La escritora Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) tenía una colección de mariposas. Y una gran afición a la horticultura que cultivaba los meses de verano en Saint Tropez y, al final de su vida, en su apartamento con vistas al jardín del Palais Royal. Allí pasó sus últimos días postrada en una silla de ruedas por una artritis en la cadera.. Seguir leyendo
Durante 1947 la editorial Mermod le propuso a la escritora francesa cambiar flores por textos. El resultado fue una colección de retratos que ahora se traduce al castellano
La escritora Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) tenía una colección de mariposas. Y una gran afición a la horticultura que cultivaba los meses de verano en Saint Tropez y, al final de su vida, en su apartamento con vistas al jardín del Palais Royal. Allí pasó sus últimos días postrada en una silla de ruedas por una artritis en la cadera.. La cuidaba su tercer marido, el periodista superviviente del campo de concentración de Compiègne Marice Goudeket, que tenía 16 años menos que ella y que la acompañó hasta el final. La de Colette fue una vida de libertad —vivió de escribir ensayo, novela, periodismo y crítica teatral y habló abiertamente de su bisexualidad—, también de amor —se casó tres veces y tuvo numerosas y numerosos amantes— y finalmente de reivindicación. Tras trabajar durante años, casi esclavizada,para su primer marido, el editor Henry Gautier Villars Willy (15 años mayor que ella), luchó por recuperar la autoría de sus obras. En medio de toda esa actividad, encontró también tiempo para la contemplación.. El texto que ahora se traduce al castellano tiene que ver con esa ocupación: se dedicó a retratar flores personificándolas, dejándose llevar por asociaciones libres. El encargo fue, en realidad, una invitación de la editorial Mermod de Lausana que le propuso un trueque. Ellos le enviarían ramos de flores para alegrar su convalecencia y ella retrataría la flor enviada. El resultado, una colección de 22 retratos florales, se publicó con el título Para un herbario que ahora ve la luz en castellano, con la traducción de Blanca Gago, de la mano de la editorial Gallo Nero.. Ilustración del fruto de una Akersia incluida en el libro ‘Para un herbario’, de Colette.. En el libro, la rosa le sirve para añorar sus imperfecciones: “Te comprábamos tal y como Dios te había creado, un poco mordida por aquí, un poco enrojecida por allá, no como ahora que el florista la espulga, la depila y le arranca un par de filas de pétalos hasta dejarla Bella y sin tarea”. El lirio era el señor de la huerta de su infancia “cerca del estragón, la acedera o el ajo violeta”. Y la gardenia, la que decide cuándo llega la noche perfumando la oscuridad. La glicina se derrama y Colette observa que su encuentro con la madreselva vecina es animal: “Primero fingió no reparar en ella y luego la ahogó muy despacio, como una serpiente ahoga a un pájaro”.. Lectora empedernida, para el tulipán recurre a Théophile Gautier, que lo comparó con un jarrón chino porque carecía de fragancia. Tampoco le gustaba el olor de la peonía, “huele a abejorro”. Y el potos le parecía “un pepino cuya epidermis color esmeralda aparece dividida en hexágonos regulares, como los azulejos de un cuarto de baño”.. Ilustración de un lirio incluida en la obra ‘Para un herbario’, de Colette.. Para un herbario es, en realidad, un ramo de flores formado con palabras. Confinada entre cuatro paredes, Colette se dedicó a observar los ramos y a imaginar. Y lo hizo, sobre todo, personificando y desdoblando su mirada. Así, en el libro a veces regresa al huerto de su infancia, para indicar que mandaba el lirio. Otras, como cuando habla de la camelia roja, no le hace falta excusa botánica para que reconozcamos a la escritora apasionada: “Todo lo que estuvo marcado por el exceso nos guarda fidelidad”. “Un cierto gusto deplorable, y un cierto impudor sin límites, son extrañamente tolerados”.. Autora de una obra altamente autobiográfica, de Claudine en París, Claudine casada y Claudine se va a La vagabunda o La mujer oculta, sus libros despliegan la libertad que supo conquistar en vida y que le valió ser presidenta de la Academia Goncourt. La Pléiade reunió, años después de su muerte, toda su obra. Cuando falleció, fue la primera escritora a la que República Francesa organizó funerales de Estado, a pesar de que le negaron un funeral católico.. Portada de ‘Para un herbario’, de Colette, en una imagen cedida por la editorial Gallo Nero.. Colette amaba a los animales, de modo que, recluida en su habitación, continuó su costumbre de leer sobre botánica, entomología y zoología. Por eso, su herbario es su pequeño tratado sobre horticultura, una historia más imaginada que natural de las flores, que se lee como un paseo por un jardín.
