El Gobierno no se ha caracterizado por ser el mayor fan de la prensa libre. Su trayectoria está teñida de avisos y amenazas sobre límites, regulaciones y sanciones bajo el espantajo de los pseudomedios, los bulos y la desinformación que algunos de los más de mil asesores sanchistas pusieron en juego para responder al caudal de noticias sobre los escándalos de corrupción en el entorno del presidente. De hecho, se auspicia un cambio legislativo para cargar de plomo la capacidad de los periodistas de ejercer su derecho y cumplir con su deber constitucional. La obsesión y el temor al que se dirá o se publicará son tales que Moncloa cuenta con un sólido equipo de escuchas y analistas que destripan el qué, el quién, el cuándo y el dónde de la opinión periodística a diario. Lo bautizamos hoy como el Gran Hermano de La Moncloa. Con toda razón. Solo una inspiración totalitaria puede alentar este afán fiscalizador.
Lo bautizamos hoy como el Gran Hermano de La Moncloa. Con toda razón. Solo una inspiración totalitaria puede alentar este afán fiscalizador de la prensa
El Gobierno no se ha caracterizado por ser el mayor fan de la prensa libre. Su trayectoria está teñida de avisos y amenazas sobre límites, regulaciones y sanciones bajo el espantajo de los pseudomedios, los bulos y la desinformación que algunos de los más de mil asesores sanchistas pusieron en juego para responder al caudal de noticias sobre los escándalos de corrupción en el entorno del presidente. De hecho, se auspicia un cambio legislativo para cargar de plomo la capacidad de los periodistas de ejercer su derecho y cumplir con su deber constitucional. La obsesión y el temor al que se dirá o se publicará son tales que Moncloa cuenta con un sólido equipo de escuchas y analistas que destripan el qué, el quién, el cuándo y el dónde de la opinión periodística a diario. Lo bautizamos hoy como el Gran Hermano de La Moncloa. Con toda razón. Solo una inspiración totalitaria puede alentar este afán fiscalizador.
