Cuando escribo esto todavía no sé quién ha ganado, si España o Argentina. Ojalá, hoy, queridos compatriotas, estéis resacosos por la celebración de haber ganado el mundial de fútbol, que os quede aún ese regusto colectivo. Yo también quiero que ganemos, claro, pero tengo mis pesares con este deporte. Y, lo siento, pero no me gusta. Mi primer pesar es más que nada un trauma infantil. Mi padre, un padre ausente, nunca se ausentaba cuando trasmitían futbol por televisión. Y, aunque no mandaba en casi nada, sí que decidía qué se veía los domingos, tristes domingos aquellos en los que nos teníamos que tragar partidos y soledades.
En mi casa éramos cuatro mujeres y dos hombres, pero el futbol, como ahora, era intocable. Era el rey. A mi madre nunca le gustó. Sin embargo, mis hermanas, influidas más tarde por novios también futboleros, se engancharon al ambiente del balompié. Yo, en cambio, rebelde y curiosa, al hacerme mayor exploré todo aquello que tenía este deporte en la trastienda cuando era profesional.
No se lo voy a contar porque ustedes ya lo saben. Ya saben lo que se mueve por debajo y que no es precisamente tan inocente como el balón. Aún con el trauma intacto, cuando me casé, con un hombre que, como casi todos, era un apasionado, intenté reconciliarme con el futbol. Aprendí lo que era el fuera de juego y lo demás. Vi por la tele con él y sus amigos bastantes partidos. Luché denodadamente por comprender a los otros. Me divorcié. No por esto, desde luego, pero algo significaba esto. Ahora tengo un hijo joven al que los amigos han embriagado para seguir los partidos “importantes”.
Él me pide que le acompañe un rato a verlos y yo lo hago. Para colmo de males me pongo tensísima con el clima que se produce, pero lo hago. Aun así, y pidiendo perdón a todos los hombres no machistas a los que les gusta el fútbol, yo sigo detestándolo. yo, ayer domingo, volví a sentirme rara y pesarosa.
Cuando escribo esto todavía no sé quién ha ganado, si España o Argentina. Ojalá, hoy, queridos compatriotas, estéis resacosos por la celebración de haber ganado el mundial de fútbol, que os quede aún ese regusto colectivo. Yo también quiero que ganemos, claro, pero tengo mis pesares con este deporte. Y, lo siento, pero no me gusta. Mi primer pesar es más que nada un trauma infantil. Mi padre, un padre ausente, nunca se ausentaba cuando trasmitían futbol por televisión. Y, aunque no mandaba en casi nada, sí que decidía qué se veía los domingos, tristes domingos aquellos en los que nos teníamos que tragar partidos y soledades. En mi casa éramos cuatro mujeres y dos hombres, pero el futbol, como ahora, era intocable. Era el rey. A mi madre nunca le gustó. Sin embargo, mis hermanas, influidas más tarde por novios también futboleros, se engancharon al ambiente del balompié. Yo, en cambio, rebelde y curiosa, al hacerme mayor exploré todo aquello que tenía este deporte en la trastienda cuando era profesional. No se lo voy a contar porque ustedes ya lo saben. Ya saben lo que se mueve por debajo y que no es precisamente tan inocente como el balón. Aún con el trauma intacto, cuando me casé, con un hombre que, como casi todos, era un apasionado, intenté reconciliarme con el futbol. Aprendí lo que era el fuera de juego y lo demás. Vi por la tele con él y sus amigos bastantes partidos. Luché denodadamente por comprender a los otros. Me divorcié. No por esto, desde luego, pero algo significaba esto. Ahora tengo un hijo joven al que los amigos han embriagado para seguir los partidos “importantes”. Él me pide que le acompañe un rato a verlos y yo lo hago. Para colmo de males me pongo tensísima con el clima que se produce, pero lo hago. Aun así, y pidiendo perdón a todos los hombres no machistas a los que les gusta el fútbol, yo sigo detestándolo. yo, ayer domingo, volví a sentirme rara y pesarosa.
No me gusta este deporte y ayer volví a sentirme rara y pesarosa
Cuando escribo esto todavía no sé quién ha ganado, si España o Argentina. Ojalá, hoy, queridos compatriotas, estéis resacosos por la celebración de haber ganado el mundial de fútbol, que os quede aún ese regusto colectivo. Yo también quiero que ganemos, claro, pero tengo mis pesares con este deporte. Y, lo siento, pero no me gusta. Mi primer pesar es más que nada un trauma infantil. Mi padre, un padre ausente, nunca se ausentaba cuando trasmitían futbol por televisión. Y, aunque no mandaba en casi nada, sí que decidía qué se veía los domingos, tristes domingos aquellos en los que nos teníamos que tragar partidos y soledades. En mi casa éramos cuatro mujeres y dos hombres, pero el futbol, como ahora, era intocable. Era el rey. A mi madre nunca le gustó. Sin embargo, mis hermanas, influidas más tarde por novios también futboleros, se engancharon al ambiente del balompié. Yo, en cambio, rebelde y curiosa, al hacerme mayor exploré todo aquello que tenía este deporte en la trastienda cuando era profesional.No se lo voy a contar porque ustedes ya lo saben. Ya saben lo que se mueve por debajo y que no es precisamente tan inocente como el balón. Aún con el trauma intacto, cuando me casé, con un hombre que, como casi todos, era un apasionado, intenté reconciliarme con el futbol. Aprendí lo que era el fuera de juego y lo demás. Vi por la tele con él y sus amigos bastantes partidos. Luché denodadamente por comprender a los otros. Me divorcié. No por esto, desde luego, pero algo significaba esto. Ahora tengo un hijo joven al que los amigos han embriagado para seguir los partidos “importantes”. Él me pide que le acompañe un rato a verlos y yo lo hago. Para colmo de males me pongo tensísima con el clima que se produce, pero lo hago. Aun así, y pidiendo perdón a todos los hombres no machistas a los que les gusta el fútbol, yo sigo detestándolo. yo, ayer domingo, volví a sentirme rara y pesarosa.
