Una señora barre el suelo de su portal. Las cerdas del cepillo arrastran las micropartículas grises que llueven desde hace dos días. La montañita crece en la calle y se retira con el recogedor antes de que en unos minutos vuelva a caer ceniza del cielo, señal en miniatura de la destrucción de los ingentes bosques cercanos. Arde el sur de Ávila y la nube gris formada por el fuego escupe el recordatorio del drama sobre el pelo, los coches, la acera, el asfalto. Cebreros rebasa sus 3.400 habitantes usuales: amén de los veraneantes, se ha llenado de vecinos de otros pueblos. Desalojados o exiliados, buscan refugio donde a las pocas horas se decreta el confinamiento por las cenizas que arrastra el viento. ¡A casa! Hay niños de campamentos, mayores asustados, madrileños atónitos y dudas sobre qué pasará próximamente si el incendio sigue asalvajado tras engullir más de 9.000 hectáreas desde su origen el miércoles en Burgohondo.Seguir leyendo
Una señora barre el suelo de su portal. Las cerdas del cepillo arrastran las micropartículas grises que llueven desde hace dos días. La montañita crece en la calle y se retira con el recogedor antes de que en unos minutos vuelva a caer ceniza del cielo, señal en miniatura de la destrucción de los ingentes bosques cercanos. Arde el sur de Ávila y la nube gris formada por el fuego escupe el recordatorio del drama sobre el pelo, los coches, la acera, el asfalto. Cebreros rebasa sus 3.400 habitantes usuales: amén de los veraneantes, se ha llenado de vecinos de otros pueblos. Desalojados o exiliados, buscan refugio donde a las pocas horas se decreta el confinamiento por las cenizas que arrastra el viento. ¡A casa! Hay niños de campamentos, mayores asustados, madrileños atónitos y dudas sobre qué pasará próximamente si el incendio sigue asalvajado tras engullir más de 9.000 hectáreas desde su origen el miércoles en Burgohondo.Seguir leyendo
Los vecinos de varios lugares afectados por las llamas se refugian en la localidad abulense sin lograr evitar la nube del fuego
