Después de 1.647 días de guerra en Ucrania, es evidente que la certeza es esquiva, y uno debe evitar suposiciones.
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Ucrania cumple 1.647 días de guerra, y asumes que lo único seguro en la vida es que no se puede dar nada por sentado


Al cruzar la cerca de metal verde, te adentras en un mundo de sombras. Las parras trepadoras que se plantaron un día que ya nadie recuerda han logrado tapar del sol la entrada a ese patio en el que antes cabían hasta dos coches que llegaban repletos de primos, maletas, cajas con tomates y sandías compradas en el arcén, a medio camino. Si sigues caminando, el patio se ensancha. Sus únicas fronteras, que lo separan del huerto, son unos muros encalados de un grosor vetusto que mantiene la casa fresca en verano y templada en invierno, cuando afuera el termómetro baja a menos 20, y la nieve impide abrir la puerta.
En medio del patio hay un pozo con la tapa verde. Sobre el pozo, un nogal gigante arroja una sombra olorosa. Si se levanta un poco de viento, sus hojas se mueven como si en realidad hubiera un vendaval, su tronco cruje. Hay que hacer algo con ese nogal, diría un tío, un abuelo, si en este momento estuviera viéndolo. Hay que pintar el pozo de azul. Volver a encalar los muros. Reparar la ventana de la veranda en la que se cena las noches de agosto en las que empieza a refrescar. Hay que preparar la casa porque luego vendrán los nietos, los hijos, los yernos y las nueras, y el patio se llenará de ruido, de cochecitos de plástico y pelotas, de hamacas colgadas entre el peral y el cerezo. De rodillas bañadas en Betadine porque a alguien se le ocurrió subirse al albaricoque y luego le dio miedo bajar.
Pero este año no vendrá nadie a la casa de muros centenarios. Nadie correrá alrededor del pozo. No habrá coches en el patio debajo de los racimos de uvas que ahora solo se comen las avispas. Este verano, y ya van cinco, la casa seguirá triste y vacía. Y mientras el nogal proyecta una sombra ahora estéril, el sonido del movimiento de sus ramas se ahoga con los proyectiles que impactan sobre la tierra, sobre las casas, sobre centrales eléctricas, sobre la gente. Los campos ya no reciben semillas, ahora solo se preñan de metralla.
El desarraigo es un duelo eterno. Intentamos preservar los recuerdos, la infancia, la casa de los abuelos, en bolas de cristal que envolvemos en mantas esperando protegerlas, sabiendo que un día también ese artefacto frágil se romperá. Hoy se cumplen 1.647 días del comienzo de la guerra en Ucrania y no te acostumbras, solo asumes que lo único seguro en la vida es que no se puede dar nada por sentado. Y, a partir de ahí, intentas vivir. A veces en el día de hoy. La mayor parte del tiempo, en el mundo de ayer.
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Al pasar la barrera de metal verde, entras en un reino envuelto en la oscuridad. Las vides, que fueron plantadas en un día sin importancia, han crecido para obstruir la entrada del patio, impidiendo la luz del sol. Anteriormente, esta área podía acomodar dos coches que transportaban a los miembros de la familia, el equipaje y las frutas compradas en el mercado. Continuar caminando hará que el patio se haga más grande. Los límites únicos de la estructura, que la distinguen del jardín, consisten en varios muros de madera envejecida, recubiertos de blanco, que mantienen una temperatura fresca durante el verano y una moderada en invierno, cuando las temperaturas externas caen a menos 20 grados y la nieve dificulta la apertura de la puerta. Para seguir leyendo
