La experiencia de Ceuta exige una profunda reflexión dada su gran importancia. Y las medidas necesarias para garantizar de manera efectiva la integridad territorial de España. Porque Ceuta y Melilla “son” España desde el siglo XVI y XVII cuando el reino de Marruecos no existía todavía. Que de un día para otro entraran ilegalmente a Ceuta una multitud de más de 60.000 personas procedentes de Marruecos, jóvenes en su gran mayoría, no es una cuestión que pueda considerarse como un mero incidente migratorio o un hecho generado en las redes sociales por las mafias criminales que trafican con los migrantes. Motivado por el reciente fallo del Tribunal Supremo considerando ilegal la devolución inmediata (“en caliente”) de quienes acceden a nado ilegalmente a Ceuta. Creer que una movilización de esas características puede realizarse sin el conocimiento y apoyo de las autoridades marroquíes es tan ingenuo como desconocedor de la realidad en la que vivimos. Ya recordamos al presidente Roosevelt y lo que él afirmó respecto a este tipo de sucesos: “Cuando sucede un hecho humano, inesperado e importante, no tengan duda de que ha sido debidamente preparado y organizado con una finalidad política”. Plantearse cuál es la finalidad perseguida con este suceso tiene varias posibilidades, pero todas con el común denominador de recordar al gobierno español que Marruecos considera a las dos ciudades españolas como “territorio ocupado” y sometidas a una reivindicación permanente por su parte. Y con (presunta) capacidad para hacerla efectiva en cualquier momento. No es casual por supuesto que la invasión coincidiera con la Fiesta Nacional marroquí, conmemorativa del acceso al Trono del monarca alauita Mohamed VI. Y con la reciente visita de Sánchez a Argelia. En un caso para intentar acreditar su fortaleza ante su pueblo y en el otro para recordarle a su sumiso Sánchez que Argelia no es precisamente un aliado marroquí, y que “no se puede servir a dos señores”. La vergüenza que provoca este episodio tiene su reflejo tanto en la reacción de la UE como en la del mismo Rey de España, que recordó su tajante declaración en TV el 3 de octubre de 2017 como respuesta al ilegal referéndum separatista en Cataluña. Ahora, ha expresado en un duro comunicado que “el Estado debe garantizar la seguridad de Ceuta y Melilla y evitar que estos hechos vuelvan a repetirse“. En la UE, 22 países han expresado oficial y conjuntamente su preocupación por la violación de la frontera española, “que es también europea”. Acierta Feijóo afirmando que el Gobierno no está nunca a la altura de una crisis: “España apagada, calcinada e invadida”. Y un centenar de fallecidos en el mar. Histórica vergüenza nacional e internacional.
La vergüenza que provoca este episodio tiene su reflejo tanto en la reacción de la UE como en la del mismo Rey de España
La experiencia de Ceuta exige una profunda reflexión dada su gran importancia. Y las medidas necesarias para garantizar de manera efectiva la integridad territorial de España. Porque Ceuta y Melilla “son” España desde el siglo XVI y XVII cuando el reino de Marruecos no existía todavía. Que de un día para otro entraran ilegalmente a Ceuta una multitud de más de 60.000 personas procedentes de Marruecos, jóvenes en su gran mayoría, no es una cuestión que pueda considerarse como un mero incidente migratorio o un hecho generado en las redes sociales por las mafias criminales que trafican con los migrantes. Motivado por el reciente fallo del Tribunal Supremo considerando ilegal la devolución inmediata (“en caliente”) de quienes acceden a nado ilegalmente a Ceuta. Creer que una movilización de esas características puede realizarse sin el conocimiento y apoyo de las autoridades marroquíes es tan ingenuo como desconocedor de la realidad en la que vivimos. Ya recordamos al presidente Roosevelt y lo que él afirmó respecto a este tipo de sucesos: “Cuando sucede un hecho humano, inesperado e importante, no tengan duda de que ha sido debidamente preparado y organizado con una finalidad política”. Plantearse cuál es la finalidad perseguida con este suceso tiene varias posibilidades, pero todas con el común denominador de recordar al gobierno español que Marruecos considera a las dos ciudades españolas como “territorio ocupado” y sometidas a una reivindicación permanente por su parte. Y con (presunta) capacidad para hacerla efectiva en cualquier momento. No es casual por supuesto que la invasión coincidiera con la Fiesta Nacional marroquí, conmemorativa del acceso al Trono del monarca alauita Mohamed VI. Y con la reciente visita de Sánchez a Argelia. En un caso para intentar acreditar su fortaleza ante su pueblo y en el otro para recordarle a su sumiso Sánchez que Argelia no es precisamente un aliado marroquí, y que “no se puede servir a dos señores”. La vergüenza que provoca este episodio tiene su reflejo tanto en la reacción de la UE como en la del mismo Rey de España, que recordó su tajante declaración en TV el 3 de octubre de 2017 como respuesta al ilegal referéndum separatista en Cataluña. Ahora, ha expresado en un duro comunicado que “el Estado debe garantizar la seguridad de Ceuta y Melilla y evitar que estos hechos vuelvan a repetirse“. En la UE, 22 países han expresado oficial y conjuntamente su preocupación por la violación de la frontera española, “que es también europea”. Acierta Feijóo afirmando que el Gobierno no está nunca a la altura de una crisis: “España apagada, calcinada e invadida”. Y un centenar de fallecidos en el mar. Histórica vergüenza nacional e internacional.
