María Martínez habla del «bullying» de forma rotunda: «Es violencia sin paliativos». Una aseveración que realiza desde su condición de investigadora académica, pero también desde la experiencia personal. Su infancia y adolescencia fueron «introspectivas», marcadas por el acoso escolar que sufrió y que hoy, con 29 años, se ha convertido en el centro de su trabajo como investigadora y profesora universitaria en la Universidad de Castilla-La Mancha.
Su tesis doctoral, publicada en revistas científicas, concluye que los adolescentes que sufren «bullying» tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria. Y lo hace basándose en datos. Su investigación revisa 32 estudios internacionales realizados en países como EE UU., Reino Unido, Australia, Italia, Portugal, Rusia o Japón. Todos apuntan en la misma dirección: el acoso escolar deteriora la autoestima, distorsiona la imagen corporal y puede desembocar en anorexia, bulimia y otras conductas alimentarias compulsivas.
Su interés por esta relación entre acoso y trastornos alimentarios se reactivó al conocer el caso de Mónica, una menor del antiguo colegio British Council (hoy integrado en el grupo educativo Inspired Education Group), que desarrolló anorexia tras sufrir presuntamente acoso vertical por parte del centro. Cuando conoció su caso, su reacción fue inmediata. «Qué barbaridad, pensé. Me dio mucha rabia y me retrotrajo a mi propia experiencia». La investigadora considera que el vínculo entre «bullying» y trastornos alimentarios está suficientemente demostrado como para dejar de minimizar estos casos. En este sentido, critica la actitud de algunos centros educativos, que tienden a maquillar el acoso para mantener las apariencias.
El caso de Mónica, que ha acabado ante la Justicia, ha puesto el foco en un debate incómodo para el ámbito educativo. Según la familia, el colegio negó durante años la existencia de acoso y llegó a presentar, durante el proceso judicial, una contrapericial en la que se atribuía la anorexia desarrollada por la menor a la pandemia y a los cánones estéticos adolescentes. De esta forma, trataba de desligar la enfermedad de las presuntas presiones que ejercieron varios docentes del centro sobre la menor tras la denuncia del acoso que sufría una compañera. Un argumento que, según María Martínez, ignora décadas de evidencia científica.
Así, su trabajo determina que las víctimas de «bullying» presentan con frecuencia ansiedad, depresión, baja autoestima y una percepción negativa de su cuerpo. El problema se agrava cuando el acoso gira en torno al aspecto físico, el peso o la apariencia. Los insultos repetidos, las burlas o la exclusión social terminan moldeando la relación que el menor tiene con su propio cuerpo.
La apariencia física sigue siendo uno de los principales motivos de hostigamiento entre adolescentes. Prueba de ello es que más del 30 % de las chicas reconoce haber sufrido burlas relacionadas con su cuerpo, según revelan varios estudios. «Las personas que hemos sufrido “bullying” sentimos más miedo que vergüenza. Piensas constantemente: ¿qué tengo de diferente?», explica. Ese cuestionamiento continuo golpea directamente la autoimagen y genera una vulnerabilidad extrema en edades especialmente delicadas.
En su tesis, María documenta cómo las víctimas pueden empezar a dejar de comer, obsesionarse con el control del peso o desarrollar conductas autolesivas. Algunos estudios incluidos en la revisión relacionan incluso el «bullying» con pensamientos suicidas y trastornos dismórficos corporales.
La investigadora insiste en que las señales suelen ser visibles mucho antes de que llegue un diagnóstico clínico. «Aparecen cambios bruscos en las rutinas, alteraciones del sueño, nerviosismo o pérdida de apetito. Ante estas manifestaciones, hay que intervenir. Cuesta que lo cuenten, pero al final lo hacen», señala.
Sin embargo, muchas familias se sienten desbordadas. María asegura comprender a los padres que piden a sus hijos que «aguanten», ya sea por falta de recursos o por no dimensionar el sufrimiento real del menor. «Es comprensible», afirma, pero también recuerda que el aislamiento suele empeorar cuando el entorno minimiza lo que ocurre.
La propia investigadora conoce bien esa sensación. Haber sufrido «bullying» ha condicionado su trayectoria personal y profesional. Hoy imparte cursos de prevención del acoso en centros educativos dentro de asignaturas como Valores Sociales y Cívicos o Educación Física. Aun así, asegura que todavía encuentra resistencia. «Hay colegios que te dicen que aquí no pasa nada, que todo está perfecto», afirma. Su trabajo desmonta precisamente esa idea y demuestra que el acoso escolar atraviesa todos los contextos sociales y educativos.
En cuanto a denunciar, reconoce que no es una decisión sencilla. Aun así, se muestra partidaria de acudir a la vía judicial cuando el centro no responde o trata de ocultar el problema. Su mensaje final para Mónica y su familia es directo: «No os rindáis. La justicia es lenta, tarda en llegar, pero llega. El “bullying” es violencia y hay que combatirlo».
María Martínez habla de la intimidación con gran claridad, declarando: «Es violencia sin paliativos». Ella hace esta afirmación como investigadora académica y basada en su propia experiencia personal. Su infancia y adolescencia fueron marcadas por una naturaleza «introspectiva», moldeada por el acoso escolar que soportó. Hoy, a sus 29 años, esa experiencia está en el corazón de su trabajo como investigadora y profesora universitaria en la Universidad de Castilla-La Mancha. Su tesis doctoral, publicada en revistas científicas, llega a la conclusión de que los adolescentes que sufren acoso enfrentan un riesgo significativamente mayor de desarrollar trastornos alimentarios. Esto se logra a través de medios basados en datos. Su investigación analiza 32 estudios internacionales realizados en países como los EE.UU., el Reino Unido, Australia, Italia, Portugal, Rusia y Japón. Todas las pruebas llevan a la misma conclusión: la intimidación socava la autoestima, distorsiona la imagen corporal y puede provocar anorexia, bulimia y otros trastornos alimentarios. Su interés en el vínculo entre la intimidación y los trastornos alimentarios se renovó cuando oyó hablar de Mónica, una estudiante de la antigua escuela del British Council (ahora parte del Inspired Education Group), que desarrolló anorexia después de haber sufrido, según se informa, una intimidación vertical sostenida en la institución. Al enterarse de su situación, respondió sin dudarlo. «Qué barbaridad, pensé.
Una académica transforma su propia historia de vida en una tesis doctoral que conecta el acoso con la anorexia.
María Martínez habla de la intimidación con gran claridad, declarando: «Es violencia sin paliativos». Ella hace esta afirmación como investigadora académica y basada en su propia experiencia personal. Su infancia y adolescencia fueron marcadas por una naturaleza «introspectiva», moldeada por el acoso escolar que soportó. Hoy, a sus 29 años, esa experiencia está en el corazón de su trabajo como investigadora y profesora universitaria en la Universidad de Castilla-La Mancha. Su tesis doctoral, publicada en revistas científicas, llega a la conclusión de que los adolescentes que sufren acoso enfrentan un riesgo significativamente mayor de desarrollar trastornos alimentarios. Esto se logra a través de medios basados en datos. Su investigación analiza 32 estudios internacionales realizados en países como los EE.UU., el Reino Unido, Australia, Italia, Portugal, Rusia y Japón. Todas las pruebas llevan a la misma conclusión: la intimidación socava la autoestima, distorsiona la imagen corporal y puede provocar anorexia, bulimia y otros trastornos alimentarios. Su interés en el vínculo entre la intimidación y los trastornos alimentarios se renovó cuando oyó hablar de Mónica, una estudiante de la antigua escuela del British Council (ahora parte del Inspired Education Group), que desarrolló anorexia después de haber sufrido, según se informa, una intimidación vertical sostenida en la institución. Al enterarse de su situación, respondió sin dudarlo. «Qué barbaridad, pensé.
