Hay algo entrañablemente previsible en la manera en que los ultrarricos entienden la diversión: si una fiesta puede organizarse con un jardín, música y amigos, entonces claramente está mal planteada. La verdadera celebración exige alterar el paisaje, desafiar el sentido común y, si es posible, reescribir un capítulo de la historia de la civilización. Estos días, un acaudalado americano celebra su cumpleaños en Ibiza y ha decidido que una isla mediterránea era un escenario insuficiente. La solución ha sido comprar una amplia extensión de terreno para convertirla en un mini Egipto, con pirámides, efigies monumentales y un ejército de invitados vestidos de egipcios. Porque cuando uno dispone de recursos casi ilimitados, la frontera entre una fiesta temática y un delirio arqueológico se vuelve deliciosamente difusa.
Es difícil no admirar, aunque sea con una ceja levantada, esa capacidad para confundir el capricho con el urbanismo. Mientras el resto de los mortales reserva un restaurante con dos semanas de antelación, algunos consideran perfectamente razonable construir una versión condensada del Imperio Nuevo para soplar unas velas. La logística debe de ser fascinante: ¿cuántos camiones hacen falta para transportar una esfinge? ¿Existe un proveedor especializado en obeliscos de cumpleaños? ¿Hay un protocolo para coordinar a trescientos faraones invitados sin que se forme cola en la barra?
Lo más entrañable es la obsesión por la inmersión. No basta con decorar; todos deben participar en la fantasía. Así que aparecerán Cleopatras, Ramseses, sacerdotes, escribas y algún desafortunado que descubra demasiado tarde que el lino blanco no perdona ciertas humedades ibicencas. La autenticidad histórica, por supuesto, será aproximada: un cóctel entre Hollywood, un documental de sobremesa y el departamento de eventos de un hotel de lujo. Quizá esa sea la gran excentricidad de los ricos: no gastar mucho, sino gastar como si el dinero fuera una opinión y la realidad un servicio de catering. Convertir un terreno de Ibiza en Egipto por una noche tiene algo de monumento involuntario al exceso. Los faraones levantaban pirámides para desafiar al tiempo; algunos millonarios las levantan para desafiar el algoritmo de Instagram. La eternidad, al parecer, ahora dura hasta el alba.
Hay algo entrañablemente previsible en la manera en que los ultrarricos entienden la diversión: si una fiesta puede organizarse con un jardín, música y amigos, entonces claramente está mal planteada. La verdadera celebración exige alterar el paisaje, desafiar el sentido común y, si es posible, reescribir un capítulo de la historia de la civilización. Estos días, un acaudalado americano celebra su cumpleaños en Ibiza y ha decidido que una isla mediterránea era un escenario insuficiente. La solución ha sido comprar una amplia extensión de terreno para convertirla en un mini Egipto, con pirámides, efigies monumentales y un ejército de invitados vestidos de egipcios. Porque cuando uno dispone de recursos casi ilimitados, la frontera entre una fiesta temática y un delirio arqueológico se vuelve deliciosamente difusa.. Es difícil no admirar, aunque sea con una ceja levantada, esa capacidad para confundir el capricho con el urbanismo. Mientras el resto de los mortales reserva un restaurante con dos semanas de antelación, algunos consideran perfectamente razonable construir una versión condensada del Imperio Nuevo para soplar unas velas. La logística debe de ser fascinante: ¿cuántos camiones hacen falta para transportar una esfinge? ¿Existe un proveedor especializado en obeliscos de cumpleaños? ¿Hay un protocolo para coordinar a trescientos faraones invitados sin que se forme cola en la barra?. Lo más entrañable es la obsesión por la inmersión. No basta con decorar; todos deben participar en la fantasía. Así que aparecerán Cleopatras, Ramseses, sacerdotes, escribas y algún desafortunado que descubra demasiado tarde que el lino blanco no perdona ciertas humedades ibicencas. La autenticidad histórica, por supuesto, será aproximada: un cóctel entre Hollywood, un documental de sobremesa y el departamento de eventos de un hotel de lujo. Quizá esa sea la gran excentricidad de los ricos: no gastar mucho, sino gastar como si el dinero fuera una opinión y la realidad un servicio de catering. Convertir un terreno de Ibiza en Egipto por una noche tiene algo de monumento involuntario al exceso. Los faraones levantaban pirámides para desafiar al tiempo; algunos millonarios las levantan para desafiar el algoritmo de Instagram. La eternidad, al parecer, ahora dura hasta el alba.
Un acaudalado ha comprado una amplia extensión de terreno en Ibiza para convertirla en un mini Egipto
Hay algo entrañablemente previsible en la manera en que los ultrarricos entienden la diversión: si una fiesta puede organizarse con un jardín, música y amigos, entonces claramente está mal planteada. La verdadera celebración exige alterar el paisaje, desafiar el sentido común y, si es posible, reescribir un capítulo de la historia de la civilización. Estos días, un acaudalado americano celebra su cumpleaños en Ibiza y ha decidido que una isla mediterránea era un escenario insuficiente. La solución ha sido comprar una amplia extensión de terreno para convertirla en un mini Egipto, con pirámides, efigies monumentales y un ejército de invitados vestidos de egipcios. Porque cuando uno dispone de recursos casi ilimitados, la frontera entre una fiesta temática y un delirio arqueológico se vuelve deliciosamente difusa.. Es difícil no admirar, aunque sea con una ceja levantada, esa capacidad para confundir el capricho con el urbanismo. Mientras el resto de los mortales reserva un restaurante con dos semanas de antelación, algunos consideran perfectamente razonable construir una versión condensada del Imperio Nuevo para soplar unas velas. La logística debe de ser fascinante: ¿cuántos camiones hacen falta para transportar una esfinge? ¿Existe un proveedor especializado en obeliscos de cumpleaños? ¿Hay un protocolo para coordinar a trescientos faraones invitados sin que se forme cola en la barra?. Lo más entrañable es la obsesión por la inmersión. No basta con decorar; todos deben participar en la fantasía. Así que aparecerán Cleopatras, Ramseses, sacerdotes, escribas y algún desafortunado que descubra demasiado tarde que el lino blanco no perdona ciertas humedades ibicencas. La autenticidad histórica, por supuesto, será aproximada: un cóctel entre Hollywood, un documental de sobremesa y el departamento de eventos de un hotel de lujo. Quizá esa sea la gran excentricidad de los ricos: no gastar mucho, sino gastar como si el dinero fuera una opinión y la realidad un servicio de catering. Convertir un terreno de Ibiza en Egipto por una noche tiene algo de monumento involuntario al exceso. Los faraones levantaban pirámides para desafiar al tiempo; algunos millonarios las levantan para desafiar el algoritmo de Instagram. La eternidad, al parecer, ahora dura hasta el alba.
