En España casi nadie sabe en qué posición está dentro de su clase. A diferencia de otros sistemas, las universidades rara vez informan a cada estudiante de cuál es su rendimiento en comparación con el del resto de sus compañeros. ¿Y si bastara con decírselo? El experimento aleatorio que llevamos a cabo en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) sugiere que esa simple información, entregada en el momento adecuado, eleva las calificaciones a un coste prácticamente nulo. El estudio siguió a 386 estudiantes de cuatro grados de la URJC (Administración de Empresas, Contabilidad y Finanzas, Marketing y Arquitectura) entre 2022 y 2024.
Tras el examen parcial, la mitad recibió, junto a su nota, el percentil que ocupaba dentro de la clase; la otra mitad recibió únicamente su nota absoluta. La asignación fue aleatoria y el ensayo se preregistró en la American Economic Association como experimento aleatorio controlado. Como el parcial pesa un 40% de la nota y el examen final un 60%, los estudiantes aún tenían margen para reaccionar antes de la evaluación decisiva. El diseño tiene una virtud poco frecuente en esta literatura: una única dosis de información, situada entre dos exámenes del mismo curso. Eso permite aislar la reacción a la noticia sin las interferencias de los esquemas que repiten el ranking curso tras curso. Controlando por la nota del parcial y por las características del estudiante, recibir el percentil elevó la nota del examen final en 0,41 puntos sobre 10, el equivalente a un 17% de una desviación típica.
Se trata, además, de una cota probablemente conservadora: los pequeños desequilibrios que la aleatorización dejó (educación de la madre y expectativas) favorecían al grupo de control.
La parte más reveladora del estudio realizado aparece al cruzar la información con las expectativas que cada estudiante había declarado al inicio del curso. La nota media esperada era de 7,35 sobre 10; la del parcial, de 4,91. Es decir, los estudiantes esperaban de media unos 2,5 puntos más de lo que realmente lograban. Ese exceso de optimismo resulta ser la clave. Bajo la definición más amplia, la de esperar cualquier nota por encima de la del parcial, el 79% de los estudiantes se muestra sobreoptimista.
Al afinar la clasificación en tres grupos (pesimistas, acertados y sobreoptimistas), ese 79% se reparte entre un 74% claramente sobreoptimista y un 11% cuyas expectativas coinciden con su rendimiento, un matiz que explica la ligera diferencia entre ambas cifras. En cualquiera de las dos definiciones, el efecto de la retroalimentación se concentra en quienes sobreestimaban su rendimiento: para ellos, la información actúa como una señal que corrige su autopercepción y les empuja a esforzarse más antes del examen final.
Solo el grupo sobreoptimista muestra un efecto positivo y estadísticamente significativo. Los estudiantes con expectativas ya ajustadas no tienen nada que recalibrar, y los pesimistas, al descubrir que iban mejor de lo que creían, no encuentran razón para apretar más. Más allá de las expectativas, la intervención fue más eficaz para los estudiantes con peor nota de partida, para las mujeres y para quienes no asistían a clases en las academias. Este último resultado tiene una lectura práctica: la información puede sustituir, al menos parcialmente, a apoyos más costosos como la tutoría privada, llegando precisamente a quienes carecen de esas alternativas.
La literatura ofrece resultados mixtos sobre la retroalimentación relativa. En el mismo tipo de entorno universitario español, Azmat y coautores (2019) no encontraron efectos medios e incluso alguno negativo, porque su esquema repetía el ranking a lo largo de varios semestres y muchos estudiantes que descubrían que iban mejor de lo esperado se relajaban. Aquí ocurre lo contrario, y por una buena razón: una única señal, entregada cuando todavía se puede reaccionar, recalibra las creencias sin invitar a la complacencia. El mecanismo coincide con el que Aucejo y Wong (2025) muestran en Estados Unidos. El me nsaje es a la vez modesto y prometedor. Calcular percentiles a partir de las notas del parcial y enviarlos por los canales habituales no cuesta apenas nada y mejora los resultados, sobre todo si se dirige a los estudiantes cuyas expectativas se alejan de su rendimiento real. En un sistema donde el optimismo sobre las propias notas es tan extendido, ese margen de mejora es considerable.
Ismael Sanz es profesor de la Universidad Rey Juan Carlos e investigador de Funcas
En España casi nadie sabe en qué posición está dentro de su clase. A diferencia de otros sistemas, las universidades rara vez informan a cada estudiante de cuál es su rendimiento en comparación con el del resto de sus compañeros. ¿Y si bastara con decírselo? El experimento aleatorio que llevamos a cabo en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) sugiere que esa simple información, entregada en el momento adecuado, eleva las calificaciones a un coste prácticamente nulo. El estudio siguió a 386 estudiantes de cuatro grados de la URJC (Administración de Empresas, Contabilidad y Finanzas, Marketing y Arquitectura) entre 2022 y 2024. Tras el examen parcial, la mitad recibió, junto a su nota, el percentil que ocupaba dentro de la clase; la otra mitad recibió únicamente su nota absoluta. La asignación fue aleatoria y el ensayo se preregistró en la American Economic Association como experimento aleatorio controlado. Como el parcial pesa un 40% de la nota y el examen final un 60%, los estudiantes aún tenían margen para reaccionar antes de la evaluación decisiva. El diseño tiene una virtud poco frecuente en esta literatura: una única dosis de información, situada entre dos exámenes del mismo curso. Eso permite aislar la reacción a la noticia sin las interferencias de los esquemas que repiten el ranking curso tras curso. Controlando por la nota del parcial y por las características del estudiante, recibir el percentil elevó la nota del examen final en 0,41 puntos sobre 10, el equivalente a un 17% de una desviación típica. Se trata, además, de una cota probablemente conservadora: los pequeños desequilibrios que la aleatorización dejó (educación de la madre y expectativas) favorecían al grupo de control. La parte más reveladora del estudio realizado aparece al cruzar la información con las expectativas que cada estudiante había declarado al inicio del curso. La nota media esperada era de 7,35 sobre 10; la del parcial, de 4,91. Es decir, los estudiantes esperaban de media unos 2,5 puntos más de lo que realmente lograban. Ese exceso de optimismo resulta ser la clave. Bajo la definición más amplia, la de esperar cualquier nota por encima de la del parcial, el 79% de los estudiantes se muestra sobreoptimista. Al afinar la clasificación en tres grupos (pesimistas, acertados y sobreoptimistas), ese 79% se reparte entre un 74% claramente sobreoptimista y un 11% cuyas expectativas coinciden con su rendimiento, un matiz que explica la ligera diferencia entre ambas cifras. En cualquiera de las dos definiciones, el efecto de la retroalimentación se concentra en quienes sobreestimaban su rendimiento: para ellos, la información actúa como una señal que corrige su autopercepción y les empuja a esforzarse más antes del examen final. Solo el grupo sobreoptimista muestra un efecto positivo y estadísticamente significativo. Los estudiantes con expectativas ya ajustadas no tienen nada que recalibrar, y los pesimistas, al descubrir
Un ensayo realizado en la URJC muestra que conocer la posición relativa en la clase impulsa el esfuerzo y mejora los resultados académicos
En España casi nadie sabe en qué posición está dentro de su clase. A diferencia de otros sistemas, las universidades rara vez informan a cada estudiante de cuál es su rendimiento en comparación con el del resto de sus compañeros. ¿Y si bastara con decírselo? El experimento aleatorio que llevamos a cabo en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) sugiere que esa simple información, entregada en el momento adecuado, eleva las calificaciones a un coste prácticamente nulo. El estudio siguió a 386 estudiantes de cuatro grados de la URJC (Administración de Empresas, Contabilidad y Finanzas, Marketing y Arquitectura) entre 2022 y 2024.Tras el examen parcial, la mitad recibió, junto a su nota, el percentil que ocupaba dentro de la clase; la otra mitad recibió únicamente su nota absoluta. La asignación fue aleatoria y el ensayo se preregistró en la American Economic Association como experimento aleatorio controlado. Como el parcial pesa un 40% de la nota y el examen final un 60%, los estudiantes aún tenían margen para reaccionar antes de la evaluación decisiva. El diseño tiene una virtud poco frecuente en esta literatura: una única dosis de información, situada entre dos exámenes del mismo curso. Eso permite aislar la reacción a la noticia sin las interferencias de los esquemas que repiten el ranking curso tras curso. Controlando por la nota del parcial y por las características del estudiante, recibir el percentil elevó la nota del examen final en 0,41 puntos sobre 10, el equivalente a un 17% de una desviación típica.Se trata, además, de una cota probablemente conservadora: los pequeños desequilibrios que la aleatorización dejó (educación de la madre y expectativas) favorecían al grupo de control.La parte más reveladora del estudio realizado aparece al cruzar la información con las expectativas que cada estudiante había declarado al inicio del curso. La nota media esperada era de 7,35 sobre 10; la del parcial, de 4,91. Es decir, los estudiantes esperaban de media unos 2,5 puntos más de lo que realmente lograban. Ese exceso de optimismo resulta ser la clave. Bajo la definición más amplia, la de esperar cualquier nota por encima de la del parcial, el 79% de los estudiantes se muestra sobreoptimista.Al afinar la clasificación en tres grupos (pesimistas, acertados y sobreoptimistas), ese 79% se reparte entre un 74% claramente sobreoptimista y un 11% cuyas expectativas coinciden con su rendimiento, un matiz que explica la ligera diferencia entre ambas cifras. En cualquiera de las dos definiciones, el efecto de la retroalimentación se concentra en quienes sobreestimaban su rendimiento: para ellos, la información actúa como una señal que corrige su autopercepción y les empuja a esforzarse más antes del examen final.Solo el grupo sobreoptimista muestra un efecto positivo y estadísticamente significativo. Los estudiantes con expectativas ya ajustadas no tienen nada que recalibrar, y los pesimistas, al descubrir que i
