Hay personas que se conforman con poco en la vida. Tener un trabajo, un techo, una familia. En el mundo que yo observo suelen desear también una segunda vivienda, un coche vistoso, posibilidad de viajar, ir a restaurantes, tomar el aperitivo los domingos… No sé. Quizá esto no sea poco, aunque a mí me resulta escaso de alma. En lo cotidiano la existencia es dura para todos, seguramente a la mayoría de estos, que son cuantiosos, no les gusta su trabajo, lo hacen porque es obligatorio, porque tienen que pagar aquello con lo que se conforman vivir. Así que, esa mayoría, cosa lógica, está deseando jubilarse. Sus ingresos disminuyen con la pensión, sí, pero se librarán de tener que agotarse haciendo una actividad diaria que no les reporta alegría. Entonces llegará el momento anhelado de la despedida y la última nómina. ¿Y después qué? ¿Qué hacemos con sesenta y pico años y todo el tiempo para nosotros? Los que se conforman y tienen salud, las mujeres principalmente, lo aprovechan yendo a bailar, quedando con amigas, asistiendo al cine o al teatro de vez en cuando, viajando cuando toca, yendo de compras o intentando sostener la apariencia de juventud que se desvanece. Son personas corrientes que sortean así la retirada. Sin embargo, hay otras muchas para las que llegar al final de la vida laboral es llegar al principio del final de la vida. Es quedarse sin identidad fuera de un sistema que no respeta su experiencia como emisores de conocimiento. Después de décadas de esfuerzo y responsabilidades dejan de ser, de hacer. Cuidar a la familia reporta afecto, que es mucho, pero no llena el vacío existencial. Porque el único motor que mueve al ser humano es el propósito. El deseo de tener algo que dar, algo que la sociedad de hoy arrebata a los mayores arrastrándolos a la depresión. Es, entonces, cuando tienes tiempo, el momento perfecto de entrar o crear un proyecto propio. Y, algo cuyo fin sea ayudar a los otros, es, sin duda el más confortador.
Hay personas que se conforman con poco en la vida. Tener un trabajo, un techo, una familia. En el mundo que yo observo suelen desear también una segunda vivienda, un coche vistoso, posibilidad de viajar, ir a restaurantes, tomar el aperitivo los domingos… No sé. Quizá esto no sea poco, aunque a mí me resulta escaso de alma. En lo cotidiano la existencia es dura para todos, seguramente a la mayoría de estos, que son cuantiosos, no les gusta su trabajo, lo hacen porque es obligatorio, porque tienen que pagar aquello con lo que se conforman vivir. Así que, esa mayoría, cosa lógica, está deseando jubilarse. Sus ingresos disminuyen con la pensión, sí, pero se librarán de tener que agotarse haciendo una actividad diaria que no les reporta alegría. Entonces llegará el momento anhelado de la despedida y la última nómina. ¿Y después qué? ¿Qué hacemos con sesenta y pico años y todo el tiempo para nosotros? Los que se conforman y tienen salud, las mujeres principalmente, lo aprovechan yendo a bailar, quedando con amigas, asistiendo al cine o al teatro de vez en cuando, viajando cuando toca, yendo de compras o intentando sostener la apariencia de juventud que se desvanece. Son personas corrientes que sortean así la retirada. Sin embargo, hay otras muchas para las que llegar al final de la vida laboral es llegar al principio del final de la vida. Es quedarse sin identidad fuera de un sistema que no respeta su experiencia como emisores de conocimiento. Después de décadas de esfuerzo y responsabilidades dejan de ser, de hacer. Cuidar a la familia reporta afecto, que es mucho, pero no llena el vacío existencial. Porque el único motor que mueve al ser humano es el propósito. El deseo de tener algo que dar, algo que la sociedad de hoy arrebata a los mayores arrastrándolos a la depresión. Es, entonces, cuando tienes tiempo, el momento perfecto de entrar o crear un proyecto propio. Y, algo cuyo fin sea ayudar a los otros, es, sin duda el más confortador.
Después de décadas de esfuerzo y responsabilidades dejan de ser, de hacer
Hay personas que se conforman con poco en la vida. Tener un trabajo, un techo, una familia. En el mundo que yo observo suelen desear también una segunda vivienda, un coche vistoso, posibilidad de viajar, ir a restaurantes, tomar el aperitivo los domingos… No sé. Quizá esto no sea poco, aunque a mí me resulta escaso de alma. En lo cotidiano la existencia es dura para todos, seguramente a la mayoría de estos, que son cuantiosos, no les gusta su trabajo, lo hacen porque es obligatorio, porque tienen que pagar aquello con lo que se conforman vivir. Así que, esa mayoría, cosa lógica, está deseando jubilarse. Sus ingresos disminuyen con la pensión, sí, pero se librarán de tener que agotarse haciendo una actividad diaria que no les reporta alegría. Entonces llegará el momento anhelado de la despedida y la última nómina. ¿Y después qué? ¿Qué hacemos con sesenta y pico años y todo el tiempo para nosotros? Los que se conforman y tienen salud, las mujeres principalmente, lo aprovechan yendo a bailar, quedando con amigas, asistiendo al cine o al teatro de vez en cuando, viajando cuando toca, yendo de compras o intentando sostener la apariencia de juventud que se desvanece. Son personas corrientes que sortean así la retirada. Sin embargo, hay otras muchas para las que llegar al final de la vida laboral es llegar al principio del final de la vida. Es quedarse sin identidad fuera de un sistema que no respeta su experiencia como emisores de conocimiento. Después de décadas de esfuerzo y responsabilidades dejan de ser, de hacer. Cuidar a la familia reporta afecto, que es mucho, pero no llena el vacío existencial. Porque el único motor que mueve al ser humano es el propósito. El deseo de tener algo que dar, algo que la sociedad de hoy arrebata a los mayores arrastrándolos a la depresión. Es, entonces, cuando tienes tiempo, el momento perfecto de entrar o crear un proyecto propio. Y, algo cuyo fin sea ayudar a los otros, es, sin duda el más confortador.
