegura el doctor Enrique Gómez, dermatólogo y adjunto al servicio de Dermatología del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid. Así, «una dermatitis atópica es grave cuando condiciona la vida del paciente. Es importante valorar cómo duerme, cuánto le pica, si puede trabajar con normalidad, si evita relacionarse con otras personas o si necesita tratamientos continuos para mantener la enfermedad controlada», detalla.De hecho, tal y como reconoce el doctor Gómez, «uno de los cambios más importantes ha sido entender que la gravedad no siempre guarda relación con la cantidad de piel afectada. Podemos tener un paciente con menos de un 10% de superficie corporal afectada, con un picor insoportable que le despierta y genera ansiedad creciente porque no puede dejar de rascarse. Ese paciente probablemente tenga una enfermedad más incapacitante que otro con lesiones más extensas y con poco picor».Y es que, según el especialista, «el picor es el síntoma más invalidante por ser persistente e impredecible. Condiciona casi todos los aspectos de la vida cotidiana, ya que altera el sueño, produce cansancio crónico, dificulta la concentración, disminuye el rendimiento escolar o laboral y genera frustración. Por ello, banalizar el picor es uno de los mayores errores que podemos cometer. Controlarlo no significa solo aliviar un síntoma, sino controlar la actividad de la enfermedad, prevenir complicaciones físicas y reducir una carga psicológica que puede llegar a ser devastadora».La importancia del dóndeY hay otro aspecto que cada vez es más determinante: la localización de las lesiones. «La afectación de la cara, los párpados, el cuello, las manos o la región genital puede condicionar, por sí sola, que consideremos que un paciente presenta una dermatitis atópica moderada o grave, por las importantes repercusiones funcionales y sobre su calidad de vida que conlleva y por la dificultad de su manejo», advierte el especialista, quien recuerda que «cuando la enfermedad alcanza formas moderadas o graves el patrón suele ser mucho más amplio. Puede afectar prácticamente a cualquier parte del cuerpo».En los últimos años, los especialistas han aprendido que la dermatitis atópica de la cabeza y el cuello no siempre se comporta igual que la que afecta a otras partes. «Existen diferencias en el microambiente cutáneo, en la microbiota y también en las vías inflamatorias. Todo ello puede contribuir a que algunos pacientes presenten una enfermedad más persistente y, en ocasiones, requieran un abordaje terap
