El asesinato de cuatro jornaleros en Calabria vuelve a poner el foco sobre una forma de explotación que, según las organizaciones sociales, afecta a uno de cada cuatro trabajadores del sector agrícola
Cuando Tazeeb Tazeeb llegó a Italia en 2021 tras huir de Pakistán —donde había sido amenazado por su trabajo de periodista— y atravesar a pie la ruta balcánica, pensó que había dejado atrás los problemas. Encontró trabajo en el campo, en la región del Véneto, junto a otros compatriotas, y aceptó un contrato que apenas entendía. “Aquí pone que tienes que hacer lo que yo diga”, le repetía el capataz que había ejercido de intermediario para conseguirle el empleo. Aquella fue la primera señal de alarma. Durante meses, este hombre de 29 años se levantó a las cuatro de la mañana para trabajar en la vendimia y en otras labores agrícolas. En algunos periodos llegó a encadenar jornadas de 12 horas durante semanas. “No podías ponerte enfermo, no podías descansar. La única consigna era trabajar y callar. Siempre había alguien vigilándonos”, recuerda. Compartía una vivienda proporcionada por el capataz, con colchones repartidos por el suelo: “Era una casa para cuatro personas y vivíamos allí 20”. Recogían la uva con las manos desnudas. “No nos daban guantes ni gafas ni botas. Cada trabajador tenía que comprar sus propias tijeras y el equipo de protección”, prosigue. Además, debían pagar cinco euros diarios por el transporte hasta los campos. El salario prometido nunca llegaba. El intermediario les daba algo de comida y les recordaba que les estaba pagando el alojamiento. “Al principio nos pagaban tres o cuatro euros la hora. Después, durante ocho meses no nos pagaron nada. Descubrimos que el empresario ya había entregado nuestro salario al intermediario, pero nosotros seguíamos sin cobrar”, explica el jornalero. Las amenazas formaban parte de la rutina. “Si no hacías lo que te pedían sin rechistar, te amenazaban con prenderte fuego”, asegura Tazeeb. Solo cuando él y otros compañeros acudieron al sindicato descubrieron el engaño: en el contrato figuraban apenas 10 horas de trabajo semanales. Tazeeb Tazeeb, durante su etapa como periodista, frente a la embajada de la India en Atenas (Grecia), en febrero de 2020.Tazeeb se convirtió en una de las muchas víctimas del llamado caporalato en Italia, el sistema ilegal de intermediación laboral mediante el que capataces o reclutadores suministran a empresas agrícolas mano de obra en condiciones de explotación. En este sistema, el caporal organiza el reclutamiento, el transporte, el alojamiento y hasta los pagos, quedándose a menudo con parte de los salarios, lo que le permite ejercer un enorme poder sobre los trabajadores. Víctimas extranjerasAunque históricamente el fenómeno afectó también a numerosos trabajadores italianos, desde hace años la mayoría de las víctimas son extranjeros, especialmente procedentes de África, Asia y Europa del Este. Suelen encontrarse en una situación de mayor vulnerabilidad por las barreras lingüísticas, la precariedad administrativa y la falta de redes de apoyo. “Siempre buscan a quien no habla bien
Cuando Tazeeb Tazeeb llegó a Italia en 2021 tras huir de Pakistán —donde había sido amenazado por su trabajo de periodista— y atravesar a pie la ruta balcánica, pensó que había dejado atrás los problemas. Encontró trabajo en el campo, en la región del Véneto, junto a otros compatriotas, y aceptó un contrato que apenas entendía. “Aquí pone que tienes que hacer lo que yo diga”, le repetía el capataz que había ejercido de intermediario para conseguirle el empleo. Aquella fue la primera señal de alarma. Seguir leyendo
