Dejó dicho el anterior Papa que el infierno estaba vacío. No lo expresaba como dogma de fe, sino como una opinión personal, como si los Papas pudieran hablar del infierno de la misma manera que de fútbol, por mucha mano de Dios que se cuele en el Evangelio. Francisco era así. Cualquiera puede darse cuenta, sin embargo, de que el infierno está repleto; solo que, como opinión personal, me gusta creer que los llamados a arder no lo hacen en otra vida, sino en esta. Cuando una tragedia sacude España, hay un grupo de políticos de guardia que se dedican a ganarse un puesto en ese lugar de nueve círculos concéntricos. Hay algunos que crepitan desesperadamente, aunque no oigamos sus gritos. La indolencia también puede ser un pecado. Óscar Puente es uno de los que pasan, como un chusco Rimbaud, una temporada en el infierno de cuando en cuando, si bien él creerá, a lo Sartre, que el infierno son los otros.
El ministro, que aún no ha pagado las consecuencias del desastre de Adamuz, que dejó 45 vidas entre los raíles, se permite insultar a los presidentes de comunidades autónomas según estén gobernadas o no por el PP. Del peor incendio en Castilla-La Mancha guarda silencio, pero de los atroces incendios de Madrid critica a su presidenta por pedir la ayuda del Gobierno «para que le resuelva la papeleta». La UME, igual no lo ha tenido en cuenta el ministro pirómano, no es un regalo del Ejecutivo, sino una unidad estatal pagada por todos los españoles. Existe, entre otras cosas, para lo que lo pidió Ayuso: una emergencia nacional. Dedicarse a amontonar rastrojos dialécticos cuando hay miles de personas evacuadas no delata una estrategia política, sino una falta de empatía con las víctimas que roza la psicopatía. De este personaje se ha dicho de todo, por lo que no merece la pena exprimir un adjetivo más, sobre todo en un momento en que parece que la coordinación entre administraciones funciona por una vez.
En el infierno también anda purgándose el delegado del Gobierno en Madrid, un fulano que despachó la petición de ayuda con unas declaraciones atorradas en la radio amiga. Al ministro y al delegado no les preocupa la gente, sino que el mensaje eche gasolina al caos. Lenguas de fuego lamían el monte y estos mamarrachos rechupeteaban el drama ajeno con la única intención de quemar al adversario. Hay que mantener viva la llama, pase lo que pase, hasta que todo sea ceniza sobre ceniza. Es lo único que les queda para salvar a sus achicharrados.
Óscar Puente es uno de esos individuos que, al igual que un Rimbaud, ocasionalmente experimentan un período de sufrimiento, sin embargo, mantendrá, como Sartre, que tal tormento es externo
El papa anterior afirmó que el infierno estaba vacío. No lo expresó como una creencia incuestionable, sino más bien como una visión personal, sugiriendo que los Papas podrían discutir el infierno de manera similar a cómo discuten el fútbol, a través de la intervención divina mencionada en el Evangelio. Así era Francisco. Es evidente para todos que el infierno está superpoblado, pero en mi opinión personal, prefiero pensar que los destinados a la condenación eterna sufrirán en esta vida en lugar de en la otra. Cuando ocurre un desastre en España, hay un escuadrón de políticos que están comprometidos a asegurar una posición dentro de ese reino de nueve anillos entrelazados. Algunas personas gritan desesperadas, aunque sus voces no lleguen a nuestros oídos. La inactividad y la falta de voluntad para trabajar a veces pueden considerarse como un delito. Oscar Puente es una persona que, similar a Rimbaud, ocasionalmente experimenta un período de sufrimiento, mientras mantiene la creencia, como Sartre, de que el infierno es algo separado de sí mismo.
