León XIV quiere gobernar la Iglesia universal de manera colegiada. Pero dejando claro que él es quien tiene la última palabra y que no caben las disidencias a golpe de deslealtades púrpuras ni va a admitir desafíos cismáticos, vengan del extremo que vengan del arco católico. Al menos así lo dejó meridianamente claro hoy, cuando puso en marcha el segundo consistorio de cardenales, unas reuniones que quiere establecer de manera anual a modo de asamblea consultiva. Un foro en el que busca que todos se expresen con libertad para luego no generar corrillos de sacristías paralelos.
Lo manifestó tanto en la eucaristía de apertura que presidió a las siete y media de la mañana en la basílica de San Pedro como posteriormente en el Aula Pablo VI donde se desarrolló un debate que continuará hoy sobre el futuro de la Iglesia y su lugar en el mundo.
«Disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia», expresó con diplomacia en la homilía desde el templo epicentro de la catolicidad. El Papa reclamó unidad en la diversidad, pero delimitó las líneas rojas, esto es, «purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común».
Y es que, Robert Prevost afronta en estos días un par de crisis institucionales que hablan de la polarización eclesial. Por un lado, la Fraternidad San Pío X, conocidos como los lefebvrianos, están decididos a culminar un cisma con Roma el próximo 1 de julio. ¿El motivo? Este movimiento negacionista del Concilio Vaticano II y nostálgico de la misa en latín y de espaldas al pueblo, tiene previsto ordenar a cuatro obispos sin pasar por el proceso de selección habitual que debe rubricar el Santo Padre. Por otro lado, esta misma semana el Vaticano frenaba en seco el deseo de la Conferencia Episcopal Alemana de permitir que los laicos pronuncien las homilías de las eucaristías en lugar de los sacerdotes.
Ante estas dos derivas, León XIV se presentó a los purpurados como la unidad de medida de la moderación. A partir de ahí, reclamó la atención de sus interlocutores, para hacerles cómplices de este tortuoso camino para fortalecer la comunión.
«Encuentra en mí a quien pide, no a quien manda», dejó caer, presentándose como un compañero de bancada. Pero justo después reivindicó que «la autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre siguiendo al único Maestro». Estas reglas del juego que comenzó a esbozar en la misa, las explicitó aun más, minutos después, cuando sentó a los cardenales en mesas circulares en el Aula Pablo VI, al estilo Francisco, para promover un diálogo de tú a tú entre ellos, esto es, para hacer realidad lo que Jorge Mario Bergoglio denominó como «sinodalidad».
Para el Papa agustino, urge conformar «una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma misión, cada uno según su propio carisma y ministerio». Esta mención explícita también supone un dardo para un ala eclesial que ha cuestionado el proceso abierto por el Papa argentino. Es más, enfatizó que es consciente de que en algunos foros eclesiales «a veces se ha interpretado como una disminución de la autoridad». Sin embargo, Prevost le dio la vuelta a este argumentario y remarcó que la sinodalidad «nos ayuda a comprender más profundamente el significado de la autoridad» y «fomentar la participación de todos y guiar el camino común de la Iglesia».
Es en este contexto en el que pidió a su auditorio algo más que lealtad. «Necesito vuestro apoyo: fuerte, explícito y público», apuntó, a sabiendas de que su predecesor en el cargó tuvo que sortear no pocas minas e intentos de menoscabar su autoridad por parte de algunos de los cardenales que le escuchaban. No en vano, el propio Prevost lo vivió y sufrió como prefecto y uno de los colaboradores más estrechos de Francisco. Por eso, les invitó a hacerle partícipe a la cara de «los esfuerzos, malentendidos y resistencias que pueden ralentizar el camino».
«Necesito tu libertad, tu franqueza y tu lealtad. El consejo sincero es siempre un acto de comunión», remarcó. Y dejó otro recado más para los purpurados: «No somos guardianes de intereses particulares».
León XIV quiere gobernar la Iglesia universal de manera colegiada. Pero dejando claro que él es quien tiene la última palabra y que no caben las disidencias a golpe de deslealtades púrpuras ni va a admitir desafíos cismáticos, vengan del extremo que vengan del arco católico. Al menos así lo dejó meridianamente claro hoy, cuando puso en marcha el segundo consistorio de cardenales, unas reuniones que quiere establecer de manera anual a modo de asamblea consultiva. Un foro en el que busca que todos se expresen con libertad para luego no generar corrillos de sacristías paralelos. Lo manifestó tanto en la eucaristía de apertura que presidió a las siete y media de la mañana en la basílica de San Pedro como posteriormente en el Aula Pablo VI donde se desarrolló un debate que continuará hoy sobre el futuro de la Iglesia y su lugar en el mundo. «Disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia», expresó con diplomacia en la homilía desde el templo epicentro de la catolicidad. El Papa reclamó unidad en la diversidad, pero delimitó las líneas rojas, esto es, «purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común». Y es que, Robert Prevost afronta en estos días un par de crisis institucionales que hablan de la polarización eclesial. Por un lado, la Fraternidad San Pío X, conocidos como los lefebvrianos, están decididos a culminar un cisma con Roma el próximo 1 de julio. ¿El motivo? Este movimiento negacionista del Concilio Vaticano II y nostálgico de la misa en latín y de espaldas al pueblo, tiene previsto ordenar a cuatro obispos sin pasar por el proceso de selección habitual que debe rubricar el Santo Padre. Por otro lado, esta misma semana el Vaticano frenaba en seco el deseo de la Conferencia Episcopal Alemana de permitir que los laicos pronuncien las homilías de las eucaristías en lugar de los sacerdotes. Ante estas dos derivas, León XIV se presentó a los purpurados como la unidad de medida de la moderación. A partir de ahí, reclamó la atención de sus interlocutores, para hacerles cómplices de este tortuoso camino para fortalecer la comunión. «Encuentra en mí a quien pide, no a quien manda», dejó caer, presentándose como un compañero de bancada. Pero justo después reivindicó que «la autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre siguiendo al único Maestro». Estas reglas del juego que comenzó a esbozar en la misa, las explicitó aun más, minutos después, cuando sentó a los cardenales en mesas circulares en el Aula Pablo VI, al estilo Francisco, para promover un diálogo de tú a tú entre ellos, esto es, para hacer realidad lo que Jorge Mario Bergoglio denominó como «sinodalidad». Para el Papa agustino, urge conformar «una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma misión, cada uno según su propio carisma y ministerio». Esta mención explícita también supone
El Papa reúne a los purpurados de todo el planeta para instarlos a trabajar equipo y evitar derivas que «desvían el camino común»
León XIV quiere gobernar la Iglesia universal de manera colegiada. Pero dejando claro que él es quien tiene la última palabra y que no caben las disidencias a golpe de deslealtades púrpuras ni va a admitir desafíos cismáticos, vengan del extremo que vengan del arco católico. Al menos así lo dejó meridianamente claro hoy, cuando puso en marcha el segundo consistorio de cardenales, unas reuniones que quiere establecer de manera anual a modo de asamblea consultiva. Un foro en el que busca que todos se expresen con libertad para luego no generar corrillos de sacristías paralelos. Lo manifestó tanto en la eucaristía de apertura que presidió a las siete y media de la mañana en la basílica de San Pedro como posteriormente en el Aula Pablo VI donde se desarrolló un debate que continuará hoy sobre el futuro de la Iglesia y su lugar en el mundo.«Disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia», expresó con diplomacia en la homilía desde el templo epicentro de la catolicidad. El Papa reclamó unidad en la diversidad, pero delimitó las líneas rojas, esto es, «purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común». Y es que, Robert Prevost afronta en estos días un par de crisis institucionales que hablan de la polarización eclesial. Por un lado, la Fraternidad San Pío X, conocidos como los lefebvrianos, están decididos a culminar un cisma con Roma el próximo 1 de julio. ¿El motivo? Este movimiento negacionista del Concilio Vaticano II y nostálgico de la misa en latín y de espaldas al pueblo, tiene previsto ordenar a cuatro obispos sin pasar por el proceso de selección habitual que debe rubricar el Santo Padre. Por otro lado, esta misma semana el Vaticano frenaba en seco el deseo de la Conferencia Episcopal Alemana de permitir que los laicos pronuncien las homilías de las eucaristías en lugar de los sacerdotes.Ante estas dos derivas, León XIV se presentó a los purpurados como la unidad de medida de la moderación. A partir de ahí, reclamó la atención de sus interlocutores, para hacerles cómplices de este tortuoso camino para fortalecer la comunión.«Encuentra en mí a quien pide, no a quien manda», dejó caer, presentándose como un compañero de bancada. Pero justo después reivindicó que «la autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre siguiendo al único Maestro». Estas reglas del juego que comenzó a esbozar en la misa, las explicitó aun más, minutos después, cuando sentó a los cardenales en mesas circulares en el Aula Pablo VI, al estilo Francisco, para promover un diálogo de tú a tú entre ellos, esto es, para hacer realidad lo que Jorge Mario Bergoglio denominó como «sinodalidad».Para el Papa agustino, urge conformar «una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma misión, cada uno según su propio carisma y ministerio». Esta mención explícita también supone un da
